Los nombres de sus estrellas Catherine Deneuve y Michel Piccoli y de su director, el chileno radicado en Francia Raúl (o Raoul) Ruiz hacen el interés previo de Genealogías de un crimen, film que se estrena mañana en Cinemateca 18, en el marco del proyecto Viva la Diferencia.
Un acercamiento seguramente insuficiente al film consiste en contar su argumento. Una abogada penalista (Deneuve) defiende a un joven acusado de haber asesinado a su psiquiatra, y por supuesto se enamora de su defendido. Lo que sigue incluye un intento de extorsión, otro asesinato y un final "sorpresa". La historia misma está contenida dentro de un ‘flashback’ donde un personaje narra a otro lo que ha ocurrido, o al menos una versión de ello.
Esa es sin embargo la superficie. Los términos fantasía, ilusión o "surreal" surgen inevitablemente cuando se examina más de cerca el asunto, y entroncan con las preferencias del director Ruiz, quien introduce a su espectador en un universo de pesadilla donde nada es lo que parece, o casi: quien recuerde sin ir más lejos La comedia de la inocencia, una película en la que se narraban dos realidades paralelas y nunca resultaban claras las fronteras entre lo verdadero y lo imaginario se sorprenderá menos con este otro trabajo del director. En determinado momento, incluso, uno de los personajes esboza una posible explicación: el mundo es una suerte de ilusión, cada uno de nosotros actúa una y otra vez una misma historia, en la que el pasado se repite sin cesar.
DIRECTOR. El resultado devuelve a pantallas montevideanas la personalidad del director chileno Ruiz, nacido en 1941, estudiante de derecho, teología y finalmente cine (en la Escuela de Santa Fe, Argentina), quien se dedicó luego al teatro y terminó en 1968 y en su país su primer largo, Tres tristes tigres. El golpe de Pinochet lo empujó al exilio, y dejó inacabada su película Palomita blanca, que recién logró terminar en 1990.
En Francia se las arregló para lidiar con su desarraigo y adaptarse a las nuevas circunstancias. Aceptó numerosos trabajos de encargo para afirmarse en la industria y al mismo tiempo fue desarrollando una obra crecientemente personal con films como La vocación suspendida, La hipótesis del cuadro robado, Las tres coronas del marinero o la muy personal adaptación proustiana de El tiempo recobrado, películas en las que cultivó un estilo imaginativo, con rasgos extraídos de la tradición surrealista.