Montevideo a la danza

| Este fin de semana comienza el ciclo que se extiende hasta agosto. Son siete espectáculos creados e interpretados por bailarines uruguayos.

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Por: Bernadette Laitano

La danza contemporánea es hija del capricho. A principios del siglo XX, varios bailarines sintieron la necesidad de encontrar una alternativa a la técnica estricta que les imponía el ballet clásico, así que se sacaron las zapatillas de punta, empezaron a bailar descalzos y a realizar giros menos rígidos, entre otras irreverencias. Como suele suceder con casi todo nuevo movimiento, los precursores crearon escuelas que en este caso se dividieron en dos, la norteamericana y la europea, aunque faltó poco para que cada maestro desarrollara su técnica, si bien se habla de dos grandes entre ellos, Martha Graham y Merce Cunningham.

Hoy, la distancia con el ballet se profundizó tanto que es muy difícil decir qué es lo que permanece de su técnica en el movimiento del bailarín contemporáneo. Además, hay que tener presente que como toda disciplina, la danza también atravesó -y atraviesa- diferentes períodos, cada uno con su lenguaje para comunicar mejor el momento y contexto que vive. Por citar un ejemplo, hoy se denomina fly low (volar bajo) a una de las técnicas "de moda" en la que el bailarín está en contacto con el suelo y en la que el principio físico atiende a la ley de gravedad desde adentro, para conectarse con el suelo y el espacio a través de mecanismos internos y no desde la fuerza. Esto hace que el contacto sea más "liviano" y no tan brusco. También es el caso del Release, "que significa soltar, liberar, relajar y la improvisación de contacto".

Sin embargo, aunque la historia de la danza contemporánea no comenzó ayer y, además, Uruguay cuenta con grandes maestros como Hebe Rosa y Graciela Figueroa, el público de esta disciplina es minoría y lo confirma el espacio que la danza contemporánea ocupa en la cartelera capitalina. Para un espectáculo de danza, lo normal es que se ofrezcan dos o tres funciones en una sala chica, lo que sumaría, en caso de éxito, poco más de mil espectadores. En teatro, las funciones se cuentan por meses, siendo lo normal tres o cuatro, dependiedo de los compromisos de la sala, y siempre existe la posibilidad de generar un éxito que permanezca más de una temporada en cartel. Si hablamos de música, un sólo espectáculo puede reunir a cientos de espectadores por noche.

Pero los espectáculos de danza contemporánea también se diferencian por el perfil del público: en su mayoría, son los propios alumnos, docentes y creadores que van a ver los trabajos de sus colegas. O sea que, además de ser minoría, es un circuito en apariencia "cerrado".

Leonardo Durán, licenciado en marketing, observó esta realidad como espectador y decidió cambiarla. La propuesta, la realización de un ciclo que reuniera a varios creadores locales en una sala conocida por el público general: "Me di cuenta de que estaba yendo por conocidos a espectáculos que estaban buenos y que no habían tenido nada de difusión. Vi que quizá alguien con mi preparación podía ser útil a la cultura. Ahora se está generando en el Claeh, está la Fundación Itaú que tiene una carrera de un año en la que yo hice Gestión Cultural. Falta gente que busque fondos, que haga comunicación, que haga cosas que puedan llegar a funcionar".

El proyecto convocó a siete bailarines/directores, se presentó en la Zavala Muniz del Teatro Solís y resultó en Montevideo Danza, ciclo que comienza hoy y que tiene como uno de sus principales objetivos la formación de público: "Lo que hay que generar es una evolución. Si empiezo con seis o siete obras y lo puedo bajar a tierra este año, bien. La idea es a finales de este año hacer un llamado para hacer el segundo ciclo".

