NEGOCIO DESPROLIJO

Protectoras de animales plantean prohibir la venta de perros de raza

Unos 200 criaderos de perros de raza están regulados por el Kennel Club. El resto, que son la mayoría, reproduce y comercializa a las crías sin que nadie los controle. Sin inspecciones, ni impuestos, este puede ser un negocio redondo.

Julio Monterroso lleva más de 15 años criando labradores junto a su esposa Ana Pellicer. Ahora tienen 30 perros. Foto: Fernando Ponzetto
Julio Monterroso lleva más de 15 años criando labradores junto a su esposa Ana Pellicer. Ahora tienen 30 perros. Foto: Fernando Ponzetto

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Cuatro cachorros labradores me muerden los zapatos. Tengo, a mis pies, una pequeña fortuna. Son parte de una camada que nació el 21 de marzo y que ya está, desde hace meses, vendida. A unos metros de ellos, en una casilla construida especialmente para atender partos, una camada más pequeña duerme: ellos también ya tienen dueño. En otro canil hay cachorros más grandes, y en otros dos, al aire libre, se ven perros adultos que obedecen a sus amos, Ana Pellicer y Julio Monterroso, cuando les tiran una pelota o intentan que simulen la posición con la que suelen concursar, cada mes, en competencias de estructura y belleza locales y extranjeras.

Los lucen como si fueran sus nietos.

Aquí, en el criadero Labsana, hay 30 perros, pero no se sienten. Ninguno ladra, en cambio corretean por un terreno amplísimo con la lengua para afuera, buscando las caricias del primer humano que se les acerque. Los acaricio sin saber que estoy tocando hocicos con las medidas casi perfectas, según el estándar internacional de la raza. Estoy tocando el resultado de una década de esfuerzos genéticos: la descendencia de perros campeones cruzados con otros perros campeones nacionales y extranjeros, en su mayoría fecundados con semen importado cuyo proceso no vale menos de US$ 4.000. Mingo, Morgan, Juana y Tracy parecen mascotas corrientes, pero traen en su sangre la dicha de ser una muestra más pura y mejorada de su raza.

Esto, la pasión por mejorar una estirpe, Monterroso dice que es amor. Escuchándolo a él y a otros criadores, por momentos da la sensación de que la crianza de perros los hace sentirse una especie de dioses que obran a través de la ciencia.

Cerca de 200 criaderos están registrados en el Kennel Club Uruguayo. Es la única entidad reguladora reconocida por la Federación Cinológica Internacional, y la única en controlar cada paso que dan sus socios cuando crían. A los que están por fuera, que son la mayoría, nadie los controla.

Para emitir el certificado de pedigrí que autentiza la pureza de un cachorro, el Kennel comprueba que sus padres, abuelos y bisabuelos también sean puros. Además, el propietario debe dar aviso de monta, de nacimiento y registrar a los cachorros en plazos determinados. Aleatoriamente, el Kennel realiza inspecciones para corroborar que los criaderos asociados cumplan con el reglamento. Cada tanto recibe denuncias y ha llegado a penalizar, suspender y expulsar socios por incumplimiento, asegura Federico Fleitas, presidente de la Comisión de Cría y ocasional criador de bulldog francés.

Mejorar la raza también puede ser mala idea

“Donde mete el cuchillo el hombre por lo general la embarra”, opina el veterinario Diego Caraballo cuando se le pregunta si la mejora genética de una raza puede tener consecuencias negativas. “Ha pasado mil veces de cambios negativos por selección estética”, dice. Propone buscar fotografías de algunas razas un siglo atrás y ver su estructura actual. Según relata, un caso evidente es el del ovejero alemán, al que criadores quisieron modificarle la cadera generándole displasia, una enfermedad hereditaria. También se habría alterado el temperamento del boxer, que pasó de ser un perro de guardia a un perro de compañía, y se cambió la estructura del hocico de los bull terrier. “Se elige a los ejemplares con determinado tipo de cabeza y se reproduce solo a esos perros para mantener la estructura deseada”, explica. Entre los criadores que gustan de mejorar la raza, la visión es contraria: según su punto de vista es la cruza indiscriminada la que hace que la raza pierda el temperamento original y cambie su fenotipo. Esto estaría sucediendo con el pitbull.

