Arte, colonización y consumos visuales

Reflexiones. Seguramente un uruguayo reconoce mejor a Brad Pitt que a Walter Reyno

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JORGE ABBONDANZA

No todo es inofensivo -aunque lo parezca- en la descarga de imágenes que el cine y la televisión hacen sobre el espectador. Después de saborear un pasatiempo, queda en el público un sedimento sobre el cual conviene reflexionar un poco.

En este suburbio rioplatense de un mundo dominado por los grandes fabricantes del arma audiovisual, el espectador ha vivido hasta hoy seducido por hechizos de origen remoto. Hace 80 años se llamaba Chaplin o Marlene, hace 50 eran Marilyn o Brigitte, Los Beatles o Sinatra, y hace 20 podía llamarse Julia Roberts o Demi Moore. El nexo entre todos ellos fue una formidable capacidad de penetración en la fantasía de la gente, como para ingresar a su panteón de ídolos y permanecer allí durante largo tiempo. El talento, la hermosura o el magnetismo de cada uno, según los casos, jugó un papel en esa veneración popular, pero el fenómeno estuvo siempre respaldado por un aparato promocional casi irresistible.

De esa palanca ha dependido el ascenso a las alturas de la fama, permitiendo sacarse el sombrero ante la fuerza que las campañas publicitarias han tenido en el campo de la cultura de masas. Detrás estaba el dinero, claro, y el control de los mecanismos de un comercio que podía negociar con autos o cosméticos, pero también con productos artísticos en la acepción más popular del término.

Hace varias décadas, un productor de Hollywood dijo que "en los países que compran más productos norteamericanos, de la clase que sean, entra con mayor facilidad el cine norteamericano". No se equivocaba, y la verdad que dijo no excluye a la comarca rioplatense, donde la gente se sentaba al volante de un Ford o un Chevrolet pero al mismo tiempo adoraba desde la butaca las efigies de Elizabeth Taylor o Marlon Brando. En todo caso, la diferencia consiste en que los autos de Detroit fueron cediendo terreno ante sus competidores asiáticos desde que Japón o Corea se lanzaron vigorosamente a ese mercado. Pero en cambio el cine de Hollywood nunca ha sido desbancado, demostrando quizá que el disfrute visual tiene una clientela más fiel que una máquina de transporte. Para comprobarlo no hace falta más que revisar las cifras de recaudación en cines de Europa, Brasil, Sudáfrica o Tailandia. Allí Rambo o Batman han tenido mayor imán que cualquier héroe nativo, por razones a las que el marco propagandístico no es ajeno, y el poderío industrial tampoco.

Los viejos de hoy pueden recordar la enorme oleada de descolonización que barrió el mundo en los años 50 y 60, cuando casi toda África, junto a grandes retazos de Asia y el Caribe, se independizaron de los imperios europeos. Pero esa emancipación, igual que la de América Latina en el siglo XIX, se produjo en el orden político y obligó a colorear de otra manera los mapas de la Tierra. En el orden económico hubo cambios menos espectaculares, y en el orden cultural -salvo pocas excepciones- no hubo ninguno. Convendría poner a prueba al público uruguayo para descubrir a quiénes conoce mejor, si a Brad Pitt y George Clooney o a Walter Reyno y Delfi Galbiati, y por ver a cuál de ellos paga con más frecuencia una entrada. En Montevideo, Estela Medina es incapaz de parar el tránsito si aparece en una esquina, pero sucede lo contrario cuando Jennifer Lopez visita brevemente la ciudad. Los puntos de referencia, el entusiasmo que a veces despiertan y la celebridad que pueden dar, están manejados habilidosamente por aparatos promocionales cuyo calibre no comparten los países en desarrollo, también llamados Tercer Mundo.

SOBRE LA CULTURA MARGINAL. Esos países siguen estando confortablemente colonizados, lo cual significa que no son independientes de las fuentes culturales que irradian sus modelos desde el extranjero, ya se trate de los escritores de gran éxito, los campeones de la discografía o las estrellas de cine y de televisión. Por más que se empeñe, Walter Tournier sabe que la animación uruguaya nunca tendrá el inmenso público de los Simpson y que sus muñecos no pueden competir con los Muppets. Claro que el escenario de esa adhesión masiva ha cambiado con el paso del tiempo, y toda la gente que hoy permanece en su casa clavada al sillón para mirar televisión, fue durante la primera mitad del siglo XX un público cinematográfico que llenaba las salas a un ritmo que la población actual ni siquiera sospecha.

Porque la colonización cultural ha sabido cambiar de rumbo de acuerdo al compás de las conquistas tecnológicas, de manera que la inmovilidad colectiva que provoca hoy la pantalla chica no existía cuando las colas para entrar a un cine daban vuelta la esquina y llenaban la platea hasta la primera fila para ver a las caras que Hollywood les entregaba en el victorioso blanco y negro de la edad de oro. Movedizas o quietas, las multitudes han respondido siempre al mismo influjo.

Lo importante, en todo caso, es la ventana que el cine podía abrir para que la gente se asomara y así tuviera acceso al conocimiento, sobre todo al de un pasado remoto o cercano en que las realidades de la revolución francesa o de la guerra mundial aterrizaban en la pantalla, donde el espectador también podía saber lo que le había ocurrido a Juana de Arco (gracias a Carl Dreyer), a Iván el Terrible (gracias a Sergei Eisenstein), a San Francisco de Asís (gracias a la Cavani o Zeffirelli), a Lawrence de Arabia (gracias a David Lean). El atractivo del cine permitía fijar esas nociones, con lo cual el alcance divulgador de un espectáculo pudo convertirse en un componente nada desdeñable del entretenimiento. La televisión juega un papel mucho más modesto en esa materia, en parte porque el surtido cinematográfico que ofrece se inscribe en una categoría de pasatiempos aquejada por una mayor trivialidad y en parte porque los programas de gran alcance popular -que son ciertos shows, generalmente emitidos en vivo- pertenecen a un nivel apto para públicos divorciados de toda exigencia.

Y en esas áreas se vive una paradoja de aquella colonización cultural, porque esos shows ya son producciones regionales o locales y sin embargo no son una adecuada moneda de canje para los productos importados desde las viejas metrópolis. En algunos de ellos se ha emprendido un culto de la vulgaridad y la estridencia que difícilmente puede incorporarse a ninguna categoría respetable del espectáculo, ya sea en torno a un concurso de baile (cuyos jurados saben sacar provecho a l escándalo) o a la reclusión de varios jóvenes en la casa de un reality show (cuyo jugueteo con ficción y realidad sólo parece funcional para estimular el voyeurismo).

Alguna vez, una periodista neoyorquina dijo que el apego de la gente por la televisión no se explicaba porque le ofrezca productos estimables, sino porque el promedio de esa programación "se ubica en el nivel mínimo de tolerancia del público". A escala rioplatense, los ejemplos señalados demuestran que por debajo de ese nivel todavía hay un subsuelo, al que aquella periodista debería descender para sacar otras conclusiones y examinar la huella que ese material va dejando en sus consumidores. En fin, a veces en el territorio cultural todo tiempo pasado fue mejor.

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