Nueva conducción en el teatro Colón

| El nuevo director enfrentará una interna convulsionada que llegó a atentar contra artistas y el local

J. A.

Un gran teatro no es sólo el recinto al que se va para presenciar un brillante espectáculo. Por dentro, es además una telaraña de problemas administrativos, financieros y artísticos. El enorme Teatro Colón de Buenos Aires no parece una excepción a esa regla y en estos días ha sufrido otro de los sismos que suelen sacudir a tales establecimientos. Inaugurado en 1908 con una opulenta representación de Aída de Verdi, ese coliseo ha llegado a figurar entre las mayores salas mundiales dedicadas al género lírico. Quienes lo conocen saben que el prestigio se suma a los resplandores ambientales en un espacio donde caben más de 2.300 espectadores (un tamaño similar al de la Scala de Milán) a cuya historia se han dedicado no sólo reseñas periodísticas sino también libros, desde El gran teatro de Manucho Mujica Láinez hasta el volumen fotográfico de Aldo Sessa.

GRANDEZAS. Allí han cantado desde Caruso o la Callas hasta Pavarotti, Sutherland o Caballé, han dirigido batutas eminentes, desde Toscanini y Richard Strauss hasta Karajan o Zubin Mehta, y por cierto han bailado Nureyev, Plissetskaya, Bocca y Carla Fracci. Pero desde hace seis meses el Colón es terreno de batallas internas a raíz de la renuncia —ruidosa, en verdad— del ex-director general y artístico, Gabriel Senanes, un músico, periodista y médico que durante su gestión tuvo conflictos con el director administrativo Pablo Batalla hasta su reciente abandono del cargo. En lugar de Senanes, el gobierno municipal de Buenos Aires acaba de nombrar a Tito Capobianco, un veterano de 72 años que hasta hace unos días vivía en Miami como director jubilado de la Opera de Pittsburgh, cargo que había desempeñado luego de dirigir la Opera de San Diego. El ofrecimiento sedujo a Capobianco, que se mudó de inmediato a la Argentina para asumir el desafío.

Según informan los diarios porteños, el flamante director se presentó públicamente en un acto aparatoso que tuvo lugar en el escenario del Colón, de espaldas a la sala iluminada, rodeado de personalidades (Onofre Lovero, China Zorrilla, Ariel Ramírez, Nacha Guevara, Juan Falú) y de sus dos mayores respaldos: Aníbal Ibarra, jefe del gobierno de la Capital Federal, y Gustavo López, secretario de Cultura de la ciudad. Allí anunció los planes de futuro, que le obligarán a manejar a cerca de 1.500 funcionarios que componen la planilla del teatro, por no hablar de la programación de esta y la próxima temporada. Se sabe que la frondosa burocracia del Colón estaba en estado de efervescencia ante los problemas internos que se vivían: entre ellos figuraron —según señalan matutinos de Buenos Aires— contrataciones en negro, cachets que no se pagaban, atrasos en trabajos de remodelación y mantenimiento, deudas con editoriales musicales que finalmente se negaban a alquilar partituras (lo que obligó más de una vez a modificar programas a última hora), boleterías "paralelas", figuras destacadas que se iban "dando un portazo" y allanamientos judiciales.

ACUSACIONES. Cuando Senanes renunció, lo hizo en medio de acusaciones a una supuesta mafia interna y reproches al secretario de Cultura, que no le habría dado apoyo en su gestión. De cualquier manera, su presencia al frente del teatro tuvo aspectos positivos: se aumentó la corriente de público con actividades complementarias (al margen de la temporada de ópera y los conciertos de la Filarmónica), se reordenaron las cuentas, se redujo el escandaloso monto de horas extras del personal, se aumentó el número de funciones en un 45 por ciento y se achicó el déficit anual de unos tres millones de dólares compensado con mayor venta de entradas, nuevos patrocinios y venta de escenografías al exterior. El escándalo sin embargo no cedió, quizá por la falta de una política gubernamental en el manejo del Colón, al que ahora las autoridades municipales prometen abastecer con partidas adicionales.

Al margen de todo ello, empero, hubo sabotajes, desde el incendio de un telón y el corte de los cables de un montacarga, hasta la sospechosa caída de una llave inglesa que golpeó cerca de Julio Bocca en el momento en que el bailarín entraba a escena "y que estuvo a punto de partirle la cabeza" según se ha dicho. No será fácil hacerse cargo de ese establecimiento y de sus entretelones, a pesar de que el gobierno porteño ha declarado que saldará las deudas con editoriales y gremiales de autores, a la espera de que se apruebe una ley de mecenazgo que permitiría rebajar impuestos a quienes vuelquen dinero en centros artísticos, mecanismo que existe en los mayores países del mundo y facilita el suntuoso patrocinio de otras salas por parte de comisiones sin las cuales no podrían funcionar el Metropolitan de Nueva York ni el Covent Garden de Londres.

PERSPECTIVAS. Armado de la experiencia que le han dado más de 300 puestas en escena de espectáculos líricos en Estados Unidos, Capobianco enfrenta ahora los riesgos del Colón y debe prepararse a proyectar las celebraciones del centenario de la sala, que se cumplirá con bombos y platillos en 2008, un acontecimiento que es necesario diseñar desde ya y que el nuevo director anuncia como de "primer nivel internacional". Por el momento, se propone imponer "respeto y disciplina" en el orden interno, agregando que "estoy aquí para devolver al Colón todo lo que aprendí en este lugar y pude aplicar durante años en mi desempeño en el exterior". Esas son excelentes intenciones, aunque el coliseo requerirá además un pulso infalible para mantenerse a flote y salir adelante con la aureola que ha sido habitual en su historia casi centenaria.

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