Música orillera fluvial

Hugo García Robles

El concierto de la Memphis Jazz Band del lunes 4 de julio en La Colmena da pie para algunas reflexiones. Por lo pronto la formidable calidad del grupo que tras el trompetista Rodolfo Schuster, sigue los pasos del jazz, con la vitalidad que el tiempo no ha limado, para dar razón al recordado Rafael Grezzi que llamaba "siemprevivas" a las joyas permanentes de la música nacida en Nueva Orleáns. Es conmovedora la fidelidad que ha logrado despertar el jazz en lugares alejados de su territorio geográfico, en una siembra espontánea que ha dado sus frutos en Holanda, Francia o el Río de la Plata. Frutos que a lo largo de décadas no decaen, por el contrario persisten.

Al mismo tiempo, el disfrute de esa música que se sostiene en sus dos vértebras, la instrumental y la vocal, con textos que discurren sobre tópicos previsibles del amor desdichado o la nostalgia de los lugares que tejen el entorno del habitante de una ciudad, dispara un eco sobre el universo del tango.

De pronto, en una convergencia detectada hace tiempo, el bajo rioplatense, las casas de Junín o de Yerbal como dice Borges en Milonga para los orientales, se hermana con Storyville, el reducto equivalente de Nueva Orleáns, también prostibulario y sonoro.

De modo que cuando Schuster cantó Basin Street Blues, la calle que convoca emociones y las aguas del Mississippi, juntas y a la vez, el oyente rioplatense y más concretamente montevideano se desliza sin esfuerzo hacia un tango que como Isla de Flores evoca "mi callecita, costa del mar". Un mar que por cierto es un río, tan gigante en la dimensión de su anchura como lo es el Mississippi en longitud, tan mítico en sus resonancias de metal precioso y naufragios como el norteño en su paternidad del mundo afro que lo ve con la misma religiosidad que viste al Jordán bíblico.

Es cierto que el paralelismo entre el jazz y el tango es muy obvio y sugestivo. ¿De dónde proviene esta común raíz de lo pecaminoso y marginal? ¿Cuál es la causa de que ciertos bienes culturales nazcan sumergidos en atmósfera ‘non sanctas’, nocturnos, por momentos siniestros, envueltos en vapores de alcohol y excesos de todo tipo?

Quizá la asepsia moral, si se excede sea, como toda asepsia, sinónimo de paz sepulcral, limpia pero lejos de la verdad que definiera el maestro Ayestarán, como "sucia de vida". Y es evidente que tanto el jazz como el tango están sumergidos en la pasta densa de lo cotidiano, cotidianeidad que no es de naturaleza edénica sino la difícil y trabajosa del hacinamiento urbano en periferias duras.

Pero lo maravilloso de estas circunstancias es que ese fardo de miserias que sobrellevaron y sobrellevan los hombres no se agota en esos términos sin esperanza. En su oscuridad, se hace de pronto la luz de la creación musical que desde el subsuelo busca la altura. Y, como un símbolo, en ese concierto se homenajeó a Armstrong, porque la primera semana de julio comprende los aniversarios de su nacimiento y muerte, el trompetista y cantante que desde el reformatorio de su adolescencia salió al mundo para clavar en la historia como mariposas o flores de un herbario, las notas de su talento.

De igual modo, el bajo fondo rioplatense, no menos fluvial que Nueva Orleáns, dio a luz en la voz de bandoneones y guitarras trabajosas una flor que alargaba su tallo desde el barro hacia el cielo.

Formidable lección de moralidad "sucia de vida" que permite renacer las esperanzas acerca del espíritu en medio de las desdichas que asaltan desde los titulares de los medios. Una melodía puede ser una escala tendida hacia un mundo mejor a pesar que sus raíces se hundan en el fango inevitable y progenitor, del Plata o del Mississippi.

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