EL DESENLACE MENOS PLANEADO

El rescate frustrado de los caddies

Una década después de que los caddies que asisten a los golfistas reclamaran formalizar su relación laboral con los clubes, siguen sin tener un marco legal claro. Mientras se espera la sentencia de un litigio millonario, este puesto de trabajo se está extinguiendo.

Foto: Francisco Flores
Foto: Francisco Flores

Cuarenta años después de que Alejandro Ayusto pisara una cancha de golf por primera vez, lo que le queda de este deporte es una cicatriz que le atraviesa el labio, resultado de un pelotazo que le partió el maxilar, cuatro hernias de disco por cargar bolsas con palos, y la esperanza de ganar una demanda laboral que lleva nueve años en el juzgado.

Dejando entrever la sonrisa puntiaguda que, durante el tiempo que fue caddie, le dio el apodo de Tiburón, dice:

—Yo no tenía nada cuando empecé y aún no tengo nada. No tengo planes con este dinero. No me quiero enriquecer. Lo que yo quiero es que se haga justicia.

El Tiburón es uno de los 72 caddies que en 2009 le iniciaron un juicio al Cantegril Country Club para cobrar licencias, salarios vacacionales, horas extras, aguinaldos, antigüedad laboral, descansos intermedios y semanales, y feriados por los años que, según ellos, trabajaron "en negro".

Los abogados Gabriela Fernández y Damián Corvalán —que fue caddie del club durante dos décadas— defienden la existencia de la subordinación debido a que sus representados declaran que recibían órdenes del caddie master (que sí está en planilla) y debían respetar un reglamento bajo riesgo de ser sancionados por incumplimiento (por ejemplo si se faltaba sin aviso o no se vestía la indumentaria establecida). Además, se les exigía que tuvieran el carné de salud al día y exclusividad con el club. Por otra parte, la mayoría ingresaba siendo menor de edad, "lo que de por sí implica una relación de dependencia porque un menor no puede tener una empresa unipersonal", sostiene Fernández.

Como a lo largo de ese tiempo algunos trabajadores, entre otras cosas, sufrieron accidentes —el último herido perdió la vista de un ojo— y no contaban con cobertura médica, también reclaman una compensación por daños y perjuicios.

A su vez, 15 caddies aseguran que tras el juicio el club les quitó beneficios que los socios les daban —un día para jugar, participación en torneos, organización de asados—, y que dio la orden al caddie master de decirles a los jugadores que no había caddies disponibles para propiciar el alquiler de carros. Por esos motivos iniciaron un juicio por despido indirecto.

En el inicio, el valor de la demanda laboral rondaba los $ 413 millones. Al día de hoy, habiendo el club acordado transacciones con más de 20 reclamantes, los 48 caddies que aguardan la sentencia esperan recibir alrededor de $ 500.000 (y puede subir si se prueban otros rubros).

Mientras tanto, el trabajo del caddie se termina. "Antes del juicio éramos 250 caddies trabajando en el Cantegril, hoy quedan menos de 20", dice Corvalán.

La defensa del club no da el brazo a torcer. Entiende que si bien el caddie forma parte del equipo del jugador como un asistente, "es el golfista y no la institución deportiva quien le da instrucciones y quien le paga una tarifa que fijó el propio caddie", aclara el abogado Pablo Baeza. "No es menor que ellos llamen patrones a los jugadores", señala. Según su punto de vista, el club lo que hizo fue "autorizar la entrada a la cancha" y "organizar el servicio". Dice también que "no existían sanciones" sino "reglas de etiqueta que determinaban el derecho de admisión al club". ¿Y los menores? "Si había era porque iban con los padres. No hubo ninguna situación comprobada de que hubiera menores", asegura.

La particular naturaleza del servicio y su dificultad para determinar si se ejerce en relación de dependencia o no, arrastra un largo ida y vuelta jurídico que, debido al paso del tiempo, conllevó que hubiera cinco cambios de jueces. Pero la quietud del caso se sacudió unas semanas atrás cuando el Tribunal de lo Contencioso Administrativo (TCA) anuló la resolución del Banco de Previsión Social (BPS) que obligaba al Cantegril a pagar $ 13 millones de aportes adeudados por los caddies en un período de 10 años.

Aunque esta sentencia corresponde a un juicio paralelo al laboral que llevan adelante los caddies, habrá que ver qué tanto influye en él, puesto que la discusión de fondo es la misma: ¿Hay o no subordinación?

Enrique "Liya" Sanes, uno de los más longevos demandantes, se enteró de esta noticia por la radio. Al día siguiente, cuando fue al Cantegril, donde sigue asistiendo a unos pocos jugadores, el rumor era que el club tenía el juicio laboral ganado. Pero, según le informaron sus abogados, la jueza decidió, al menos por ahora, no considerar esta sentencia como prueba nueva. "Se está anulando un decreto que obligaba a un pago, pero sobreviven otros anteriores que declararon a los caddies dependientes y esos no fueron anulados", alega la doctora Fernández.

