Un galán que sedujo a Hollywood

| El actor debutó en cine en 1943 y siguió activo durante medio siglo de carrera artística

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Jorge Abbondanza

Nacido en 1916, Gregory Peck —que falleció ayer a los 87 años en su casa de Los Angeles— se había educado en un colegio jesuítico antes de intentar la carrera de actor en elencos universitarios. Cuando pasó al cine en un papel de campesino ruso (Días de gloria, 1943, dir. Jacques Tourneur, con Tamara Toumanova) describiendo la resistencia soviética ante la invasión alemana, se impuso de manera fulminante, aunque Hollywood solía ser gradual para fabricar a una estrella. Favorecido por su alta estampa de galán, Peck asumió desde un comienzo papeles protagónicos, saltando a la fama internacional poco después con el papel de sacerdote misionero que desempeñó en Las llaves del reino (1944, dir. John M. Stahl, con Thomas Mitchell) donde una exitosa novela de Cronin ayudaba a pintar el ambiente rural de China a comienzos del siglo XX.

Su carrera marchó desde entonces viento en popa. No tenía demasiado talento natural, pero tenía en

Cambió el aspecto que Hollywood pedía para sus galanes heroicos: era la época de los ejemplares como Tyrone Power y Robert Taylor, de manera que el apolíneo Peck calzaba como un guante en los esquemas de la industria, que durante los años de guerra se había quedado sin sus luminarias masculinas, enroladas (desde Clark Gable hasta James Stewart) en las fuerzas armadas. Y así Peck aterrizó como anillo al dedo: en años subsiguientes fue joven enamorado de Greer Garson, casado con la pérfida Jessica Tandy, en El valle de la abnegación (1944) y formó pareja con Ingrid Bergman como paciente atormentado en Cuéntame tu vida (1945, dir. Alfred Hitchcock) que fue uno de los vehículos que puso de moda el psicoanálisis freudiano en cine norteamericano, con pesadillas diseñadas por Salvador Dalí. A esa altura, su popularidad había llegado al tope, nivel del que no bajaría en décadas por venir.

Después hizo historias sentimentales como El despertar (1946, con Jane Wyman) y sobre todo la epopeya del Oeste titulada Duelo al sol (1946, con Jennifer Jones) donde David O. Selznick pretendió repetir con furioso technicolor las grandiosidades de Lo que el viento se llevó. En 1947, La luz es para todos (dir. Elia Kazan, con Dorothy McGuire) además de obtener premios de la Academia inauguró la galería de personajes con carácter de héroe cívico que Peck reiteraría en adelante: allí interpretaba al periodista que simula ser judío para escribir notas sobre el antisemitismo en Estados Unidos. Era la época pre-Mc Carthy, de manera que podían abordarse temas más o menos arriesgados. En ese mismo año, Selznick y el director Hitchcock lo pusieron a la cabeza del impresionante reparto de celebridades que poblaba Agonía de amor, junto a Ann Todd, Charles Laughton y Alida Valli, belleza italiana que desembarcaba en Hollywood para emprender una carrera que no tuvo futuro.

MULTIPLE. Pero Peck hacía de todo, como sus colegas de la época: interpretó en 1948 el western de lujo titulado Cielo amarillo (dir. William A. Wellman, con Anne Baxter) para pasar en 1949 a capitanear en la Metro el elenco de El gran pecador (con Ava Gardner, Ethel Barrymore) donde interpretaba al jugador de Dostoiewski. Las antigüedades bíblicas no fueron ajenas a su trajín: en 1951 protagonizó al lado de Susan Hayward David y Betsabé. Pasó a Inglaterra para hacer El conquistador de los mares (1951, dir. Raoul Walsh, con Virginia Mayo) y se codeó con Hemingway en Las nieves del Kilimanjaro (con Ava Gardner) para evocar el colonialismo europeo en Africa y la guerra española. En 1953 tuvo otro de sus éxitos personales junto a la debutante Audrey Hepburn, como reportero simpático en Roma (La princesa que quería vivir, dir. William Wyler) y viajó de nuevo a Inglaterra para encabezar una comedia sobre 1900 muy encantadora (El hombre del millón, dir. Ronald Neame, con Jane Griffiths).

