El trabajo invisible

Joaquín Furriel

El actor protagoniza el film elogiado por la crítica y el público argentino El patrón, radiografía de un crimen, su mayor desafío hasta ahora. Además filma junto a Natalia Oreiro la nueva serie de Juan José Campanella, Entre caníbales.

Hace un mes, cuando se estrenó El patrón, radiografía de un crimen, todos los protagonistas de la historia que inspiró la película ya estaban muertos. Éxito de crítica y público en Argentina, este drama policial se proyectó en el Festival de Cine de Punta del Este donde consiguió el Premio del Público. Durante su estadía el director Sebastián Schindel buscó intensamente llamar la atención de la prensa y de los distribuidores locales para que su primera ficción (es un experto documentalista) llegue a las salas locales. Entre otras virtudes, es el film que cambió la carrera de Joaquín Furriel.

El patrón es una historia de esclavitud en tiempos de nueva esclavitud, deschava los peligrosos trucos de algunos carniceros para vender carne en mal estado, y tiene un excelente trabajo actoral. Suele pasar que la carrera de algunos actores argentinos sea mucho más interesante de lo que demuestra su trabajo en televisión en ese formato generador automático de fama y prejuicios llamado "tira".

Joaquín Furriel reniega de su condición de galán y es que tampoco lo ha sido al pie de la letra. Empezó a actuar a los 13 años para equilibrar su energía y mala conducta. Gracias al teatro viajó por primera vez, y luego decidió recorrer el continente y gran parte de Asia para conocer mundo. Su primer personaje en la pantalla chica fue en Montaña Rusa, en 1996. Pasó por Verano del 98, El sodero de mi vida, 099 Central, Soy gitano, fue Jesús el heredero, Marcos Lombardo en Montecristo, el "Turco" Nasif en Sos mi hombre y Nacho en Sres. Papis. Muchos de estos trabajos los aceptó por dinero. Cada vez que habla de su profesión Furriel es práctico: no le interesa ser comidilla mediática ni por historias de amor, rumores faranduleros ni comentarios políticos. Defiende al actor como un trabajador que no debería distraerse de su oficio. Es un adicto al teatro, especialmente de las obras clásicas, esas que sus colegas jóvenes suelen renegar o revisitar desde un lado menos convencional.

Con estos antecedentes es fácil comprender porqué Furriel a sus 40 años se interesó en el personaje del analfabeto explotado y no del abogado buen mozo cuando leyó el guión de El patrón, radiografía de un crimen. La película se basó en un libro escrito por el reconocido abogado penalista Elías Neuman, que defendió hace 30 años a un hombre destinado a obedecer. Hermógenes Saldívar viajó a Buenos Aires desde el sur de Santiago del Estero para buscar una vida mejor. En cambio sufrió 17 años de abusos en una carnicería rodeado de carne podrida y bajo las amenazas de un patrón inhumano que lo obligaba a maquillar la podredumbre para engañar a la clientela. En una pieza ubicada en el mismo local, y en condiciones deplorables, crió a sus dos hijos. Un día se cansó y mató al patrón. Sin un abogado responsable a su lado, estaba a punto de recibir la pena máxima hasta que una secretaria del juzgado se conmovió por el caso y contactó a Neuman. Hermógenes logró evadir la prisión, pero la marca de la sumisión lo acompañó por siempre.

Sebastián Schindel había rodado varios documentales (Rerum Novarum, Germán, Qué sea rock, Mundo Alas, El rascacielos latino); Neuman había rechazado todas las ofertas de adaptación, sin embargo lo contactó y le entregó su obra. A Schindel le llevó 12 años y 10 reescrituras del guión preparar su primera ficción. Para bajar la brutalidad decidió reducir el período de esclavitud a poco más de un año, antes del nacimiento del primer hijo, y estructurar la narración con dos historias paralelas: la de Hermógenes por un lado y la del abogado, un tipo joven, adinerado y galán, por otro. En ese momento Furriel le pareció el indicado para el segundo rol. "Pero él quería ser Hermógenes, entonces lo asusté: le hablé de toda la construcción física, le dije del acento perfecto que tenía que lograr, de cambiar el tono de piel, hacerle arrugas, cicatrices, ponerle lentes de contacto, sacarle algunos dientes. Estaba con cara de asustado y yo le dije, esa mirada de susto, de perdido, es la mirada de Hermógenes".

