Emily, la sonriente, ingenua, fashionista, adicta al trabajo y algo torpe ejecutiva de marketing que interpreta Lily Collins, está de regreso para la tercera temporada de Emily en París, la serie que regresa hoy a Netflix y que, a juzgar por los episodios que ya vio El País, otra vez invierte más en el vestuario que en el guion.
Emily en París es uno de esos placeres culposos que el público ama odiar -y en algunos casos odia amar-, aún cuando pareció ser aprobada por una crítica que le dio nominaciones al Globo de Oro y al Emmy, a mejor comedia.
No requiere mucho del espectador y ofrece una trama entretenida más preciosas vistas de la Ciudad Luz. Algo así había pasado con Sex and the City, otro producto de Darren Star, en ese caso ambientado en Nueva York, que fue cuestionado por presentar un universo idealizado donde las protagonistas son delgadas, visten elegante y no tienen grandes problemas, ni económicos ni de otra índole.
En Emily en París el mundo también es magnífico. Los personajes cenan en bistrós, asisten a fiestas en la Torre Eiffel, toman vino en los almuerzos de trabajo, viven en amplios apartamentos, se codean con diseñadores y millonarios y visten marcas de lujo. Tienen amigos increíbles y no importa si hace dos minutos o cuatro años que se conocen, siempre están dispuestos a dar una mano para todo. Y al igual que Carrie Bradshaw en Sex and the City, la protagonista de Emily en París se la pasa cuestionando una y otra vez sus propias decisiones, para al final hacer siempre lo que quiere.
Si bien la serie siempre ha mostrado el choque de las culturas americana y francesa, la segunda temporada se había cerrado casi que con una colisión empresarial de esos mundos.
Claro que también hubo tiempo para los dramas amorosos que han sido el motor de esta historia. Los primeros episodios se centraron en el chef Gabriel (Lucas Bravo), quien se mantiene en una relación complicada con su novia Camille (Camille Razat), celosa con fundamentos, mientras se resiste a olvidar a Emily. Luego, la estadounidense suelta en París tiene un nuevo flechazo tras la aparición de Alfie (Lucien Laviscount), joven británico que reside temporalmente en Francia y se convierte en nuevo interés amoroso.
Pero el mayor drama llegó desde el lado profesional, ya que Savoir, la empresa liderada por Sylvie (Philippine Leroy-Beaulieu, antagonista), no parece estar en sintonía con la filosofía de los propietarios de la agencia de marketing. Debido a algunos cortocircuitos aterrizó en París la jefa de Emily, Madeline (una divertida Kate Walsh), que pese a su avanzado embarazo estaba decidida a sanear las cuentas de la compañía. Práctica y estratégica, planeó deshacerse de esos empleados que no le convenían, básicamente todos los franceses del lugar.
Claro que, como dice el dicho, más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y Sylvie, anticipando que tiene un pie afuera del lugar, decidió dar un golpe: y abrió su propia agencia, reclutó a varios de sus compañeros y, contra todo pronóstico por el tenso vínculo entre las dos, quiso fichar a Emily.
En esa encrucijada comienza la tercera temporada que llega hoy a Netflix y, como las demás, pretende ser un éxito: la protagonista deberá decidirse entre seguir a Sylvie y por tanto quedarse en París, o volver a Chicago junto a su antigua mentora y compinche.
“No tomar una decisión, también es tomar una decisión”, aprende en la clase de francés, y eso -va un pequeño spoiler- es lo que decide hacer: repartirse entre ambas, al menos hasta que las aguas se hayan calmado y el sol vuelva a brillar sobre ese mundo increíblemente lleno de posibilidades.
En el proceso, como siempre, a Emily le pasará de todo, pero al final del día (o del tercer episodio), saltará al vacío para descubrir de qué va eso de ser una desempleada.
Pero no tener nada para hacer no es tan gratificante como pareciera -¿incluso estando en París?-, menos para una workaholic que saca ingeniosas ideas de marketing de una galera que parece no tener fin, y que siempre da lo que los clientes necesitan. Es un imán que atrae millonarios y empresarios de marcas de lujo que solo quieren trabajar junto a ella, y Sylvie -por momentos parecida a Meryl Streep en El diablo viste a la moda- lidia con eso a regañadientes. Sabe lo que le conviene.
Así, la tercera temporada de Emily en París mantiene ese tono gracioso donde los paisajes y las tomas aéreas de París se combinan con una historia sencilla pero entretenida, acerca de esta joven de Estados Unidos intentando encajar en una sociedad más estructurada y clasista que la suya.
Tiene el entretenimiento, el glamour, lo cursi y lo kitsch, todo eso que sus espectadores ya estaban extrañando. Aunque sea para criticar en público y disfrutar en privado.