Por Miguel Carbajal
El valor iconográfico de Evita Duarte tiene escasos antecedentes a nivel internacional, con la excepción de las esposas de dos norteamericanos demócratas: Kennedy y Roosevelt. Cada una de ellas, en su tipo, y se habla de perfiles opuestos, tuvo una existencia independiente con oportunidades de brillo y desarrollo al lado de maridos absorbentes desde el punto de vista mediático. Pero aún en esos casos la proyección actuó fuera de las áreas oficiales. Una fea con carácter y una vistosa con personalidad multiplicaron el lucimiento de sus maridos, pero no compitieron con ellos. Hasta Mrs. Clinton, una abogada con méritos personales, debió esperar que culminara su período conyugal en la Casa Blanca para iniciar una carrera partidaria propia. Evita Perón en cambio se instaló de entrada en el campo de las decisiones gubernamentales. Incluso cuando actuaba en el terreno mundano lo que prevalecía era el sesgo político.
En qué medida fue un invento de Perón o un fenómeno de voluntarismo capaz de imponerse al entorno, seguirá siendo una pregunta sin respuesta a raíz de su prematuro fallecimiento. Perón le permitió caprichos, le concedió libertades, la alentó en las acciones que lo favorecieron a él, pero también la limitó cuando quiso y llegado el momento la desplazó. No era fácil negociar con el autoritarismo —y la inteligencia—de Perón. Tampoco lo era lidiar con el temperamento y las ambiciones de Evita. Como le sucede a las estrellas de cine que dejaron de aparecer en pleno apogeo, la juventud tronchada de Evita la convirtió en un mito. Ya lo era antes de enfermarse, una especie de estampita de la Virgen de Luján o de Ceferino Namuncurá que despertaba fervores religiosos. La muerte, que la privó de arrugas y otros desgastes, la transformó en santa. Y en una referencia ineludible para más de medio siglo de política rioplatense.
¿Quién se acuerda de las mujeres que estuvieron al lado de los grandes hombres, los buenos y los horrorosos? La mujer de Franco fue casi un cirio de iglesia aunque se sabe que rastrillaba las joyerías españolas, con pasión falangista. A Eva Braun, rubia, esporádica, casi siempre exhibida en ambientes alpinos, la visualizaron como contraposición a la mentada misoginia de Hitler. La esposa de Mussolini fue una enérgica matrona italiana oculta tras el océano de cornamentas con que la coronaba el Duce. Era más famoso el habano de Churchill que la imagen de su mujer. La de De Gaulle era una presencia casi oriental, siempre un par de pasos atrás del álamo de su marido. A Stalin lo rodeaba el Partido y sus afectos eran secretos inconfensables y siempre turbios. Stroessner usufructuó varias familias al mismo tiempo. La amante oficial se appellidaba Legal, lo cual confundía aún más el rol de los parentescos. Los dictadores de las repúblicas bananeras mantuvieron harenes a la vista y esposas en el anonimato para regocijo de escritores como García Márquez y Vargas Llosa, que los volvieron sus temas preferidos. En el mismo plano Fidel Castro habla mucho y muestra poco aunque lo rodee la chismografía de sus amoríos. ¿Tiene esposa Chávez? ¿La tiene Berlusconi? En Argentina en cambio sólo se habla de mujeres. Sobre todo en el Justicialismo.
La Chechu es linda, simpática cuando quiere, pertenece a la sub cultura pop que tiene su sede en Miami y agita con orgullo un título mundial de belleza que hizo sucumbir las bajas defensas de Menem. Un señor que tuvo el coraje de convivir con los Yoma, mantuvo un supuesto romance con el bagre de María Julia Alsogaray (envuelta en visón y vendida al deseo con la complicidad siempre fácil de Susana Giménez) no superó la tentación de comprar una eterna virilidad. Aunque asistido, el embarazo de Cecilia Bolocco lo puso de nuevo en carrera. Y constituyó un elemento electoral novedoso.
El chilenismo de la Chechu torna insegura su popularidad. ¿Con su acento de las Condes y su aspecto de señorita bien dispuesta a someterse a un futuro de empanada riojana y locro en Anillaco sólo por purito amor, podrá ingresar a la galería de mujeres argentinas gallardas que inauguró Evita? Parece poco probable. Los argentinos no quieren más eslabones para esa cadena. No se puede clonar a Evita. Pero tampoco sirven la oscuridad y la sumisión. Evita dejó esos mandatos. Cristina Fernández no necesita operar como senadora para ser algo más que la mujer de Kirchner. Chiche Duhalde va por la diputación después de apuntalar a su esposo y sacarse la famosa foto familiar, al lado de los Reyes de España, con esa cosa perversa que tienen los Borbón de hacer que todos los visitantes a La Zarzuela parezcan enanos. Sólo Evita hubiera salido indemne de semejante confrontación. Su osadía era más fuerte que cualquier genética real. No habrá otra igual.