EL Sabalero fue el que más supo cambiar

Por: Elbio Rodríguez Barilari

elbio@elbiobarilari.com

Para ser muy francos, jamás había usado, ni visto a nadie que usara, un pantalón cortito con un solo tirador…

Para mí, en edad escolar, las canciones del Sabalero venían del mismo universo que los cuentos de Morosoli. Algo que los niños y jóvenes urbanos sabíamos que estaba ahí, pero que sólo veríamos en alguna ocasional y superficial salida al campo.

De hecho, la primera vez que vi un sábalo, y me enteré de que era un pez, fue cuando tenía como 14 años y estábamos acampando en Bocas del Rosario, no lejos de Juan Lacaze.

El vínculo a su lugar de origen siempre fue algo presente, respetado en la personalidad del Sabalero, tanto la privada como la pública.

Y, al mismo tiempo, y de eso quiero hablar hoy, de los cantantes populares de su generación fue el que más y mejor se adaptó a los cambios que le trajeron la vida y la historia.

Eran las épocas del primer canto popular, cuando los discos de los Olimareños, Zitarrosa, Viglietti y el propio Sabalero alcanzaban cifras de ventas en los veinte mil y los treinta mil longplays. Algo que nunca jamás ha vuelto a repetirse en el mercado nacional, donde si un CD vende tres mil ejemplares es Disco de Oro.

En ese mundo había una cantidad de cantautores en actividad, como Yamandú Palacios, Manuel Capella, Washington Carrasco, Marcos Velásquez, el joven Numa Moraes, Santiago Chalar, Anselmo Grau (y muchos más, imposible nombrar a todos). Y no nos olvidemos de los precursores, Osiris Rodríguez Castillos y Aníbal Sampayo.

Dentro de esa ecuación de cantantes, peñas, actos y comités de base, el Sabalero ocupaba un posición prominente, junto a Viglietti y justo detrás de Zitarrosa y Los Olimareños.

Ahí vinieron el golpe de estado y el exilio. Este lacazino transplantado a Montevideo fue a recalar en Holanda. Nada menos que el epicentro de la vida europea del estado de bienestar, la diversidad racial, y la tolerancia extrema, valga la contradicción.

Un universo totalmente diferente. Viniendo de un Uruguay ideologizado, superpolitizado y luego en dictadura facistoide, el Sabalero se zambuye en la libertad extrema, de conciencias y de hábitos, en la modernidad que ya se iba haciendo postmodernidad.

Cuando volvió del exilio era otro. Es decir, era el mismo, pero había cambiado. Apenas llegado le hice un entrevista. Aquel flaquito de los buzos de lana escote en V, los pantalones de vigoret y las camisas blancas, había echado terrible lomo. Usaba el pelo mucho más largo, caravanita, chaleco de cuero, jeans de marca y botas. Un look entre rockero y pirata que sería su marca de fábrica a partir de ahí.

Su música también había cambiado. Ahora necesitaba teclados, guitarras y bajos eléctricos, percusión. Se rodeó de músicos jóvenes. Y su show se había convertido en algo musculoso, enérgico y lleno de historias. Un Tom Waits rioplatense, dijo nuestro querido y lamentado Raúl Forlán (tío de Diego) en La Semana de El Día.

Viglietti y Zitarrosa fueron los que tuvieron más problemas para adaptarse a la nueva realidad postdictatorial. Estaban muy acostumbrados a una situación en blanco y negro.

Los grises les costaban más. A Zitarrosa le llevó mucho tiempo poder decir "quiero morir" en una milonga. El propio Alfredo, en su casa de Malvín, una noche me dijo: "No es por creerme nada, pero yo opino que Zitarrosa no le puede decir a la gente que se quiere morir… ¿qué mensaje es ese?".

El Sabalero no tuvo ese problema. Evolucionó, apostó, y con un trabajo conceptual como El Viejo, demostró que estaba genéticamente mejor equipado para el cambio que la mayoría de sus colegas.

El Viejo es una cosa monumental, que todavía está esperando, creo, el reconocimiento y el lugar que merece dentro de la entrañable memoria que nuestra gente guarda del Sabalero.

Esto es lo que tenía para decir.

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