¿Danza contemporánea? Una de las posibles razones por las cuales la danza contemporánea carece de público masivo quizá sea la dificultad con la que se enfrenta el espectador al querer interpretar de manera lineal o directa lo que comunica cada creación. Sofía Echeverry, proveniente del teatro pero quien ha incursionado en la dramaturgia de espectáculos de danza, opina: "Se supone que nosotros somos los primeros espectadores de lo que hacemos, de ver el trabajo de los colegas. La danza en general tiende a tener un lenguaje más codificado, una narración que no es lineal, que no intenta contarte una historia siempre sino que apela a lo visual, a lo sensorial". Carolina Silveira, creadora de Compañía, una de las obras que integran el ciclo, señala: "El espectador tiene que intentar ir con su cuerpo a ver las obras, o sea, conectar lo que está viendo desde su experiencia corporal, personal". Por su parte, Andrea Lamana -presente con dos obras, Frágil y Corazón Verde Tatuado-, resalta los conceptos de `comunicación` y `libertad` protagonistas en esta disciplina a la que define como "arte en movimiento": "Si a este vocabulario lo organizamos en una unidad significativa de forma y contenido nos va a permitir transmitir ideas, emociones y sensaciones personales y subjetivas, al igual que lo transmiten otros lenguajes artísticos".

Todas las creadoras consultadas reconocieron la dificultad existente para definir qué es la danza contemporánea, pero coincidieron en las referencias al cuerpo del intérprete para explicarse y en la existencia de diferentes técnicas dentro de la disciplina. "Es muy distinta la danza que vemos hoy que la que veíamos en los `90 o en los `60 porque la relación con el cuerpo es distinta, el cuerpo tiene otra lectura. El cuerpo es el texto con el cual se habla y donde se investiga", explica Carolina Besuievsky, una de las directoras de Historia del Frío junto a Catalina Chohuy. Lamana, bailarina con experiencia en el extranjero y responsable de Espacio Jexe!, aporta: "Todavía continúo en la búsqueda de cómo definir danza contemporánea y tal vez esto no se acabe nunca, la forma de definirla estará en constantes transformaciones".

Condiciones. A diferencia de otros países, en Uruguay no existe un cuerpo de baile que represente al país en el exterior y cada bailarín que se forma aquí lo hace de manera diferente, prueba con algunos docentes locales, viaja al extranjero (si tiene los medios) y participa de talleres y seminarios. La formación de Carolina Silveira podría citarse como ejemplo de la situación de la mayoría de los bailarines uruguayos: "Como es un poco la formación de todos acá, por lo menos de los de mi edad (30) que no tuvimos la oportunidad de hacer ninguna formación formal, completa, en un mismo lugar, con un plan, un proyecto de la escuela, sino que tomás clases acá y allá, te vas de viaje, vas aprendiendo de un montón de gente al mismo tiempo".

Quienes disponen de recursos, se forman afuera, pero es lógico que no todos vuelvan porque al regresar el mercado no les permite dedicarse exclusivamente a la creación o interpretación sino que dividen su tiempo en varias ramas de la danza, siendo la docencia su mayor fuente de ingresos.

¿Cuál es la situación actual, entonces, de la creación en Uruguay, en cuanto a calidad y en cuanto a la relación con el público? A los pocos espectáculos estrenados por año -no se acercan siquiera a la decena- se suman las opiniones de quienes están dentro del circuito, como Silveira: "Estamos en una etapa que es muy experimental, pero a veces esos experimentos que estamos haciendo para las personas que no están por dentro son un poco herméticos. Creo que el trabajo es no ir a mostrarle al espectador lo que ya espera, pero tampoco mostrarle ese experimento que pone a la persona en una situación de indiferencia. Ni siquiera es que pone a la persona a cuestionar, simplemente las personas permanecen indiferentes. Ahora lo que está pasando es que algunos circuitos más oficiales, como la Zavala Muniz y otras que en algún momento nos han abierto las puertas, nos permiten el acceso a otros públicos. Antes sí, nos veíamos entre nosotros y nos seguimos viendo entre nosotros pero al vos tener una obra en el Solís hay un público que le pertenece al Solís, no a vos, entonces ese público de repente se encuentra con algo distinto que puede ir generando un nuevo gusto. Eso está legitimado por el propio peso que tiene la institución".

