Entrevista

Pablo Vierci: "Pascasio es un símbolo de una historia que se contó renga"

El escritor uruguayo habla de "La redención de Pascasio Báez", su nueva novela que cuenta la historia de aquel peón rural ejecutado por los Tupamaros a comienzos de la década de 1970

Pablo Vierci
Pablo Vierci

Pablo Vierci venía de una serie de libros de temas que le eran cercanos: dos sobre la tragedia de los Andes (La sociedad de la nieve y Tenia Que Sobrevivir con Roberto Canessa) y otro sobre un suceso fatal en su barrio, Carrasco (El fin de la inocencia).

Ahora en La redención de Pascasio Báez, Vierci (Montevideo, 1950) se centra en la ejecución por parte de Tupamaros de un peón rural en Maldonado en 1972. Un tema que está rodeado de política y que el escritor uruguayo considera más afín a él de lo que parece.

—Sus últimos libros habían sido sobre temas que le eran cercanos. ¿La redención de Pascasio Báez es salir de su zona de confort?

—Sí y no. El caso de Pascasio Báez era una cuenta pendiente que tenía con la vida. Cuando aparece su cuerpo, en junio de 1972, yo tenía 21 años y me acuerdo como si fuera hoy: me pareció el fin del mundo. Y cuando vuelvo al país en 1985, iba muy seguido a un campo en Maldonado y cada vez que pasaba por el kilómetro 112 y medio de la ruta 9, donde mataron a Pascasio, siempre me detenía. Quizás como un homenaje a alguien al que yo entendía se lo humillaba cuando se hablaba con liviandad del pasado o se reivindicaba el accionar del MLN. Me sentía humillado porque eso había sido muy truculento: un peón rural al que matan en un bunker con una inyección de pentotal. Pascasio Báez es el símbolo de toda la demencia guerrillera irracional e injustificada.

—¿Y cuándo empezó a saldar esa cuenta pendiente?

—Empecé en 1998 entrevistando a Ulysses Pereira Reverbel (quien estuvo secuestrado por los Tupamaros un año y dos meses) pero pensando en escribir sobre Pascasio. Fui a la cárcel del pueblo, me acosté en la jaula en la que estuvo Pereira, me empecé empapar del tema. Cuando él sacó su libro con su historia, salieron desde el MLN a insultarlo. Y después cuando Seregni dijo que la violación de los derechos humanos en la dictadura a los rehenes del aljibe era equivalente a la violación de los derechos humanos de los secuestrados en la cárcel del pueblo, también lo insultan y nadie lo defiende. Ahí vi que no era el momento porque si a Seregni lo destruyeron imaginate a un simple escritor. Pero seguí investigando.

—Se metía con un tema que aún divide. ¿Era consciente de la grieta política que aún genera un personaje así?

—Para la novela hablé con un montón de amigos que son extupamaros que me ayudaron con toda la minucia que necesitaba la narración. Muchos de ellos me dijeron que la consigna que había con Pascasio era “no revolvamos el tema para simular que no ocurrió”. Y ahí encontré otro elemento para recuperarlo. Pero lo que me impulsó a terminar la novela fue el documental de Kusturica (Pepe Mujica, una vida suprema) cuando reivindica la “toma” de Pando, algo que me pareció humillante para las víctimas. Y me di cuenta que tenía que explicar cómo eran las cosas a mis amigos extranjeros que consideran eso como la verdad. Pascasio Báez es el símbolo de una historia que se contó renga y es un símbolo para enderezarla

—Le indigna es que a los victimarios sean vistos como Robin Hoods modernos.

—El MLN tuvo un período en el que eran Robin Hood, un término que les asignó la revista Time y sintetiza un primer período que se termina abruptamente cuando matan a Dan Mitrione. Pero el mito del Robin Hood se mantiene y es parte de esa historia renga.

—¿Por qué eligió una novela para contar todo esto?

—El vértigo de la novela es lo que logra entrar por las emociones y por la razón y es el que te sube a un viaje misterioso para transformarte. El libro de historia lo puede hacer, claro, pero no es para todo el mundo. La novela llega a un público enorme.

—¿Y cómo entra la ficción en la realidad?

—Tengo lo que los historiadores llaman “intención de verdad”: ningún hecho es mentira y hago ficción con alguno de los personajes necesarios para llevarte en ese viaje. Los necesito. Miguel, el verdugo, es un amalgama de varios personajes. Esto no es una cronología de los hechos porque eso está en otro lado, incluyendo las actas tupamaras. ¡Lo cuentan ellos mismos! Así de increíble era su soberbia.

—La novela incluye dos historias personales, la de Báez y la del tupamaro que termina ejecutándolo. ¿Por qué le interesaba esa otra vida?

—Redimir a Pascasio es ir contra eso de “no revolvamos” pero también me parecía que había otra historia ahí que había que contemplar. Es la de muchos de mis amigos que pertenecieron al MLN y que entraron por error o llevados por el fuego de la Revolución Cubana y después no podían salir. De alguna manera quiero redimir a ellos a través de ese personaje, buscarles una salida. Porque hay una redención también para el victimario.

—Pero el libro está dedicado explícitamente a Baez...

—Porque, insisto, quiero ayudar a que sea un símbolo. Es lo que se merece.

—Pero eso es una toma de posición que para muchos lo convierte en un “facho”. ¿Por qué pasa eso?

—Lo que pasó es que la demencia de la dictadura aplastó la demencia de la guerrilla. La violación de derechos humanos del régimen convirtió en víctimas a los victimarios y los bendijo como mártires. Y, como dijo Amodio Pérez: convirtieron en héroes a personas que no tenían pasta para serlo. Y cada vez que veo que esa imagen de héroes es la que consume el mundo, siento que siguen enterrando al pobre Pascasio. No puedo más con que lo entierren porque cuando lo hacen entierran una parte de mi.

—El tema de la dictadura...

—(interrumpe) Perdón pero quiero decir algo: la historia de la novela es una historia en democracia, con los militares no me meto. Si me metiera en las barbaridades que se hicieron en la dictadura contaminaría lo que sucedió antes. Que es justo lo que ha pasado hasta ahora.

—¿En su investigación llegó a entender cómo era como persona Pascasio Báez, ese símbolo?

—Hablé con la familia y amigos y todos me dijeron que era un hombre bueno que no toleraba que le faltaran el respeto. Pascasio era un hombre de campo bueno al que le gustaba cantar.

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