Juan Rivera es abogado. Durante 30 años crió distintas razas de la familia terrier y es juez en competencias. Foto: El País
Juan Rivera es abogado. Durante 30 años crió distintas razas de la familia terrier y es juez en competencias. Foto: El País

Es que cuando uno compra un perro en un criadero profesional, está llevándose una mascota y también una inversión. Los cachorros labradores que se enredan en mis cordones cuestan US$ 800 dólares, y en su precio está incluida la alta probabilidad de haber heredado el temperamento característico de su raza, la capacidad de realizar su función original -aunque nadie caza patos con labradores- y el talento para convertirse en un perro de show. Si esto sucede, si dentro de unos meses triunfan en las pasarelas del éxito canino, quien pagó por ellos se habrá convertido en propietario de un reproductor de lujo, que cobrará su fama en dólares cada vez que sea elegido para dejar descendencia. Algunos de sus hijos, incluso, serán exportados.

En este universo se repite que no existen los perros perfectos. Los criadores, los handlers (entrenadores y expositores de competencias) y los jueces consultados, lanzan en algún momento esta máxima como si fuera un consuelo. Pero también cuentan que si una cría tiene un defecto, por más imperceptible que resulte para un ojo inexperto, no la reproducen. Tampoco la devuelven o regalan, porque por lo general, en el ambiente local, gana el cariño y se la quedan.

Hay también dueños testarudos que optan por el camino de la trampa y llegan a operarles las colas o a implantarles dientes a sus mascotas para que se destaquen en las pistas, porque también están los que las lucen como si fueran una joya.

Un plantel de 30 perros es demasiado grande para un criadero profesional, pero los dueños de Labsana se niegan a deshacerse de los ejemplares que ya no sirven para procrear, como dicen que suelen hacer otros. Juan Rivera, que es juez en exposiciones y durante 30 años crió distintas razas dentro de la familia de los terrier, asegura que este apego sucede en el 99% de los criaderos uruguayos y que esto es parte de lo que convierte a la crianza en una actividad cara. A Labsana, únicamente alimentarlos les cuesta unos US$ 10.000 al año. Por eso los que participan de este informe dicen que las ventas anuales apenas les empatan los gastos. La cría, para los profesionales, si se hace bien, no es un buen negocio.

Pellicer, la dueña de estos 30 labradores junto a Monterroso, lo expresa así:

-Esto nos está saliendo más caro que criar a los cinco hijos que tuvimos.

Sin embargo, la comercialización de perros de raza que crece en la informalidad, la que “hace las cosas mal”, sí puede ser un negocio redondo: pura ganancia, ningún control y cero impuestos, porque esta no es considerada una actividad comercial por la Dirección General Impositiva. Esto podría terminarse si prospera la iniciativa de prohibir la venta de perros de raza, como quieren las protectoras de animales, para reducir la sobrepoblación.

Detrás de la cría de perros hay “amor hacia una raza” y tenacidad para mejorar genéticamente su temperamento y estructura. Foto: Fernando Ponzetto
Detrás de la cría de perros hay “amor hacia una raza” y tenacidad para mejorar genéticamente su temperamento y estructura. Foto: Fernando Ponzetto

El lucro invisible.

La cría de perros de raza en Uruguay se divide en dos: la responsable y regulada por el Kennel, y la comercial sin regular, que está a la vista de todos en las plataformas de venta online. A estos criaderos nadie los inspecciona, ni siquiera la Comisión de Tenencia Responsable y Bienestar Animal (Cotryba), que está bajo la órbita del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP). La línea que las divide es gruesa. Tiene de un lado a los que están comprometidos con la misión de mejorar una raza, al punto de pagar exámenes genéticos para confirmar el ADN de sus ejemplares, y conciben a la venta de las crías como una actividad que forma parte de su pasión, y del otro a los que les importa reproducir “para hacer un billete”.

