JORGE ABBONDANZA
En noviembre se cumplirán cien años de la muerte de Florencio Sánchez. Como las energías culturales del Uruguay no abundan y como este país ha sido casi siempre parco en sus actos de reconocimiento del talento creador, es probable que la conmemoración se reduzca a la muestra itinerante sobre vida y obra de Florencio que anuncia el MEC, junto al concurso para elencos teatrales que pongan en escena piezas del dramaturgo, que promete la IMM.
Pero los cien años de la desaparición de un gran escritor no se cumplen todos los días, de manera que sería deseable pensar en algo que perdure, como una edición especial de sus obras teatrales, en la que podrían intervenir diseñadores y artistas plásticos, para que el esmero gráfico de ese tomo agregue su interés visual a la calidad de los textos y a la trascendencia de la fecha. También sería oportuno un gran homenaje nacional que apueste a un vasto público, con participación de figuras destacadas del medio escénico uruguayo y -por qué no- argentino, ya que la mayor parte de la carrera artística de Florencio tuvo lugar en Buenos Aires.
Pocas figuras de primera línea pueden reivindicar como este escritor su condición de rioplatenses. Porque nacido en Montevideo en 1875, Florencio ejerció el periodismo en diarios de Minas y Mercedes, pero también en publicaciones argentinas de Rosario y Buenos Aires, antes de que el éxito de M`hijo el dotor en 1903 lo lanzara a la trayectoria escénica que ocuparía sus últimos seis años de vida a través de textos consagratorios como Barranca abajo, En familia o La gringa. Estrenó quince de sus obras en salas porteñas y cuatro en teatros montevideanos. Su país natal no fue generoso con él, de modo que convendría remediar aquel descuido aunque sea con el atraso de un siglo.
Sánchez fue algo más que un dramaturgo y un periodista. Abrazó apasionadamente sus compromisos políticos, con militancia juvenil en el Partido Nacional. Combatió en las fuerzas de Aparicio Saravia en la revolución de 1897 y más tarde se acercó al anarquismo, con particular atención a los problemas sociales y una permanente adhesión por los sectores desvalidos de la población. Esa actitud se reflejó poderosamente en su obra y en su denuncia del culto a las apariencias y el doblez moral de una parte del mundo burgués (Los derechos de la salud, Nuestros hijos). Por eso su producción se vuelca a los conflictos del hombre de campo, al testimonio de la vida ciudadana y al bajo mundo donde habitan los marginales (La tigra, Moneda falsa, La pobre gente).
Fue un hombre singular en la defensa de sus convicciones y en su instinto para deslizar una corriente de ideas en los esquemas del teatro criollo, veteado por el costumbrismo y por la tendencia naturalista heredada de Europa. Merece que se lo recuerde cien años después de su muerte, que ocurrió en Milán en noviembre de 1910, durante su único y tardío viaje a Europa, a los 35 años de edad, por culpa de la tisis que lo había afectado durante largo tiempo.