CARLOS RAUSCHERT PAREJA
Cuando música, poesía, danza y narración se conjugan en una obra aproximándose a la perfección estamos tranquilos: hemos ingresado al territorio del Arte. Todas las tradiciones espirituales nos enseñan que, para transitar de un mundo a otro, es necesario contar con la guía de un viejo sabio, universal y místico como éste que apenas conocemos bajo el nombre de Atahualpa Yupanqui. Con él todo comienza y termina en un acto de tradición: entrega al futuro lo que recibió del pasado. Atrás de sus coplas, zambas, bagualas y chacareras, se escuchan los ecos de todas las tradiciones musicales y poéticas que llegan hasta su crisol criollo desde el Siglo de Oro Español. Tanto que -musicalmente- él se parece mucho más al último músico de aquel siglo que al mayor folclorista sudamericano del siglo XX. Jamás tocó para lucirse; ese es el pecado de quienes tocan sin saber para quién o para qué. Hasta hoy, su guitarra sólo suena para que sus paisanos bailen una zamba o una chacarera trunca, o porque sólo así su narrar alcanzará la plenitud y su poesía el máximo poder. Atahualpa es uno de esos seres a los que Mircea Eliade llamó "psicopompo" (conductor de almas). Sin dudas es el más experimentado para conducirnos a todos nosotros, los hijos de Hispanoamérica, por los inmensos territorios culturales y espirituales que aún nos esperan, después de una historia determinada por ese fenómeno tan traumático y doloroso como gozoso y fructífero que fue la conquista.