Bob Herbert, The New York Times
Síganme, dijo el presidente. Y, trágicamente, lo hicimos. Con su ilegítima guerra en Irak, su incapacidad de lanzar todos sus recursos contra la red terrorista Al Qaeda y Osama bin Laden, aunada a su fantasía de usar el poderío militar como una varita mágica para "cambiar el mundo", el presidente George W. Bush ha conducido al pueblo estadounidense hacia un sangriento teatro, casi alucinante, del absurdo.
Cada acto es más desalentador que el anterior. El soldado de primera clase Keith Maupin, secuestrado cerca de Bagdad el 9 de abril, apareció en una transmisión grabada del canal Al Jazeera hace unos días. Estaba bajo la custodia de hombres enmascarados, comprensiblemente asustado.
"Mi nombre es Matthew Maupin", dijo, mirando nerviosamente a la cámara. "Soy un soldado de la Primera División. Estoy casado y tengo un hijo de 10 meses de edad".
El soldado Maupin tiene 20 años y no debería haber sido enviado al horror en llamas de Irak. Ahora, no sabemos cómo sacarlo de ahí.
El mismo día que el soldado Maupin fue secuestrado, la especialista Michelle Witmer, de 20 años, perdió la vida cuando su vehículo fue atacado en Bagdad. Las dos hermanas de Witmer, Charity y Rachel, también estaban sirviendo en Irak. Las tres mujeres formaban parte de la Guardia Nacional.
Las tropas estadounidenses están soportando el período más letal desde que se inició la guerra. Y si bien siguen luchando valerosamente y a veces mueren, están luchando y muriendo en la guerra equivocada.
Este es el colmo del absurdo.
Uno de los detalles que recuerdo de mi época en el servicio militar, hace muchos años ya, era la presencia ubicua de enormes carteles con la frase, en grandes letras mayúsculas: Conoce a Tu Enemigo.
Aquella consigna es una muestra de sabiduría militar que al parecer se le ha escapado a Bush.
Estados Unidos fue atacado el 11 de setiembre de 2001 por la red Al Qaeda, no por Irak.
Todos los estadounidenses y la mayor parte del mundo se habrían unido detrás de Bush para una guerra total en contra de Al Qaeda y su líder Osama bin Laden. Los parientes y amigos de cualquiera de los soldados que perdieran sus vidas en dicho esfuerzo habrían sabido, clara e inequívocamente, por qué habían muerto sus seres amados.
Sin embargo, Bush tenía otras cosas en la mente. Con bin Laden y la alta dirigencia de Al Qaeda aún prófugos, y con Estados Unidos aún sobrecogido por el trauma del 11 de Setiembre, el presidente estadounidense volcó su atención sobre Irak.
Menos de dos meses después de los atentados del 11 de Setiembre, según la versión del periodista Bob Woodward en su nuevo libro, Plan de Ataque, Bush le ordenó al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, que pusiera en marcha la planificación de una guerra contra Irak. Bush insistió en que esto se hiciera con el mayor grado de confidencialidad. El presidente de Estados Unidos ni siquiera informó cabalmente a su asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, ni a su secretario de Estado, Colin Powell, sobre la directiva que dio a Rumsfeld.
A partir de ahí empezó el agotamiento de recursos cruciales para el combate de la nación en contra de su enemigo más encarnizado, la red Al Qaeda.
Según palabras de Woodward, el general Tommy Franks, quien en ese entonces era el director del Mando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y estaba a cargo de la guerra en Afganistán, articuló una retahíla de obscenidades cuando le ordenaron desarrollar un plan para invadir Irak.
Bush podría creer de verdad, como dejó entrever en su rueda de prensa de hace unas semanas, que está llevando a cabo una misión que ha sido aprobada por Dios. No obstante, convirtió el mundo, de hecho, en un lugar menos seguro con su catastrófica decisión de librar una guerra en Irak. Cuando menos 700 soldados y miles de iraquíes inocentes, incluyendo a muchas mujeres y niños, están muertos. No se han revelado las cifras exactas de la cantidad de personas que han sido mutiladas, y aún no se avizora un final de la carnicería.
Mientras tanto, en lugar de acabar por completo con los terroristas, nuestros verdaderos enemigos, los hemos vigorizado. La invasión y ocupación de Irak se ha convertido en un grito de convocatoria para militantes islámicos. El terrorismo al estilo de la red Al Qaeda se está diseminando, no está disminuyendo. Y Osama bin Laden sigue prófugo.
Incluso en el momento en que escribo estas líneas, reporteros del New York Times y otras organizaciones noticiosas publican artículos acerca de infantes de marina que están muriendo en emboscadas y otros actos de desorden y anarquía a lo largo de Irak. Eso no formaba parte del plan. El gobierno de Estados Unidos y sus apologistas propagaron fantasías de un nuevo y fresco amanecer de la libertad, emergiendo en Irak y extendiéndose a lo largo del mundo árabe. Más bien, estamos derramando la sangre de inocentes en una pesadilla de la cual muchos no despertarán jamás.