Laura Pirotto, directora de No hagas suposiciones, vivió dieciocho años en Suecia y compara: "Es un momento interesante, de decisión en cuanto a intenciones. Me parece que se está empezando a ganar un espacio. Hace unos poquitos años, bailar y cobrar era… estabas contenta con que te llamaran para bailar y poder estar en escena. Ha habido un enorme trabajo y mejoras en cuanto a posibilidades, en cuanto a apoyos económicos, pero también con la referencia que tengo de vivir en Suecia siento que es un comienzo (...) Conceptualmente, con el mundo globalizado es impresionante cómo de alguna u otra manera se termina haciendo lo mismo, pero claro, las condiciones en las que se hace no tienen nada que ver. En Suecia existe la carrera universitaria de bailarín. Yo estudié Pedagogía en Danza y tenía que hacer las prácticas en las escuelas. Todos los niños en las escuelas públicas tienen una materia que se llama Danza, entonces ese niño cuando llega a ser un público aprendió a mirar porque tuvo esa vivencia".

Hebe Rosa, referente en el desarrollo de la danza en Uruguay, mira con ojos más exigentes lo que está sucediendo: "Hay un movimiento de danza contemporánea, hay una serie de gente que tiene ganas de bailar, que tiene ganas de hacer cosas, alguna gente ha estudiado, pero están ahí, en querer hacer cosas y no pasa mayormente nada. Pienso que se está dando un cambio lento (...) Yo me fui en 2009 a Nueva York porque necesité salir de Uruguay para ver qué pasaba con la danza contemporánea en el mundo. Me fui un mes y medio a ver espectáculos y a tomar clases a algunas de las compañías que mayormente me han gustado casi toda mi vida. Vi cosas no del todo nuevas, pero sí bastante queriendo hacer cosas nuevas. ¿Sabés lo que pasa? Que hacer cosas nuevas es muy difícil por todo lo que ya se ha hecho. No digo que sea imposible hacerlo, es posible, pero muy difícil. En Nueva York tampoco vi cosas horriblemente nuevas, vi cosas bien, interesantes, vi buenos bailarines, especialmente eso, y creo que faltan creadores en el mundo, no sólo acá (risas). No he visto grandes creaciones como en la época que estaban Alvin Ailey y José Limón, Martha Graham, esos ponían cosas nuevas realmente, eran grandes creadores. Yo creo que hay una especie de carencia de creadores en este momento, pero no pasa sólo en el Uruguay, está pasando mundialmente". También tiene su opinión sobre el público y lo primero que responde, de manera firme, es: "Les interesa poco (los espectáculos de danza).Van, pero hay mucha gente que te dice que no le gusta la danza contemporánea que están viendo ahora. Claro, se pasean por el escenario, qué sé yo, no hacen nada. Hay momentos en los que a mí me desespera ir a ver los espectáculos. En realidad, cuando me fui para Norteamérica era porque no me gustaba nada de lo que veía acá y estaba tan desesperada de ver que todo el mundo preparaba cosas y mostraba y yo en cero, dije `yo me voy, porque en algún lado deben estar haciendo otras cosas`. Hay cosas que están bien, yo qué sé, nada me ha llamado la atención, uno se vuelve muy exigente con los años. Yo reconozco que estoy muy exigente".

"En danza contemporánea también hay olas de trabajos", parece responder Besuievsky: "De aquí a la originalidad ya casi todo está inventado y vos podés ver en el desarrollo de la danza contemporánea cómo fueron emergiendo determinados lenguajes". Actualmente, la disciplina parece estar atravesando un período de transición, repercusión de la velocidad de los cambios (sociales, políticos, económicos, culturales y hasta ecológicos) no sólo locales sino también regionales y mundiales.

Por el momento, para tener una aproximación a los creadores contemporáneos locales, el ciclo que comienza en la sala Zavala Muniz, del Teatro Solís, se presenta como un buen muestreo de quiénes son algunos de los actores de la escena nacional, qué grupos están emergiendo y cuáles son sus propuestas. Restará al público evaluar. Las entradas tienen un costo de $200, pero hay abonos para ver tres obras ($540) o cuatro ($650). Además, los socios de ADDU y SUA pagan $400 y $480 cada abono respectivamente.

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