Algunos valiosos apuntes sobre el fin de la inocencia

Todo está en venta", dice el protagonista. Se refiere a un mundo mercantilizado que desmiente los ideales hippies de su juventud, cuando vivía en una comunidad y daba la espalda a todo materialismo depredador. Veinte años después, sigue aferrado a esos principios mientras disfruta la soledad silvestre de una isla en compañía de su hija adolescente. A partir de ese marco, el tema escrito por Rebecca Miller avanza sobre tres líneas de fuerza que se conjugarán para estropear el paraíso y demostrar al hombre que su batalla por una vida mejor está perdida de antemano.

La primera de esas líneas es el vínculo entre padre e hija, un apego recíproco que parece excluyente de cualquier otro afecto y que puede progresar desde una obsesiva dependencia hacia los umbrales del incesto. Allí la libretista, que además dirige su película, coloca varias notas de sensibilidad para inscribir la silenciosa calidez del hombre y la pasión filial de una muchacha amarrada (como ningún otro personaje cinematográfico de los últimos tiempos) al complejo de Electra, cuyo extremo más temible sólo será impedido a último momento por una reacción del padre. Esa relación está expresada en gestos callados, largas miradas y climas de entendimiento que confirman la delicadeza con que Rebecca Miller ya mostraba otros conflictos amorosos en su realización anterior, Intimidades.

La segunda línea se abre con la llegada de la amante del padre, que se instalará en la isla acompañada por dos hijos y descalabra ese sosiego doméstico. Los tres invitados encarnan un mundo exterior equipado con impurezas y violencias que profanan el aislamiento literalmente virginal de esa pareja en su reducto. El contraste provoca conmociones y permite ver el soñador ecologismo del protagonista como un rasgo de extravagancia no siempre mansa, cuyo reverso puede ser tan agresor como las mentalidades invasoras que el personaje combate. Las incomodidades del nuevo núcleo familiar están condenadas a una disolución final.

La tercera línea es la salud del padre, un estado que sugiere en varios momentos la eventualidad de su muerte y que refleja metafóricamente la otra agonía de ese paisaje inviolable en que el hombre ha querido vivir. Y de la misma manera en que perderá su combate contra la enfermedad, también sucumbirá ante las amenazas de especulaciones inmobiliarias que desembarcan a poca distancia de su casa. Una entrelínea de resignación sobre los manotazos del progreso se desliza en esa pelea desvalida que el individuo libra ante el avance de otra realidad. Su derrota está anotada por Miller con mano poética, como en la tormenta cuya furia destroza en más de un sentido ese refugio privado.

agudezas. La directora maneja sus ideas con vigorosa convicción, aunque el resultado parezca más límpido en la primera mitad del relato que en el abigarrado tramo con que luego se cierra. Todo ese desarrollo tiene un inconfundible aroma literario, dato nada casual porque Rebecca no sólo hace cine sino que también es una prestigiosa narradora cuyos volúmenes de cuentos ya disponían de la inteligencia que ha trasladado a sus películas (esta es la tercera de su carrera). Pero ese cuño de novelista es más fuerte que el espíritu testimonial con que retrata una ideología crepuscular, jaspeada por la correspondiente melancolía ante la evaporación del viejo flower power, esa herencia sepultada debajo de las crudezas de hoy. De manera que su película despide un perfume que huele más al papel impreso que a la vida, lo cual no impide saborear las finezas de observación y las tenues insinuaciones sobre sentimientos y conductas con que sus imágenes registran esta historia.

Como además de ser hija del ilustre Arthur, Rebecca está casada con Daniel Day-Lewis, incorpora a ese celebrado cónyuge en el papel central y obtiene así un retrato enriquecido por el virtuosismo del actor. Aquí compone a un ingeniero escocés afincado en esa isla de la costa estadounidense, filmada en verdad en Canadá, y como lo ha hecho siempre (Mi pie izquierdo, Pandillas de Nueva York) incorpora su gusto muy propio de los histriones por armar un personaje con detalles barrocos, empezando por el duro acento dialectal con que habla el inglés. El rostro de Day-Lewis, tan permeable a la conmoción, está casi todo el tiempo en primer plano, lo cual rinde mayor utilidad que la de probar la admiración de su mujer. Pero el divo dispone además de algunas compañías dignas de su nivel, como la joven y temperamental Camilla Belle en el papel de la hija y una excelente Catherine Keener como la mujer que intenta animosamente convivir con ellos.

En medio de la frecuente chatura del cine comercial, esta película de una escritora reflexiva permite al espectador detenerse por lo menos en la amenazada relación del hombre y la naturaleza, sugiriendo de cuántas maneras se entabla allí un torneo entre la vida y la muerte.

CRITICA/JORGE ABBONDANZA

LA BALADA DE JACK Y ROSE

The Ballad of Jack and Rose

Directora y guionista. Rebecca Miller

Fotografía. Ellen Kuras

Diseño de producción. Mark Ricker

Montaºje. Sabine Hoffman

Elenco. Daniel Day-Lewis, Camilla Belle, Catherine Keener, Paul Dano, Ryan McDonald, Beau Bridges

Estados Unidos 2005

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