Precioso patrimonio latinoamericano

Destaque. Importante crítico español elogia al Ballet Nacional que está de gira europea

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El País de Madrid | ROGER SALAS

Hace apenas un año que Julio Bocca tomó las riendas del Ballet del Sodre en Montevideo y ya la compañía parece otra. Le ha insuflado nuevas perspectivas y nueva dinámica.

La presentación en el Primer Festival Internacional de las Rías Baixas (que abarca música y teatro) tenía incluso su parte sentimental: el evento lo dirige Sancho Gracia, que de niño emigró desde este puerto de Vigo a Uruguay con su madre. Allí en Montevideo se formó como actor en la academia de Margarita Xirgu. Rodeado de bailarines se siente también "en casa".

La función en el coqueto teatro antiguo tuvo magia. Y a pesar de que los duendes del teatro jugaron la mala broma de rigor (la computadora de las luces se paró a los pocos compases del Mahler y le costó arrancar de nuevo) y de que la sala no se llenó, los bailarines lo dieron todo y puede hablarse de éxito en toda regla. El programa escogido por Bocca dice claramente cuál es su decálogo de actuación perspectivo, concienciado con la recuperación y conservación del patrimonio coreográfico latinoamericano, del que el venezolano Vicente Nebrada (1930-2002) es una de sus máximas figuras. La presencia de un clásico de Araiz, su Adagietto, que ya estuvo incluso en el repertorio de la Ópera de París y de una nueva creación de Stekelman, ahondan en el mismo criterio.

Por razones poco justificadas Nebrada ha dejado de bailarse en su Venezuela natal, y, en algunos aspectos, es insuperable, una cumbre del arte coreográfico de América. Su sentido del ritmo como un todo funcional en la obra coreográfica, la manera de apurar la técnica en función de la estructura dinámica y el color diferenciado del estilo, le hacen un maestro que usufructuó con visión y talento propios la experiencia de su trabajo en Norteamérica con maestros como Balanchine y Robbins. Bocca tiene razón en que estas coreografías deben ser vistas por los jóvenes y por otros entornos. Las dos piezas de Nebrada son de endiablada ejecutoria, exigen todo del bailarín de la coordinación entre partenaire y bailarina, amén de un concepto de grupo envolvente en su plasticidad y geometría. Los bailarines del Sodre lo dan todo y hay buenos elementos en plantilla, abren el estilo Nebrada a una forma muy actual de interpretarlo, donde esa geometría se hace parte del estilo, no enfriándolo, sino dándole dibujo y precisión en la abstracción. La partitura de Britten llena de guiños al pasado, sirve a la perfección para tal menester de caligrafía estética. El dúo de Araiz goza ya de la consideración de un "cameo" clásico que siempre resulta evocador en su lirismo contenido y escultórico.

La pieza de Stekelman, muy dentro de su cuerda funcional, se adentra en la senda moderna de fusión de estilos, algo que a veces chirría y encona el contraste. Su dominio del tango coreográfico estilizado se pone de manifiesto varias veces a medida que avanza la obra (es deliciosa su recreación del tango entre hombres, que es origen antropológico de ese baile arrabalero y que a veces se distorsiona con facilidad), para enlazar con grupos cimbreantes que llevan a los bailes negros de la costa, una herencia sanguínea, vitalista y que engancha rápidamente con el público en contagiosa efervescencia formal. En este terreno, la variación solista de la mujer es su hallazgo.

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