Los del primer grupo cuentan historias de terror de los del segundo, a los que llaman “las fábricas de perros”. El veterinario Diego Caraballo, activista por los derechos de los animales, atiende el teléfono mientras opera a un bull terrier destrozado luego de haber sido usado para pelear. “Criadores informales hubo siempre”, dice, “ya perdí la cuenta del tiempo que llevamos pidiendo que se regule la actividad”. Según él, el propio mercado negro que crece en internet se alimenta del robo de perros para reproducirlos. Entre los más robados está el pitbull, usado para peleas (4% de los perros de raza de nuestro país), y el bulldog francés, porque está de moda.

No se entra fácilmente a un criadero informal. Caraballo dice que, a pesar de que reciben denuncias, las protectoras no tienen herramientas legales para hacerlo. Hay perros a la venta en Facebook, Instagram, Mercado Libre.

En esta última plataforma, los vendedores contactados aceptaron entregar las crías vacunadas a los 30 o 40 días cuando debería ser a los 60, porque antes no tienen inmunidad para protegerse de enfermedades mortales. Ninguno de los consultados tenía a los cachorros registrados en el Kennel, y uno de ellos incrementó el precio en $ 20.000 como condición para hacerlo. Con excepción de un criadero, el resto ofreció una segunda camada próxima a nacer: uno exigió cobrar el 40% del precio como reserva. “Van a nacer en agosto, pero ya están casi todos vendidos”, dijo.

De estos lugares, también se escuchan cosas así: perras reproductoras a edades no permitidas (se habilita a partir del segundo o tercer celo, y hasta los ocho años y medio); perras asesinadas cuando ya no sirven; perras atadas y escuálidas pariendo en cada celo (cuando deben descansar un año); ejemplares a la venta en ferias y pet shops (el Kennel no autoriza la venta a estos intermediarios); cachorros traídos desde Brasil en camiones; cachorros hijos de cruzas entre parentescos prohibidos (hermanos y padres e hijos). Esto deteriora la calidad genética provocando malos caracteres y alterando el fenotipo.

Ellos, dice Laura Bruno, criadora de cimarrones, chihuahuas y beagles con 25 años de experiencia, “son los culpables de tantos perros mordedores”: 1.641 denuncias recibió en los últimos dos años la Cotryba. “Los cruzaperros están deformando las razas en su temperamento y en su aspecto”, y por eso se ven rottweilers que son flacos como dobermans, bulldogs franceses altos y chihuahuas gordos.

Mejorar la raza también puede ser mala idea

“Donde mete el cuchillo el hombre por lo general la embarra”, opina el veterinario Diego Caraballo cuando se le pregunta si la mejora genética de una raza puede tener consecuencias negativas. “Ha pasado mil veces de cambios negativos por selección estética”, dice. Propone buscar fotografías de algunas razas un siglo atrás y ver su estructura actual. Según relata, un caso evidente es el del ovejero alemán, al que criadores quisieron modificarle la cadera generándole displasia, una enfermedad hereditaria. También se habría alterado el temperamento del boxer, que pasó de ser un perro de guardia a un perro de compañía, y se cambió la estructura del hocico de los bull terrier. “Se elige a los ejemplares con determinado tipo de cabeza y se reproduce solo a esos perros para mantener la estructura deseada”, explica. Entre los criadores que gustan de mejorar la raza, la visión es contraria: según su punto de vista es la cruza indiscriminada la que hace que la raza pierda el temperamento original y cambie su fenotipo. Esto estaría sucediendo con el pitbull.

La segunda máxima más repetida en este ambiente es que cuando una raza se pone de moda, la que más sufre es la raza. Y si son perros pequeños, peor aún, porque estos son los más fáciles de reproducir en un hogar. Laura Fasini, criadora de caniches y experta en peluquería canina, cansada de que criaderos “truchos” rastrearan a los perros que vendía para cruzarlos y empezar así negocios domésticos, decidió vender exclusivamente para el exterior y castrar a las crías. Se las compran por US$ 1.500 y hasta por US$ 2.500. Suele tener más clientes que ejemplares.

