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Murió Tony Bennett, una de las voces más importantes de la música del siglo XX; tenía 96 años

Era uno de los últimos crooners y una estrella transgeneracional, y falleció este viernes en Nueva York. En 2016 había sido diagnosticado con Alzheimer y estaba retirado de la actividad musical.

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Tony Bennett. Foto: Archivo
El cantante Tony Bennett.
Foto: Archivo

Redacción El País
Era, dijo Frank Sinatra alguna vez, el mejor cantante que había en ese mundillo llamado el negocio de la música. Era el último de los crooners, la última de las grandes voces de la música estadounidense pero también, de la historia del siglo XX toda. Era Tony Bennett, el que en los últimos años había perdido la lucidez, pero volvía a encenderse cada vez que empezaba a interpretar una canción.

Bennett, cantante, intérprete, ícono, falleció este viernes en Nueva York. Tenía 96 años y estaba retirado, con un diagnóstico de Alzheimer que se agudizó en los últimos años. La noticia de su muerte fue confirmada por su publicista, Sylvia Weiner, que no dio a conocer las causas concretas del deceso.

Con más de 70 álbumes grabados a lo largo de su extensa carrera, alrededor de 20 premios Grammy y el reconocimiento internacional por la calidad y capacidad de su potente voz, Bennett, que el 3 de agosto hubiera cumplido 97 años, comenzó su carrera a inicios de la década de 1950, tras un temprano coqueteo con la música.

Ya rebautizado con el nombre por el que lo conocería el mundo —había nacido Anthony Dominick Benedetto y fue combatiente en la Segunda Guerra Mundial—, sus primeros éxitos los consiguió en 1951 de la mano de la canción "Because of You" y "Cold, Cold Heart". Su popularidad creció a gran escala entre la balada y la exploración de distintos ritmos, todos bien recibidos por un público mayoritariamente femenino. Luego, la mayoría de su carrera estaría plegada al jazz, el género que lo definió.

En 1956 se inició en televisión como presentador de The Tony Bennett Show, un período breve que ayudó a reforzar su alcance.

Atravesó los años sesenta y setenta con altibajos radicales, entre el éxito rotundo que significó "I Left My Heart in San Francisco", una de las canciones más importantes de todo su repertorio, los conflictos personales y su problema con las adicciones. Lo intentó como actor (con la película The Oscar, de 1966), buscó renovarse con alguna fórmula probada en tiempos donde la industria musical cambiaba radicalmente, y una sobredosis lo dejó en estado crítico. En su biografía La buena vida, editada en 2007, contaría que por entonces la cocaína fluía "libremente" en su vida, tanto como el champagne.

En los ochenta logró concretar su regreso triunfal con el respaldo de sus hijos Danny y Dae, de su primer matrimonio con Patricia Beech y quienes tomaron las riendas de su carrera; tenía dos hijas más, Joanna y Antonia, de su relación con la actriz Sandra Grant.

Para la década de 1990, Bennett ya era otra vez un nombre de referencia: había ganado un nuevo público y discos como The Art of Excellence, Astoria: Portrait of the Artisty y Perfectly Frank, un homenaje a Frank Sinatra —su eterna competencia, la voz que siempre le amenazó con su sombra— fueron éxitos. Su MTV Unplugged, la grabación de un formato más asociado al rock y a la juventud, fue fundamental para consolidar el crossover generacional que marcaría el resto de su recorrido, que tuvo abundante audiencia juvenil aún desde su propuesta clásica.

Su actividad -que también alcanzó a las artes plásticas; pintaba y exponía y firmaba con su nombre verdadero- fue intensa y renovó credenciales incluso en este milenio, de la mano de estrellas pop (y rock) globales. En 2006 lanzó Duets, un disco de colaboraciones que convocó a Paul McCartney, Elton John, Bono, Sting, Celine Dion y hasta Juanes; y en 2011 lanzó una segunda parte, Duets II, que incluyó la memorable última grabación de Amy Winehouse, "Body and Soul", donde fuerza y fragilidad hacen una unión poderosa.

Allí también Bennett estrechó su lazo con Lady Gaga, con la que primero grabó “The Lady is a Tramp” y con la que luego haría un disco entero, el bellísimo y premiado Cheek to Cheek, que a los 88 años le permitió romper su propio récord al convertirse en el artista vivo de mayor edad con un álbum número 1 en la lista Billboard 200.

Fue en aquel proceso de grabación que el deterioro cognitivo de Bennett comenzó a dar señales. En 2016, finalmente, recibió el diagnóstico de Alzheimer, pero siguió trabajando, en vivo hasta 2017 —el año en que cortó con sus incansables giras— y en estudio un tiempo más, hasta que en 2021 se concretó formalmente su retiro. Fue con un último concierto, en el New York’s Radio City Music Hall, con entradas agotadas y junto a Lady Gaga, que lo cuidó con ternura familiar.

Hay un registro en video que muestra cómo, justo antes de salir a escena, sentado en un sillón junto a su esposa Susan Crow, con quien se había casado en 2007, ella debe recordarle para qué están allí, qué es lo que está a punto de hacer, qué va a pasar. Él luce delgado, perdido, dudoso. Sin embargo, cuando finalmente se levanta el telón y él está ahí, al medio de la escena, respaldado por su orquesta numerosa, y ve a una multitud y levanta los brazos y sonríe y escupe un vigoroso “Wow”, algo cambia de manera drástica, como si de repente todo cobrara un luminoso y claro sentido. Como si no hubiera otro lugar donde estar.

En los últimos años, su familia aseguraba que Bennett ya no era el mismo Tony de siempre, pero que todo cambiaba cuando se ponía a cantar. Su fragilidad y sus olvidos, que nunca incluían a las canciones: parecían desaparecer apenas irrumpía la música, y lo único que quedaba era su voz majestuosa, elegante, ligeramente arrogante, un baño de expresividad. Una de las más grandes voces que existió.

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