Ensayaron más de 40 veces una única escena, en la que el personaje cuenta durante un interrogatorio, con medias palabras y un sollozo desesperado parte de su historia. En un mes Furriel se preparó intensamente con una entrenadora vocal, cambió su físico y dedicó varias horas a aprender el lenguaje y el trabajo de un carnicero. Aprendió a usar cuchillas, descuartizar media res, hacer chorizos, carne picada. Junto a Luis Ziembrowski, Germán de Silva y Guillermo Pfening (en manos de quien quedó el rol del abogado) trabajaron rodeados de 400 kilos de carne. De esta experiencia y de cómo cambió su carrera, habla Furriel en esta charla:

—Dijiste que recién ahora te sentís maduro para trabajar en cine.

—Es que el cine tiene un lenguaje mucho más expuesto para el actor por el nivel de planos. Ahí es donde se empieza a ver qué tiene cada actor para aportar, qué capacidad de expresión puede dar, y yo creo que esto tiene que ver con su mundo interno. Creo que la vida se va poniendo más completa con la edad y lo mismo sucede con los personajes y las historias del cine. Me siento más cómodo ahora para poder encarar este tipo de historias y la verdad es que no llegaban guiones como los que recibo ahora, me encontraba con personajes que consideraba muy serios o muy livianos.

—Hablando del guión de El patrón, ¿cuándo empezaste a conectar con Hermógenes?

—Me pasó algo muy intuitivo, mientras leía el guión sentía que estaba siguiendo la historia de Hermógenes y no la que me habían ofrecido. Me conmovió mucho lo que le pasaba. Esta impresión que tenía durante la lectura me daba la certeza de que yo podía contar la humanidad de este personaje. Me caló hondo la historia y quise visibilizar ese tipo de persona que no suele tener lugar en las pantallas.

—Parecerte a Hermógenes te exigió mucha preparación y construcción a nivel físico, ¿estos desafíos son los que te atraen en este momento de tu carrera?

—Estudié durante muchos años distintas técnicas interpretativas más allá de saber si las iba a poder aplicar o no. Yo agradezco cualquier oportunidad de trabajo porque a mí me gusta mucho la actuación e investigar sobre ella, y probar cuáles son mis posibilidades como actor. Quiero ampliar el horizonte de mi trabajo y en ese sentido acá lo paradójico fue que tuve que trabajar mucho para que no se vea mi trabajo, porque lo mejor que te puede pasar en una película como esta es que nadie se dé cuenta de la preparación que tuviste que hacer.

—Incluso en este caso era esconderte a vos mismo.

                                                                                       —Sí, hay un punto en que el objetivo se logra de esa manera. Eso es lo maravilloso y lo particular que tiene nuestro trabajo cuando tenés una de las pocas posibilidades de toparte con un personaje que te requiere tantas exigencias interpretativas.

—Previamente habías interpretado otro personaje en el film Un paraíso para los malditos (Alejandro Montiel) que también maneja una economía de recursos a nivel de información y de gestos, ¿te interesa esta estética actoral?

—En un mismo año filmé las dos películas y actué en teatro en Final de partida, dirigida por Alfredo Alcón, y los tres personajes tenían algo en común que es que hablaban desde una economía de recursos y no llevaban ellos la acción, iban respondiendo a diferentes estímulos efectuados por los otros personajes. Lo que une a todos los personajes es mi deseo de desafío. Un paraíso para los malditos es un film noir, un cine que se hace poco en Argentina, entonces lo interesante era cómo llevar adelante la historia de un personaje que no tiene pasado, pero para eso también está el director. Lo que me resultó más interesante del cine es el poder ocuparme solo de la actuación y dejarme llevar por un director y su lenguaje.

—¿Estos trabajos trajeron más propuestas para hacer cine?