Esto les da esperanzas.

Mientras sigue esperando, Liya confía:

—Pienso que la ley decidirá lo que nos merecemos.

Los de al lado.

Ahora, el que muestra las marcas del golf en el cuerpo es José Amaral, "el Brasilero". Extiende una pierna con marcas de pelotas que impactaron contra ella y se pone de pie.

—Si querés reconocer a un caddie miralo caminar. Vas a ver que se tuerce para un costado— explica señalándose el hombro sobre el que coloca, desde hace 45 años, el peso de entre 15 y 30 kilos de la bolsa de palos. En un juego se caminan 14 kilómetros durante cuatro horas. Cuando los tiempos eran buenos, los caddies tenían dos o tres salidas diarias.

—Yo empecé a los 15 años a recoger pelotas en la zona de práctica a cambio de una propina. Casi todos entrábamos al club a esa edad. Después nos llevaban con el caddie master y si pasabas la prueba salías como caddie de tercera, de segunda o de primera, cobrando una tarifa. Llegamos a ser 280 caddies trabajando a fines de 1990 —cuenta.

Cuando se le consulta a Baeza si tantos años de actividad en el club no son señal de dependencia, responde: "¿Por qué el mero hecho del transcurso del tiempo cambiaría la situación que vos en el inicio definiste de una manera?"

Los caddies del Cantegril solían ser vecinos del barrio Kennedy, conformado de forma irregular por los obreros que en la década de 1940 construyeron la cancha donde sus hijos, nietos y bisnietos terminaron trabajando. Allí, ser caddie era una forma de ahorrar para el invierno —cuando se vendían piñas, leña o chatarra— y de soñar con la movilidad social, pasando de ser asistente a profesor de golf.

Cuando los mayores comenzaron a enfermarse y a pensar en una jubilación, y cuando los caddies del Club de Golf del Uruguay y otros caddies de la región vieron que los carritos podrían quitarles el puesto, comenzaron los reclamos.

El estallido fue por el año 2003, pero recién en 2005, con el cambio de gobierno, el BPS inspeccionó al Club de Golf, al Cantegril y al del Cerro. El objetivo era formalizar la tarea de los caddies. Sin embargo, tras una mesa de negociación, en 2007 decidió que podían ser dependientes o independientes. Y fijó una tarifa.

Más de 10 años después, ni los clubes sumaron a los caddies a sus planillas de empleados, ni los caddies pueden solventar los costos de una empresa, ni el BPS planteó otra alternativa.

Todas las partes involucradas en este caso coinciden en que este juicio rompió la armonía y quebró la confianza entre caddies, golfistas y gerentes de los clubes. "No pudimos encontrar algo que nos uniera, porque la mayoría de los caddies lo que quieren es ir a trabajar en un marco de orden y sabiendo que van a recibir un retiro, pero no se encontró aún una solución para la realidad de esta actividad y lo que está sucediendo es que la estamos enterrando", dice Baeza. "El Cantegril no puede engrosar su lista de empleados" —que ya va por 120, cuyos sueldos representan el 70% de los egresos— y además, dice, la dependencia no es competente con las tareas del caddie, "que maneja sus horarios, va cuando quiere y no realiza otras funciones en el club".

El Cantegril permite el ingreso de caddies pero, debido al poco trabajo, son menos de 20 los que continúan yendo a diario. Foto: R. Figueredo
El Cantegril permite el ingreso de caddies pero, debido al poco trabajo, son menos de 20 los que continúan yendo a diario. Foto: R. Figueredo

Antes que se apague.

A falta de reglas claras, los carros eléctricos ganaron terreno sobre la figura de este asistente que además de cargar la bolsa, aconseja al jugador sobre qué palo usar para dar el mejor golpe posible que lo acerque al hoyo. Los caddies que quedan cuentan que de 60 carros que salen, solo uno lleva caddie. Rápidamente, la comunidad se fue disipando. Los que aceptaron transar con el club firmaron un contrato que los desvincula de la institución. Otros decidieron alejarse porque "el caddie master decía que no estaban, y ellos, ubicados en una casilla a una cuadra de la cancha, se pasaban hasta cuatro días sin trabajar", relata la abogada Fernández. Los que todavía asisten se pasean por el estacionamiento a la espera de que llegue algún jugador.

Liya cuenta que "se gana la cuarta parte", y en invierno, con suerte, se llega a los $ 15.000. El costo de la tarifa no se toca desde que empezó el juicio: nadie quiere ser el que fije la nueva por miedo a que incline la balanza de la dependencia de un lado o del otro.

