REBAR
BUENOS DIAS
Cuarenta y tres días después de su aplastante victoria electoral, la Sra. Cristina Elisabet Fernández Wilhem de Kirchner se dispone a sentarse hoy en el famoso sillón de Rivadavia. Es la primera mujer que, en la Historia de la Argentina, llega a la Presidencia de la República a través de la voluntad popular. Quienes quieran conocer su trayectoria hasta esta meta, deben leer "Reina Cristina", el libro que escribió la excelente periodista Olga Wornat, publicado con un subtítulo largo que asegura la venta: "Vida pública y privada de la mujer más poderosa de la Argentina". La Wornat sabe lo que cualquier escritor de biografías: que de los personajes públicos importa poco el análisis de su obra, y son los detalles de su privacidad lo que más interesa a la gente. El mundo se ha convertido en un enorme conventillo, donde los que nos reunimos en el patio amanecemos comentando que, anoche, la pareja de la pieza 8 apagó la luz media hora antes de lo habitual.
Leí el libro, especialmente para conocer el porqué, el cómo y el cuándo del declarado enamoramiento de Cristina por el flaco Néstor, un estudiante desgarbado que parecía destinado a la falta de liga por el resto de su existencia. Ella, ya desde piba, linda; de adolescente, coqueta; de jovencita, inteligente; y él, con sus ojos de huevo duro y la mirada despistada, pilchas de liquidación, y con detalles salientes de su personalidad que solían mostrarse en los mitines partidarios, donde sobresalía por... por su estatura. Pues, ¿saben qué?... fue Perón quien los unió.
Cristina, fanática de la política y devota del General, mantenía un noviazgo de cinco años con Raúl Cafferata, un jugador de rugby apodado "Lagarto", a quien le daba lo mismo que en el país mandara Perón o Minguito. Miembro de una clase media acomodada, era socio del Jockey Club de La Plata, en la que inscribió a su novia -con un muy particular sentido de la desubicación- para que compartiera té y rummy-canasta con las señoronas que se reunían en las tardecitas de la institución. Cristina veía que la cosa no marchaba: y cuando comprobó que, en cuanto a su vocación por los temas políticos, Cafferata no la acompañaría ni a votar, lo plantó sin maceta. En ese momento, se le cruzó el lungo Néstor por un pasillo de la Facultad de Derecho... y todo cambió en su vida. El quinquenio con el "Lagarto" quedó atrás: se sobrepuso a la falta del reptil, y lo reemplazó por un pingüino. Desde entonces, bombo... la marcha de "Los Muchachos Peronistas" cantada a dúo... manifestaciones callejeras... ¡Perón, Perón! ... ¡Viva el Che!... ¡Dale que va! Sólo ocho meses de novios: se casaron el 9 de mayo de 1975, cuando "Cris" tenía 22 años. Ese día se dividieron la torta de bodas: ahora se dividen la presidencia de la nación. Cuatro años para vos, Néstor, y cuatro para mí: después, se verá... pudo decir Cristina... y hasta firmarlo, con su lápiz labial, auténticamente francés.