—Sí. Se está empezando a mover algo de una manera muy interesante. Creo que El patrón fue una muy buena carta de presentación en ese sentido.

—¿Llevarías tu carrera hacia ese lado?

—Podría ser pero desde el año que viene porque ahora estoy grabando para una serie de (Juan José) Campanella para Telefe, que también tiene un lenguaje narrativo muy cinematográfico. Se llama Entre caníbales, actúo con Natalia Oreiro. Interpreto a un político.

—¿Es un antihéroe?

—El personaje es un candidato a la presidencia y muestra la interna de la política y también de este tipo con su matrimonio, cómo todo afecta. Pero la tira no habla de política sino que dentro del contexto político habla de traiciones, lazos, el amor, el desamor; es una historia de venganza.

—En estos momentos los enramados políticos están expuestos en series televisivas muy exitosas.

—Es que cuando la política entró en el universo de las redes sociales se terminó convirtiendo en un guión prácticamente. Hay un gran interés del público por ver este tipo de historias porque la gente vive la política como un thriller.

—En estos momentos en tu país, ¿es complejo ser artista y no estar politizado?

—No, yo creo que esa es más una necesidad de los medios que una necesidad real de los actores. Hay una intención por parte de los medios de estigmatizar el compromiso político; esto es histórico en mi país. Los medios quieren hacer entender que los artistas tienen que tomar una postura política, y si son kirchneristas se los ataca según en qué contexto y si son anti kirchneristas se los ataca según qué otro contexto. Es un juego de ajedrez en el que no juega el artista, somos piezas.

Yo noto una intención de que nadie se involucre mucho políticamente, y estoy convencido de que lo importante son los grises, que esa cosa tan polarizada no es real. Si los políticos están en un thriller, la parte de la novela se la quieren dar a los artistas: uno dice algo, el otro lo ataca y así. Yo vivo la política con felicidad, volvió a ser un tema de conversación en los cafés, hay debates, es interesante lo que está ocurriendo en la región luego del silencio de los '70. Pero no creo que sea imposible dar una opinión política ni creo que ser actor signifique que uno tenga que tomar un partido, nuestro trabajo pasa por otro lado.


—A lo largo de tu carrera siempre volviste al teatro para interpretar clásicos, ¿qué tiene para vos ese espacio?

—Hay una tendencia, supongo provocada por la revolución de las redes sociales y los realities, de hacer un teatro íntimo, cercano, en el que pareciera que vale la pena partir de mi vivencia en particular, escribirlo y representarlo: compartir pequeñas historias. Yo encuentro en los textos clásicos una dimensión de las acciones que no es cotidiana, va más hondo en cuanto a los pensamientos. Me pasa como actor, que cuando hago una obra como La vida es sueño (Pedro Calderón de la Barca, 1635) o Final de partida (Samuel Beckett, 1957), no me dejan igual. Cuando hago obras contemporáneas, que tienen un pensamiento más liviano, que es un divertimento atractivo, como Lluvia constante, en la que actué con Rodrigo de la Serna y fue un éxito, si me preguntás qué me quedó de esa obra te digo que la disposición de Javier Daulte y el juego escénico que teníamos con Rodrigo pero la obra para mí no fue fundamental. La estructura de las grandes historias están ahí, y luego variarán las tendencias, se incorporarán nuevos textos y nuevos actores, pero el teatro clásico se defiende solo. Pasa el tiempo y cuando se hace bien el público acompaña, y cuando salís de esa sala de teatro no te vas indiferente: ya no sos el mismo.

Anécdota. El patrón generó una infinidad de notas en la prensa argentina, que recalcó la existencia de esta nueva (y vieja) esclavitud entre patrones abusadores y empleados que acatan, que suelen llegar de los pueblos más pobres del país. En cuanto a la denuncia de las prácticas de algunos carniceros que maquillan la carne para ocultar su mal estado, una anécdota curiosa es que cuando finalizó el rodaje el propio dueño de la carnicería alquilada se ofreció a comprar la carne utilizada, que ya estaba pasada. El equipo se negó a vendérsela.

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