Un manual para imberbes

CRITICA | JORGE ABBONDANZA

EL DISCIPULO

Director. Roger Donaldson.

Reparto. Al Pacino, Colin Farrell, Bridget Moynahan, Gabriel Macht.

Estados Unidos, 2002.

En Estados Unidos cuentan que el público cinematográfico de hoy está mayormente integrado por adolescentes de l3 y l4 años. Esa precisión explica que Hollywood fabrique mercadería dedicada a una franja imberbe, que puede pasar el rato más ocupada de su cartucho de pop que del material proyectado en la pantalla. Ahora, El discípulo es un ejemplo al respecto: un veterano agente de la CIA (Al Pacino) detecta y luego entrena a un muchacho con visibles condiciones para el espionaje (Colin Farrell). Su formación tendrá lugar en medio de un grupo de reclutas donde figura la ninfa Bridget Moynahan, muchacha esbelta pero aguerrida y capaz de encarar su nuevo empleo con toda una artillería de astucias.

Lo que la película dice a su espectador, y lo que sugiere sobre el método de la CIA, es que nada resulta ser lo que parece: todo tiene un doblez, todo disfraza la verdad, todo oculta una trampa, todo es diferente a lo que sugería su apariencia. Por esos y otros toboganes resbala Colin Farrell, hasta que aprende a mirar dos veces antes de tomar una decisión. El tema tenía sus pliegues de interés aventuresco y hasta de transparencia política, pero este film lo instala en el jardín de los lugares comunes, ese huerto donde Hollywood cosecha cada día más frutos de jugosa boletería.

La colección de estereotipos que contiene El discípulo es casi escandalosa. Ningún personaje escapa al esquemita de una revista de historietas, desde el espía viejo y maniobrero hasta el candidato joven y audaz, pasando por la dama joven fresca y atrevida. Un espectador experimentado podrá no sólo prever todo rasgo de conducta de ese grupo, sino también adelantarse a casi todo lo que ocurre, incluídos los subterfugios propios de una central de espionaje donde el encubrimiento es una ley y la traición circula sobre un suelo enjabonado.

El director australiano Roger Donaldson no se preocupa demasiado de disimular la chatura del planteo y ni siquiera afina el ojo para instancias finales, donde el doble juego en que embarcan a Farrell está cantado y culmina con la revelación de un simulador que dice discursos a gritos mientras persigue a quien podrá denunciarlo. Todo eso se mueve entre previsibles carreras de automóviles, dobles identidades, armas cargadas por el diablo y sorpresas que sólo serán tales para el sector más aletargado de la platea.

En medio del juego está Pacino visiblemente envejecido, pero no sólo por fuera. Interiormente, un actor que tuvo su auge en la década del 70 del siglo pasado, ha ingresado a una etapa de madurez somnolienta donde hace de Pacino en cualquier libreto: siempre igual, siempre sobrador, siempre ronco, siempre aburrido. La juventud de Farrell y Moynahan no les acredita mayor mérito: ambos carecen de cualidades visibles, en especial ese galán que parece la réplica morocha (y seguramente menos costosa) de Brad Pitt. Para entrar a ver El discípulo conviene llevar el envase más grande de pop: si esa golosina dura hasta el final, por lo menos el espectador tiene algo que hacer.

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