Con un vestuario nada vistoso, que se propone crear un clima de época sin pretender agradar, y una escenografía funcional, que se aparta completamente de la Edad Media en que se ubica la ficción, el director Jaime Yavitz encaró El león en invierno equilibrando aspectos históricos y estéticas contemporáneas.
En esa ambientación histórica creíble, aunque abordada con libertad, se desarrollarán hechos cruciales para la historia inglesa, que se ubican en 1183, cuando Leonor de Aquitania vuelve luego de una década de expulsión y cautiverio. La familia real británica vive por entonces un clima de tensión, causado por la difícil elección de nombrar un heredero.
El director plantea ese continuo juego de duelos verbales que es esta pieza, sin sacralizar a la nobleza, a la que afortunadamente le asigna maneras alejadas de todo protocolo. Sin embargo, es en el humor, y principalmente en la ironía, donde asoma la inteligencia particular de esos personajes que tienen en sus manos el destino de todo un pueblo.
Esos filos de humor también surgen de la traducción de Mario Morgan, que fue realizada dos décadas atrás para el director cinematográfico Lautaro Murúa, para un proyecto que luego se frustró. Es a partir de ese texto ágil, que conserva un marcado espíritu sajón, que los actores arrancan netas y breves carcajadas a la platea, producto de un humor agudo que parte de un buen conocimiento de la psicología humana.
Sobre un argumento que mantiene el interés sin despertar grandes pasiones entre los espectadores, los actores se manejan con una estética naturalista muy pulida, que tiene sus mejores momentos cuando el rey y la reina (Estela Medina y Delfi Galbiati) alternan los asuntos de alcoba con los de política internacional. O cuando Medina y Mario Ferreira se enfrascan en un duro enfrentamiento verbal.
Quizá le faltó al montaje algo más de imaginación para que los actores secundarios pudieran acompañar sus palabras con una gestualidad y unas acciones más originales, aspecto que es contrarrestado en alguna medida por el feliz trabajo de luces de Eduardo Guerrero.
Goldman es un autor no tan conocido en nuestro medio, si se compara con la merecida fama que tiene en Norteamérica. En ese sentido, su inclusión en la cartelera de la compañía municipal es una opción que además de permitir un esmerado trabajo artístico, cumple el objetivo de darle mayor difusión. En cuanto al montaje, éste no atrapa tanto por la trama, un poco fría, sino por el trabajo de los intérpretes, sumamente cálido y lleno de vida, enmarcado además en una estética cuidada.