Más o menos se sabe lo que es mal gusto napoleónico —mucha túnica griega, mucha guirnalda en la cabeza de los héroes o en las paredes de los cuartos de baño (que ya existían), mucho bronce dorado a fuego— pero cuando yo me empeñé en atribuir toda esa cursilería a la perversa ironía de Visconti (La Vestale de Spontini, Teatro Alla Scala di Milano, año 1954) nadie estuvo de acuerdo conmigo. Los milaneses tendían a delirar con todo ese despliegue de oros y de pompa neoclásica; los otros italianos, los vénetos, los florentinos, los romanos, pensaban que al fin y al cabo Visconti, con todos sus títulos y todo su clamoroso refinamiento, era también milanés, y por lo tanto él mismo un cursi afrancesado. La polémica no pasó a mayores. La Vestale cumplió con su estricta programación, pero el triunfo de Visconti, aunque estaba en escena, no era parte del decorado ni de las coreografias, ni de los desfiles militares: era simplemente el protagonismo de María Meneghini Callas (ahora Callas, a secas) en la nueva temporada de ópera. Renata Tebaldi, una voz de oro, un ídolo todavía joven y en la plenitud de sus facultades, no había sido convocada, para la ira de sus fanáticos. Visconti había impuesto a esa advenediza como condición para dirigir en la Scala. Pero alrededor de esa mujer —destinada a convertirse en el mayor mito de la ópera en el sigloXX— ya se había montado, con la colaboración de Visconti entre bambalinas, todo un tinglado de publicidad en que importaba menos la voz que la cura de adelgazamiento y el talento musical menos que el divorcio de Meneghini. Que al fin y al cabo le había gerenciado hasta ahora una carrera importante a pesar del sobrepeso. Y la Callas que llegó a Milán era ya una mujer espléndida y una diva temperamental, a la antigua, la contracara de Tebaldi, tan burguesita. Después de La Vestale, cantó L’italiana in Algeri del primer Rossini, el debut de Zeffirelli, el protegido de Visconti, como regista, y en el ápice de la temporada, La Traviata. Otra vez (y esta vez más que nunca) con una dirección celosa y exhaustiva de Visconti, una versión consagratoria para los dos, una Violetta vital y deliciosa que se apagaba, aun vocalmente, y se atrevía a emular la Margarita de la Garbo, entonces muy viva en la memoria del público y ciertamente en la del propio Visconti, gracias a la transparencia final. Un furor. La barra brava de la Tebaldi que había recibido con resentimiento y más de un amago de abucheo a la griega usurpadora, tuvo que retirarse cabizbaja aquella notte funesta. El reino de Callas había comenzado.
Al día siguiente, como cada vez que sabía que yo iba a los estrenos de Visconti, me esperaba Strehler en su despacho del Piccolo Teatro, "al asalto" pensaba yo, tal era su ansiedad. Eran los dos grandes del teatro italiano, el milanés aristócrata y cosmopolita y el triestino genial y violento. Los dos eran de extrema izquierda, los dos eran tiranos y frágiles. Nunca iban a ver sus espectáculos, la competencia los corroía por dentro.
Visconti se dejó absorber por el cine, y dejó a Strehler solo en su reino, siempre planeando una película que nunca llegó a materializar y que me contaba plano por plano: un Brecht (Madre Coraje) o un Goldoni (Le baruffe chiozzote). Tenía hasta los protagonistas elegidos. La Magnani, claro, y Gérard Philipe. Nunca oí contar con tal fuego, películas que lamentablemente nunca ví. Existieron, sin embargo, en la fantasía de un gran artista. Y en la de su fascinado oyente.