El caniche es la raza más vendida. Laura Fasini exporta crías castradas. Foto: Valentina Nallem
El caniche es la raza más vendida. Laura Fasini exporta crías castradas. Foto: Valentina Nallem

La cinofilia charrúa avanza “a impulso de moda”, señala Luján Orsi, secretaria del Kennel. La película La máscara puso de moda a los jack russell terrier, Disney a los dálmatas, la marca Hush Puppies a los basset hound, pero collies ya casi nadie cría: Lassie, alejada de la pantalla, está dejando de existir en Uruguay. El caniche es la raza más popular -11% de las ventas según información de Cotryba-, junto al chihuahua (US$ 730 la hembra, US$ 430 el macho de acuerdo a un promedio de precios relevados de Mercado Libre), el bulldog inglés (US$ 1.200 la hembra, US$ 1.000 el macho), el bulldog francés (US$ 730 y US$ 550) y el pug (US$ 730 y US$ 550).

La oportunidad atrae a los amateurs, que, en algunos casos, luego prácticamente subastan a los perros en internet a clientes que compran sin fijarse en las condiciones en que crecieron esos cachorros, ni el estado sanitario de sus padres. En conversaciones con algunos criaderos de Mercado Libre, plantearon “pronta entrega” a domicilio, o en un punto de encuentro, o en el estacionamiento de un shopping.

-Es de ellos que hay que sospechar -dice la criadora Bruno, que está a punto de abandonar la actividad, harta de recibir insultos de desconocidos que la acusan de vivir de los animales y de explotarlos para no salir a trabajar.

Tal como ella lo ve, “los que hacen las cosas bien son los que están más expuestos”, y son quienes pagan por “los que ven en esto un negocio sin pérdidas”. A ellos, por ahora, nadie los observa.

Julio Pintos, el gerente de Cotryba, dice que sabe que existen criaderos irregulares pero, como no han recibido denuncias, ni han realizado inspecciones, no tiene pruebas para asegurar que allí se estén dando casos de explotación. Aunque la ley de Protección, Bienestar y Tenencia de Animales mandató a esta comisión en 2009 a crear un Registro de Prestadores de Servicios para Animales, definir normas y regular el funcionamiento de estos servicios, esta tarea todavía está en el debe.

Para verlos mejor.

Como nunca hubo tantos perros en nuestro país, nunca se gastó tanto en ellos como hoy. Según una encuesta que encargó Cotryba, hay 1.752.000 canes en domicilios. Si bien no se sabe cuántos son los callejeros, Pintos cree que la cantidad de “vagabundos y errantes” no constituye un problema: la mayor parte son mascotas perdidas de dueños irresponsables; “ellos son los protagonistas de la mayoría de las denuncias”, dice.

Las protectoras de animales están en desacuerdo con esta lectura. Juan Echeverría, de Animales Sin Hogar, plantea que los más de 1.000 perros que tienen en refugios les impiden trabajar en casos urgentes, como deberían. “Esta sobrepoblación la terminan pagando los ciudadanos que tienen siete mascotas en sus hogares en lugar de una, como les gustaría”, agrega. Tal y como él lo ve, Cotryba debería convertirse en un Instituto de Bienestar Animal -así lo han propuesto también diversos proyectos de ley de casi todos los partidos políticos-, y la venta de animales de raza debería prohibirse durante un tiempo, hasta reducir la cantidad de perros. Esto es lo que han hecho distintas ciudades de Europa y Asia.

Juan Echeverría
Juan Echeverría entre animales rescatados. Foto: Fernando Ponzetto.

Con la primera propuesta, Pintos está de acuerdo. Cree que la conversión en instituto es coherente con la evolución de una política que logró que los uruguayos reconozcan que la sobrepoblación es un problema y que discutan en torno a la tenencia responsable. Un instituto permitiría mayor independencia, nuevas competencias, y saldar la vieja deuda de incorporar a las veterinarias y a las organizaciones civiles en la gestión. Se podría prever un sistema de salud público para las mascotas. Y como un instituto necesita financiarse, este gerente considera que el panorama actual, donde se mueven al menos US$ 100 millones por año en importación de alimentos, permitiría una recaudación.

