MATÍAS CASTRO
En una columna publicada esta semana, el periodista argentino Marcelo Stiletano, del diario La Nación, afirmaba: "Tinelli optó por un Bailando para adultos, que no arranca antes de las 23, con el reggaetón, el baile del caño y otras obligadas referencias danzantes ligadas al erotismo más rústico. Pero las cosas cambian cuando se involucra a menores. ¿Cómo explicarles que para cumplir un sueño solidario hubo y hay que pagar un precio muy caro en escandaletes, exhibicionismos, vulgaridades y cotilleos de la peor condición? Como si esto fuera poco, este año ni siquiera se dedica tiempo en el Bailando a mostrar en imágenes cuáles son las instituciones benéficas que están detrás de los sueños".
Su comentario sobre la oposición entre temas adultos y menores venía a cuento de que el Ministerio de Educación le prohibió a una escuela de Santa Fe que participe de la audiencia de ese programa. Su columna comenzaba con una especie de suspiro de alivio, diciendo que aparentemente las escuelas santafecinas no tendrán que cambiar sus programas de estudio para poder explicarles a sus alumnos de qué se trata el famoso perreo del reggaetón.
Por un momento la vieja polémica estuvo en puerta. Otra vez los menores estaban cerca del programa más visto del Río de la Plata, cosa que, hace dos años provocó un escándalo, una multa y efectos colaterales en otros programas, cuando salió a la luz que había menores en la tribuna de Showmatch viendo el baile del caño. Por eso mismo ahora comienza más tarde que en aquél tiempo e igual logra un rating descomunal.
El escándalo, o provocación, siempre ha sido una de las mayores herramientas de la competencia. Quienes participan lo saben, desde las vedettes que bailan hasta los jurados que pelean. Esa provocación comenzó fuerte este año gracias a Aníbal Pachano y Graciela Alfano, cruel y rica en repercusiones por todo el Río de la Plata. Detrás de todo eso quedaron los participantes y la competencia misma.