MATÍAS CASTRO
El fenómeno de los reality shows y su magnetismo no deja de sorprenderme. Ha llegado a asquearme en más de una ocasión, pero desde la aparición del primer Gran Hermano de Argentina hasta ahora, siempre hay algo que me llama la atención en su persistencia. En especial esto se debe a las figuras que participan en ellos y deciden exhibir sus vidas.
Uno de esos casos es el de Tori Spelling, ex estrellita caprichosa de la primera etapa de Beverly Hills. Hoy Tori es una chica con dinero, que vive en Beverly Hills de la fama que cosechó en esa serie. El suyo no es un rostro agraciado, precisamente, sino más bien lo contrario. Pero lo importante en esto es que muestra los pormenores supuestamente reales de su lujoso matrimonio y vida cotidiana en el barrio de las estrellas del cine y la televisión de Estados Unidos.
Lo mismo ocurre con Denise Richards, una chica que supo poner en jaque a unos cuantos cerebros masculinos en todo el mundo con ciertas escenas de la película Criaturas salvajes. La película era horrible, ella no. Con el tiempo Denise se convirtió en madre y esposa de Charlie Sheen. Él no se portó bien con ella y se separaron escandalosamente. Ahora ella estrena la segunda temporada de un reality show llamado Es complicado, donde muestra cómo su vida se ha simplificado tras el divorcio. En todo esto lo que más me atrapa es la franqueza con la que estas chicas asumen que el resto del mundo se interesa por sus vidas. La realidad, desde mi punto de vista es esta: un día nadie, absolutamente nadie, se pregunta qué será de la vida de Denise Richards o de Tori Spelling (y ni que hablar de las chicas de The Hills, el reality de MTV), y al día siguiente, los canales de televisión anuncian: "Al fin la vida privada de fulana y mengana, tal como todos se lo esperaban". Y así compramos.