Hugo GarcÍa Robles
Montevideo ofrece una peculiar pasión por el tambor afro-uruguayo. Es raro que no se escuchen los parches prácticamente cada día del año y de modo infaltable en el Carnaval o el Desfile de Llamadas. Caracas, con abundante presencia de la etnia afro, no ofrece ese perfil. En toda Venezuela, que alberga en Barlovento un importante porcentaje de su población de color, no se da ese fenómeno. Es forzoso concurrir a Cumaná, en la noche de San Juan, el 24 de junio, para disfrutar de los parches.
Ahora que el candombe ha sido declarado, junto con el tango, patrimonio de la humanidad, conviene recordar al maestro Lauro Ayestarán, quien estableció que el candombe era una danza que recreaba la coronación de los Reyes Congos y que desapareció a fines del siglo XIX, citando distintos documentos que dan razón a esta verdad. Entre ellas el Vocabulario de Daniel Granada y otros. En La música en el Uruguay, Ayestarán, reconstruye la coreografía original de la danza. De ella, sobreviven las figuras de la Mama Vieja, el Escobero, el Gramillero y, por supuesto, la batería de los cuatro tambores que, todavía hoy, con la paulatina desaparición del bombo, repica en la Llamada.
A pesar de sus vinculaciones con otras danzas de origen afro de países vecinos, es cierto que el candombe y su herencia ha sido pertinaz en su raigambre uruguaya.
Con el tango, las cosas son de otro modo. Esta especie se comparte con Buenos Aires, ya que las dos ciudades del Plata vieron nacer la danza de pareja estrechamente abrazada, ciclo que el tango comparte con la milonga.
Si bien es cierto que por razones numéricas de población y algunas causas más, el Tango ha tenido en Buenos Aires un protagonismo mayor, que dura hasta hoy, mientras que Montevideo se distrae o divierte con el llamado Candombe actual y la forma carnavalesca de la Murga.
Pero sería ceguera no tener presente que Matos Rodríguez no solamente por La Cumparsita, también por Che papusa oí y otros tangos, Alfredo Gobbi padre, Cluzeau Mortet que compuso desde la ribera culta o Fernán Silva Valdés que supo rimar para el tango sus versos, entre cientos de elementos más, hacen de Montevideo una ciudad donde el tango estuvo y está ahora renaciendo gracias a grupos de jóvenes entusiastas.