F. MURO
Luego de años de compilación repasos e inventarios, Neil Young comenzó a abrir la bóvedad de su archivo musical, uno que abarca grabaciones en vivo, rarezas de estudio, descartes de discos y otros condimentos de su cosecha.
Lo primero que el canadiense deja que salga a la luz pertenece a una de sus épocas más fecundas, la de los años setenta, y es un disco en vivo: Live at Fillmore East. El registro es de cuando Young comienza a recorrer los escenarios para promocionar el primer disco (Everybody knows this is nowhere, 1969) que graba junto a Crazy Horse, esa banda que le confiere extraños poderes. Con ella, Young es un tornado de distorsión, swing y rock & roll, una fuerza de la naturaleza imparable pero nada amenazante. Cuando Young y sus músicos -aquí está el formidable Danny Whitten, que murió poco tiempo después de esta grabación- emprenden sus zapadas es como si ese huracán, en vez de destruir, fuera el impulsor de un viaje a toda velocidad por esta salvaje y contagiosa música del norte americano.
Los recorridos por las más densas esferas del rock pueden durar bastante: aquí hay dos temas que rondan el cuarto de hora. Pero el tedio nunca se hace presente. El ir y venir entre las incendiarias guitarras de Young y Whitten y el aplomo con los que el resto de los músicos acompañan hacen de las seis canciones que integran el disco un tesoro. Uno que revela su valor en medio de una tormenta eléctrica.