JORGE ABBONDANZA
Pobre Clara Petacci. En 1932 tuvo la mala suerte de conocer a Benito Mussolini cuando era casi una colegiala y quedó fascinada por el Duce, que tenía 29 años más que ella. Desde entonces, Claretta -sobrenombre con el que pasó a la posteridad- fue amante del dictador hasta que el régimen fascista se desmoronó y ambos cayeron en manos de los "partigiani", que los fusilaron el 28 de abril de 1945 y colgaron luego sus cuerpos (cabeza abajo) en el Piazzale Loreto de Milán, donde los despojos fueron variadamente ultrajados por un pueblo enardecido. Un libro que acaba de salir en Italia, llamado Mussolini secreto, dice unas cuantas cosas sobre la Petacci, ya que en sus 500 páginas incluye abundantes pasajes del diario personal que esa mujer llevó durante los años treinta.
Como era previsible, el libro se ha vendido de manera fulminante desde que apareció en las vidrieras, con lo cual una amplia masa de lectores puede enterarse de los celos casi maníacos de Claretta, obsesionada por las infidelidades de Mussolini, al que obligaba a llamarla por teléfono hasta diez veces por día a pesar de que el hombre tenía otras preocupaciones, incluida una guerra mundial. El Duce mantuvo su apego por esa linda muchacha romana en los intervalos de su estrellato político, cuando se asomaba al balcón de Palazzo Venezia para arengar a las multitudes con unos gestos y unos desplantes de brazos y cuerpo que parecían recursos de un actor de cine mudo, aunque él era bastante sonoro.
Sesenta y cinco años después del ajusticiamiento de Claretta y Mussolini, con el nuevo libro entre las manos, parece difícil admitir que Italia haya sido cautivada por un hombre como aquel dirigente fascista, que al comienzo de su carrera era un militante anticlerical y antimonárquico pero llegó al poder como ministro de los Saboya y responsable del Concordato entre Italia y el Vaticano. Por encima de esos altibajos, lo cierto es que Italia sobrellevó la dictadura mussoliniana durante dos largas décadas, incluida la fatídica alianza con el Reich alemán y la devota admiración del Duce por su amigo el líder nazi.
Mussolini no era un ignorante, sin embargo. Durante la célebre reunión de Munich en octubre de 1938, fue el único de los gobernantes allí presentes (con Hitler, Chamberlain y Daladier) capaz de hablar en inglés, alemán y francés, aparte del italiano desde luego. Pero fue un gobernante catastrófico y un amante al que Clara Petacci adoró, quizá porque el amor es ciego, como se sabe, aunque en este caso también parece que hubiera sido sordo.