Con la segunda propuesta, la de prohibir la venta de perros de raza, Pintos no coincide. Tampoco considera que sea momento de gravar la actividad. Sí anuncia que en las próximas semanas Cotryba cumplirá con la creación del Registro de Prestadores de Servicios como indica la ley. Esto les permitirá conocer de qué hablamos cuando hablamos de criaderos. En el registro deberán inscribirse de forma obligatoria todos los que pretendan comercializar crías. Y de esa manera, confía, “se empezará a tener un control acerca de cuántos establecimientos de este tipo hay, se podrán inspeccionar y saber de quién es cada perro”. El Registro Nacional de Perros de Compañía, que pretendía colocarles microchip al más de millón y medio de perros con dueño, logró identificar a apenas 10.500 ejemplares desde que fue inaugurado en 2017.

Son demasiado pocos.

Entre ellos están los nacidos bajo la órbita del Kennel, que los solía identificar con un tatuaje y ahora se pasó al microchip. Están los 150 que cada mes son presentados en competencias locales y otras de Argentina, Brasil, Estados Unidos. Ellos son revisados por un veterinario del MGAP.

En la pista, serán los dueños o un handler -hay entre 10 y 12 profesionales- quienes sacarán lo mejor del ejemplar para convencer al juez de que el suyo es el mejor de su candidatura. Nelson Ferreyro, adiestrador y handler desde hace 40 años, visita cada semana a los labradores de Labsana para entrenarlos. Él sabe, con solo verlos moverse, cuál de los cachorros que me caminan por los pies heredará el talento para triunfar en un show. Trabaja con un equipo de cinco asistentes, entre los que hay dos peluqueros. Es que este es un hobby donde cada detalle cuenta y hay trucos para ocultar los defectos. “El mejor de ellos es el pelo”, dice Laura Abelenda, criadora de pastores ingleses y expositora de Carlota René (importada de Italia) y Walter Eduardo (de Brasil), a los que cepilla con peines de US$ 13 y baña con champús más caros que los de ella.

Impulsan competencias de grooming. En la pista, uno de los perros de Laura Abelenda, llamado Walter Eduardo. Foto: El País
Impulsan competencias de grooming. En la pista, uno de los perros de Laura Abelenda, llamado Walter Eduardo. Foto: El País

Como perros perfectos no existen, la mejor manera de acercarlos al ideal es “dibujarlos con la tijera”, suelta la estilista Fasini. “El peinado pesa un 50% en la decisión del juez”, opina. Por eso, ahora, la cinofilia local quiere dar sus primeros pasos en las competencias de grooming, en las que se juzga solo la estética del ejemplar. Algunas mascotas pasan cinco horas siendo acicaladas antes de llegar a la pista. El problema es que para que prosperen hace falta coraje, perderle el miedo al ridículo y, se sabe, nada tiene más seriedad para un criador que perfeccionar la sangre que corre por las venas de su mejor amigo.

Al cimarrón le llevó décadas ser una raza reconocida

Desde el 2017, y tras varias décadas de insistencia, Uruguay logró ser el dueño del estándar de las medidas del cimarrón, reconocida ese año como una raza por la Federación Cinológica Internacional. Desde entonces pasó a integrar el grupo dos, que reúne a los perros de guardia, junto al doberman, los distintos tipos de dogo y el bulldog inglés, entre varios otros. Hasta ese momento, cada vez que participaba de una competencia de belleza y estructura, el cimarrón se incluía en el grupo 11, que es donde van a parar todas las razas que no son reconocidas internacionalmente. El cimarrón es una de las razas más populares en nuestro país (5% del total de perros). “Reconocer una raza es un proceso de muchísimos años durante el cual la institución tiene que trabajar para demostrar que cumple con una serie de requisitos”, explica Virginia Surroca, secretaria del Kennel Club Uruguayo. Por eso, desde la década de 1960 los cimarrones pertenecientes a varias familias criadoras se mostraron en exposiciones, ya que una de las exigencias es que existan varios criadores. “Fue obra de un grupo de gente muy entusiasta que se dedicó a promocionar la raza”, cuenta el juez y criador Juan Rivera. Al tener la última palabra de las medidas estándar, si se requiere una modificación, se debe hacer un estudio con consultores internacionales. Algo de esto sucedió cuando surgió el problema de que, mientras que en Uruguay se les cortaba las orejas y la cola, en Europa no existía esa costumbre. “Hoy los cimarrones se crían en Austria, Hungría, Francia, Alemania y Suecia”, dice Rivera.

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