Así y todo, el Cantegril junto al Club de Golf y el Club de Golf del Cerro, son los únicos tres que aún dejan ingresar caddies. El resto se niega. Raúl Pérez, gerente del Golf, cuenta que decidió trasladarles a los jugadores el costo de los aportes únicamente de las horas trabajadas (de la misma forma en que aportan los mozos contratados para eventos, por ejemplo). En el Cantegril y en el Cerro siguen recibiendo el pago de mano de los golfistas sin respetar la tarifa mínima de aproximadamente $ 1.300 que fijó el BPS. Los del Cantegril cobran $ 1.000 por salida. Los del Cerro, $ 700.

En tanto, la fama de Tiger Woods —cuyo caddie llegó a ser el deportista neozelandés mejor pago de su país— y la televisación de los torneos por el cable, dispararon la popularidad del deporte. "Antes habría unos 200 golfistas, pero ahora somos 2.000", estima Pérez. Pero la mayoría de los nuevos son jóvenes y prefieren cargar su bolsa "y que nadie les aconseje cómo jugar". En las canchas se ven las bolsas con palos caminar solas con motores que funcionan a control remoto, o apoyadas en carros de cuatro ruedas cuyo alquiler cuesta entre $ 600 y $ 3.000. Algunos, incluso, miden las distancias con dispositivos sofisticados, que cambiaron la precisión de la vista del caddie por el láser.

—Los que todavía entienden que el caddie es parte del juego son los golfistas más viejos y los profesionales. El problema es que no hay prácticamente profesionales — dice uno de ellos, Eduardo Payovich, que es profesor y no da abasto.

En el Club de Golf había 100 caddies: ahora no llegan a 10. Aunque el golf es más popular que nunca, la figura del caddie está a punto de desaparecer. Y el enorme gris que parece sobrevolar la formalización de su actividad empeora el panorama.

Dejando descansar los brazos sobre cientos de fotocopias de este expediente, Baeza cuenta que en 2007, luego de que el BPS estableciera que un caddie también puede ejercer de forma independiente, solicitó abrir una empresa a uno de ellos. Lee en voz alta la respuesta que un funcionario le dio por escrito cuando a este caddie le dijeron que si trabajaba en un club no podía tener empresa: "Los caddies pueden ser dependientes o no, en función de la relación laboral, pero cuando trabaja en la cancha de un club de golf, en principio es dependiente". "¿Dónde puede trabajar un caddie si no es un club?", plantea entonces el abogado para plasmar la contradicción del BPS.

También advierte que, luego de la sentencia del TCA, "el problema lo tiene el BPS". "Hasta ahora el problema era mío porque yo tenía que estar aportando por los caddies, pero ahora que el TCA dijo que no hay dependencia, ¿quién va a hacer los aportes?". ¿Y qué va pasar si no se les reconoce los años trabajados para la jubilación? Al respecto, el BPS no quiso hacer declaraciones.

La discusión de si un caddie es o no un trabajador dependiente viene desde la década de 1960 (ver recuadro). Baeza propone la creación de una cooperativa de trabajo para contratar los servicios de estos trabajadores "y así evitar que se sigan perdiendo puestos de trabajo".

Por otro lado, los abogados de los caddies están confiados en que sus pruebas de subordinación son firmes, y aspiran a que pasen a integrar el Grupo 20 (que reúne a los empleados de clubes deportivos) y negocien su sueldo en los Consejos de Salarios. "Este juicio va más allá del dinero, se trata de que los reconozcan como trabajadores, de que tengan voz", dice Fernández.

Mientras tanto, los jugadores que extrañan a los caddies y los caddies que extrañan a los jugadores tienen un mismo pensamiento. El golf, dicen, se mueve por la pasión de desafiarse en cada golpe. En la cancha, el caddie y el golfista formaban un buen equipo.

Eduardo Ferreira, conocido como "Cocoa", transó con el club para pagarle una serie de operaciones a su hijo, y por eso ya no puede volver a trabajar. Fue caddie durante 35 años y lo explica así:

—Vos te metés en el juego. Te perdés en él. A mí me hacía bien ser caddie, porque en la cancha de golf no pensaba en nada más que en ganarme a mí mismo.

Crónica de una dependencia laboral que aún no cierra

Hace más de un siglo que hay canchas de golf en Uruguay. Y, desde que hay golf, hay caddies. Lo que no hubo, durante décadas, fue una tarifa fija ni controles del BPS. Hasta 1963. Ese año, una resolución estipuló que no había una relación de subordinación entre el caddie y el club. Luego, en 1987, ante la denuncia de un caddie del Club de Golf, el BPS analizó su caso y resolvió que sí existía dependencia. Según el abogado Baeza, esta resolución no fue general, y por lo tanto el Cantegril no se dio por aludido. A comienzos de los 2000, caddies de distintos clubes realizaron una denuncia ante el BPS, pero recién en 2005 se realizaron las inspecciones. En los años siguientes, los caddies del Golf y del Cantegril iniciaron juicios laborales. Con el primero se llegó a un acuerdo —se reconoció la dependencia y se estableció, a futuro, realizar los aportes mediante un sistema de trabajo eventual—; con el segundo sigue pendiente.

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