GUSTAVO LABORDE
Alberto Olmedo cumpliría hoy 70 años. Aunque hace ya una década y media que encontró la muerte en un accidente absurdo (el 5 de marzo de 1988 se desbarrancó desde un noveno piso de un edificio en Mar del Plata), su humor sigue vigente. Los uruguayos, además, pueden reencontrarse con sus locuras todas las noches de lunes a viernes gracias a que Canal 12 cierra su emisión con los programas del último ciclo de No toca botón, de 1987.
Por ese programa desfilan personajes inefables que él encarnaba como El Manosanta, Borges, Pérez o Rogelio Roldán. Todos ellos han inmortalizado refranes que ya forman parte del acervo popular rioplatense: "Si no me tienen fe", decía el sátiro del Manosanta; "Hay efectivo", le susurraba al oído de Beatriz Salomón el atrevido Borges y el inescrupuloso Pérez se justificaba ante su jefe con el emblemático "Eramos tan pobres". El único personaje alejado de la picardía era Rogelio Roldán, el jefe de cadetes que ganaba 170 australes por mes y debía soportar los embates amorosos de la esposa del ricachón de John Patrick Bartolomew. Este personaje lleva el nombre de un amigo de Olmedo de la infancia, que verdaderamente se llama así, pero que no era ni pobre ni jefe de cadetes, sino un acomodado empresario funerario. Pero también estaban los otros personajes como el inspiradísimo Alvarez que encarnaba Javier Portales, el notable Gorostiaga, aquel que tenía "la noche dibujada en el rostro", a cargo de César Bertrand o el despótico jefe de Roldán que hacía Vicente Larusa. Pero también —y sobre todo— estaban las chicas, invariablemente ligeras de ropa, como Silvia Pérez, Adriana Brodsky, Susana Romero, Beatriz Salomón y Divina Gloria (la mejor actriz y la única que no era vedette). Aquellas eran mujeres de verdad, con cuerpos generosos y sensuales en tiempos en que no se había desarrollado las siliconas ni los colágenos labiales.
Olmedo fundaba su humor en dos talentos que no se adquieren en las academias: su genial capacidad para improvisar las más delirantes situaciones y su puntería para encarnar algunos arquetípicos personajes de la clase media rioplatenses como el oficinista, el mujeriego, el buscavidas, el chanta.
VIDA. Hijo dilecto de la orgullosa Rosario, Alberto Olmedo tuvo una infancia difícil. De chico desempeñó los más diversos trabajos como dependiente de verdulería, carnicería y farmacia. Cada vez que se le preguntó por su niñez en seguida hablaba del hambre y del frío, dos fantasmas que lo acosaban aún cuando ya era una celebridad. "Por más camisetas que me ponga ahora, aquel frío ya no me lo saco", solía decir. Con la comida también tuvo una relación obsesiva: lo que más le gustaba era salir a cenar con sus amigos y pagar de su bolsillo los suculentos ágapes. Incluso llegó a tener su famoso restaurante Edelweiss.
Su vinculación al teatro fue temprana, a los 14 años, y comenzó en su ciudad natal cuando se integró a la Troupe Juvenil Asturiana. A los 21 años decidió ir a probar suerte a Buenos Aires. Su primer trabajo fue en la televisión, pero detrás de cámaras, como técnico o lo que antes se llamaba switcher. Ese trabajo le dio una gran experiencia que supo aprovechar cuando pasó al otro lado de la cámara: conocía todos los trucos, los movimientos de las cámaras, el sonido, todo. Eso le permitió, por ejemplo, improvisar un famoso desnudo que se vio hace poco en pantalla de Canal 12 sin exhibir sus partes pudendas: se puso en un lugar en el que sabía que las cámaras no las podían tomar.
Además de su enorme carrera televisiva, que desarrolló casi siempre junto Hugo y Gerardo Sofovich, también tuvo una aluvional trayectoria cinematográfica con películas bastante malas en las que hizo gran pareja con Jorge Porcel, y en las que también estaban Moria Casán y Susana Giménez. A su vez también tuvo una arrolladora actividad teatral en la que llegó a marcar el récord histórico de espectadores: en 1987, un año antes de su muerte, metió 120.000 personas en el teatro con El negro no puede.
Pero su gran fama proviene de la televisión y en este lado del río se lo empezó a conocer a partir del programa No toca botón, que se inició en 1981 bajo la dirección de Hugo Sofovich. Su gran partenaire era el notable Javier Portales, con quien trabajó por primera vez en Operación Ja ja, en 1964. "A través de tantos años de trabajar juntos, nosotros fuimos encontrándole la vuelta a una manera de actuar", ha dicho Portales, quien por cierto se apellida verdaderamente Alvarez, como el personaje, ya que Portales es un seudónimo. "Para mí era un placer hacer lo sketches con él, teníamos un código que es imposible de explicar. Yo pienso que jamás podría haber hecho Alvarez y Borges con otra persona; y creo que el Negro tampoco. No porque yo fuera imprescindible para él, sino porque habíamos logrado mancomunar cierto tipo de cosas. Trabajábamos así, Hugo Sofovich traía un armado sobre la base de tres o cuatro temas de actualidad con un pequeño planteo, un desarrollo y un final, y lo tiraba. Pero lo de adentro lo poníamos nosotros, lo ponía el Negro que agarraba para cualquier lado, y yo lo seguía. El sketch se grababa una sola vez y nunca se cortaba", ha explicado Portales.
Según cuentan todos quienes trabajaron con él, Olmedo era un tipo cuando la cámara estaba encendida y otro cuando estaba apagada. Su carácter era más bien melancólico y triste, pero todos dicen que era de gran corazón, generoso y jamás ostentoso del dinero. Olmedo falleció a los 53 años y en plena explosión de su éxito, cuando aún podía ofrecer muchos grandes momentos de su delirante alegría.