Seguirían algunas aventuras que tuvieron notable calidad (La llanura purpúrea, 1955) y retratos de la burguesía yanqui menos entusiasmantes y más largos (El hombre del traje gris, 1956), para subir su puntaje cuando ilustró un valioso trasplante de Melville al cine (Moby Dick, 1956, dir. John Huston), incursionar en la comedia mundana (Designios de mujer, 1957, dir. Vincente Minnelli, con Lauren Bacall) y volver a los paisajes del Oeste a las órdenes de Wyler en Horizontes de grandeza (1958, con Jean Simmons), para intentar al lado de colegas famosos el cuadro de calamidad nuclear que anunciaba La hora final (1959, dir. Stanley Kramer, con Ava Gardner y un Fred Astaire que ya no bailaba). Reincidiría en redituables aventuras de guerra (Los cañones de Navarone, 1961) y de terror (Cabo de miedo, 1962) antes de lograr el trofeo de su carrera con el abogado de ciudad chica que componía en Matar un ruiseñor, 1963) por el que obtuvo el Oscar a una altura en que la madurez iba afinando su estilo de actuación y —como ha ocurrido con otras notabilidades de intenso fogueo laboral—se convertía gradualmente en un actor estimable.

Después Peck, que mantuvo su galanura mucho más allá de lo que señalaba su edad física, intervino en comedias sofisticadas (Arabesque, 1966, con Sophia Loren) y en nuevas aventuras internacionales (El oro de Mackenna, 1968, dir. J. Lee Thompson, con Omar Sharif). Proseguiría hamacándose entre géneros variados porque su popularidad y cotización se mantenían intactas, hasta papeles de tercera edad (como el de Ambrose Bierce en Gringo viejo, 1989, dir. Luis Puenzo, con Jane Fonda) que defendió con una soltura que en años recientes valió más que toda la fama de las primeras etapas de su enorme carrera. Ya no quedan ejemplares como él, aunque Charlton Heston sigue peleando contra el mal de Alzheimer: Peck, a la distancia, es un paradigma de lo que Hollywood consideró un galán de primera línea. Así queda ahora en el recuerdo.

Con carisma en lo político

La muerte de Peck ocurre cuando su presencia no puede ser más popular, al ser escogido hace dos semanas como el mejor héroe de Hollywood gracias a su papel como el abogado Atticus Finch en Matar un ruiseñor. El film, basado en la popular novela de Harper Lee, le granjeó el Oscar al mejor actor en 1962, al interpretar al abogado que defiende a un negro acusado de violar a una mujer blanca en un pequeño pueblo de Estados Unidos en plena segregación racial.

Su vida personal había seguido el mismo camino y pese a ser una de las figuras más conocidas de los años dorados de Hollywood, ni siquiera el divorcio de su primera esposa, Greta, fue motivo de escándalo, ya que se alcanzó de manera amistosa.

Peck estuvo al frente de numerosas obras de caridad y movimientos políticos. Su nombre fue incluso mencionado como posible candidato demócrata a la Presidencia cuando el entonces actor Ronald Reagan comenzó su carrera política. Pero él rechazó públicamente esta posibilidad cuando recogió en 1968 el premio Jean Hersholt de la Academia a la mejor labor humanitaria. "Simplemente, tomo parte en las actividades en las que creo", dijo.

Su ídolo fue Laurence Olivier, con quien pudo rodar uno de sus pocos papeles como villano interpretando al doctor Mengele en Los niños de Brasil. Uno de sus últimas actuaciones fue en la versión para televisión de Moby Dick, que le valió un Globo de Oro como mejor actor secundario por el papel del predicador, cuando años antes, en 1956, había hecho del capitán Ahab para la versión dirigida por John Huston.

Eldred Gregory Peck había nacido el 15 de abril de 1916, en La Jolla, California. Sus padres se divorciaron seis años después, y el niño pasó parte del tiempo con su padre, parte con su madre y parte con su abuela materna en La Jolla.

A los diez años fue enviado a una academia militar católica de Los Angeles y estudió lengua y literatura inglesa en la Universidad de California en Berkeley, donde un director del teatro universitario le ofreció un papel en Moby Dick.

Peck aceptó ese papel, hizo luego otras obras de teatro y después de su graduación se trasladó a Nueva York, donde también estudió artes dramáticas, trabajó en diversos oficios y debutó en Broadway con un protagónico en la pieza Morning Star, de Emlyn Williams.

La obra fue un fracaso, pero la actuación de Peck llamó la atención de Hollywood y fue contratado para hacer Days of Glory por 10.000 dólares. Seguidamente, el productor Darryl Zanuck le ofreció el protagónico de Las llaves del reino. El resto pertenece ya a la historia del cine.

La muerte lo sorprendió en su casa —el lugar donde prefería estar—durante la noche, mientras dormía. El actor, que durante cincuenta años de carrera, trabajó bajo la dirección de grandes cineastas como Alfred Hitchcock y Elia Kazan y compartió el set con estrellas como Audrey Hepburn, Robert Mitchumm o Anthony Quinn, vivía con su esposa, cuatro hijos y varios nietos.

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