A. LALUZ.
En la tarde de ayer falleció Juan Carlos "Pinocho" Mareco en la ciudad de Buenos Aires, cuando tenía 83 años de edad. Hombre de las tablas y la comunicación, que se ganó el corazón de la gente con personajes inolvidables y al lado del Topo Gigio.
El deceso se produjo en un geriátrico del barrio Palermo de la capital porteña, en donde estaba internado desde hacía varios meses. Según informó ayer Primicias Ya, su estado de salud no era bueno, y en el último tiempo recibía muy pocas visitas de amigos y conocidos.
Para toda la región, la figura de Mareco se convirtió en un ícono del espectáculo, la televisión, el cine, la radio. Un hombre inquieto, enamorado de su Carmelo natal, que derrochó aptitudes para el humor y la actuación. Esas cualidades que se destacaron desde los juveniles impulsos de la vocación y que lo catapultaron rápidamente al éxito.
Primero fue la recordada segunda época de la Troupe Ateniense comandada por el "Loro" Collazo. Después Radio Carve de la mano de Wimpi, el nacimiento de Pinocho y el gran salto al mercado argentino.
Raúl Barbero (Rebar) -otra figura histórica de la radio, el periodismo, la publicidad- recuperó de su enciclopédica memoria alguna pinceladas de aquellos lejanos comienzos de Mareco. "Lo conocí en los principios de la década del cuarenta, cuando llegó a Montevideo para estudiar bachillerado de Derecho", contó a El País pocas horas después de conocerse la triste noticia. "En ese momento Ramón Collazo estaba preparando la segunda Troupe Ateniense, a la que llamaron Ramón Collazo y sus Atenienses".
Su ingreso a esta Troupe pionera fue gracias a la falta de un profesor. "Un día, el Dr. Evangelio faltó a su clase de Derecho Romano, y el bedel de la facultad entró al salón de clase para anunciar, `muchachos, se suspendió la clase porque faltó el profesor`. Entonces salió un chiquito de la fila del fondo, diciendo `¿cómo que falta el catedrático?` Y se mandó una bruta imitación de Bonilla que dejó a todos de boca abierta".
Esa actuación despertó el interés de uno de sus compañeros que estaba vinculado a los Atenienses, "y le comentó a Collazo que sería bueno que viera a su compañero, que le hiciera una prueba, porque tenía una aptitud bárbara para el teatro". Finalmente "lo probaron, quedó y su debut fue con una imitación de Cantinflas en el espectáculo que hacía la Troupe".
El paso siguiente estaba casi cantado. De la mano del legendario Wimpi llegó a Radio Carve, donde comenzó a trabajar con el apodo de Pinocho. "Wimpi le sugirió ese apodo -explicó Barbero- para enternecer a su padre que seguro se iba a enojar, ya que él quería que su hijo se dedicara al estudio y no al teatro".
Ese personaje fue la segunda llave que le abrió otro horizonte en la incipiente carrera artística: Buenos Aires. Wimpi lo acompañó en los primeros pasos, y fue un factor decisivo en el éxito que tuvo. Logro nada sencillo, ya que por aquel entonces Pepe Iglesias había impuesto su personaje El Zorro. Pero Pinocho era diferente. Venía, literalmente, de otra madera. Y el suceso fue tal que rápidamente se le abrieron las puertas del cine. En 1950 trabajó en la película El otro yo de Marcela (1950), dirigida por Alberto de Zavalía. Pero a la pantalla grande no llegó sin experiencia. Un año antes, y en Uruguay, Adolfo Fabregat lo había convocado para la película Detective a contramano, en la que descubrió su ductilidad frente a las cámaras.
Paralelamente, fue descubriendo y desarrollando sus habilidades para la otra pantalla que se imponía en los años cincuenta: la televisión. Así llegó a la conducción de Gran hotel Panamá en Canal 7, en 1954. En la década siguiente y por tres años se afincó en España donde trabajó para la TVE. Luego fue el regreso al sur, primero a Chile donde condujo Casino Philips y después, en 1968, a Buenos Aires para ser el conductor o anfitrión del programa del Topo Gigio, que lo terminó de instalar en el imaginario popular.
Mareco formó una dupla legendaria con el pequeño Topo. La memoria los atesora y los ha legado de generación en generación como signos de ese humor que combinaba a la perfección la picardía con la inteligencia. Él mantuvo ese toque. Lo llevó al cine en múltiples personajes, a la televisión en múltiples proyectos. Pero también lo supo encaminar hacia la seriedad cuando fue el turno de abordar, por ejemplo, la realidad política y social.
Otro cantar fue la música. Ya la había experimentado con la Troupe de Collazo. De allí al tango, la canción. Yo quiero un tango, Despedida, la exitosa A una novia, son algunos de los títulos que brotaron de su pluma.
Y hoy no es difícil rastrear esas imágenes guardadas en nuestra memoria televisiva, donde Pinocho, Mareco, engarzaba con una fluidez envidiable la palabra dicha y la palabra cantada para arrimarse a la anécdota, para hilvanar historias. O simplemente esbozaba una idea, una intención, con una mueca o gesto suficientemente teatral como para ubicarnos en una entrañable ficción. Pero las paradojas de la vida son implacables. Ayer, Pinocho murió prácticamente solo, convirtiendo en interrogación aquella idea que en 1962 declaró a Guía Tv: "La vida hay que vivirla de manera que haya mucha gente en el velorio".