La reina de los monos

| La investigadora británica que acaba de ganar el premio Príncipe de Asturias explica que los chimpancés son seres muy complejos, capaces incluso de fabricar herramientas.

Marielba Nuñez, El Nacional de Caracas. Grupo de Diarios América

Era una muchacha de sólo 26 años, típicamente británica, blanca y delgada, con el lacio cabello rubio recogido en una simple cola de caballo. Bajo aquel aspecto frágil, nadie podía intuir la fuerza de voluntad de quien sería reconocida unas décadas después como una de las más prestigiosas estudiosas de la naturaleza en el mundo entero.

Jane Goodall había llegado en 1960 a la localidad de Gombe, a orillas del lago Tanganika, en Tanzania, sin formación universitaria, únicamente con una "preparación secretarial y pasión por los animales" —como ella misma lo reconoció en un relato escrito para National Geographic—, pero con una misión: hacer que los chimpancés que vivían en ese hábitat la aceptaran para infiltrarse entre ellos, observar sus conductas y documentar cada detalle de lo que veía.

Aquella oferta de trabajo inusual le había llegado, en Kenia, de manos del reconocido antropólogo Louis Leakey, el mismo investigador que, con ojo clínico, reclutó a las otras dos mujeres que lograron, a través de su tenaz trabajo de años, que los seres humanos miraran de otra forma a los primates. Una de ellas fue Dian Fossey, la investigadora estadounidense que se apasionó por los gorilas de las montañas de Ruanda y cuya vida inusual y trágico fin fueron retratados en la película de 1988, Gorilas en la niebla. La tercera integrante de ese grupo es quizás, la menos conocida, la canadiense Biruté Galdikas, quien se especializó en la observación de los orangutanes en las selvas de Borneo, Indonesia.

En la época en que Goodall comenzó su trabajo "sabíamos muy poco sobre esas criaturas", reconoce la experta. "Alguna vez considerados simples y pacíficos vegetarianos, los chimpancés resultaron ser cazadores poderosos e inteligentes, con personalidades y emociones complejas: seres capaces de comunicación, altruismo, alianzas políticas, infanticidio, contiendas y la manufactura de herramientas".

Este último hallazgo fue uno de los más apasionantes del trabajo de la británica, porque hasta entonces se pensaba que sólo los seres humanos habían podido desarrollar esa habilidad. Para arribar a la evidencia de que los chimpancés manejaban hasta nueve instrumentos rudimentarios y que transmitían esa información de una generación a otra, la joven Jane había acumulado largas horas de observación, a partir de una metodología casi intuitiva.

Desde la infancia

Goodall nació en Londres, en 1934. Su biografía, publicada en la página web del instituto de investigación que lleva su nombre (www.janegoodall.org), da cuenta de un detalle: cuando tenía 2 años su padre le regaló un chimpancé de peluche, que ella convirtió en uno de sus juguetes favoritos. A los 11 años soñaba con irse a vivir con los animales de las selvas africanas, fantasía alimentada a punta de leer El Libro de la Selva o las historietas de Tarzán.

Su historia oficial también cuenta que, mientras estudiaba en una academia para la formación de secretarias, una amiga la invitó a Kenia, un viaje que pagó con el dinero que reunió trabajando como moza. Audaz, pidió una cita con Leakey, que quedó tan impresionado por el interés de aquella mujer por África y por la vida de los animales salvajes, que la invitó a formar parte de su equipo de investigación. Luego de meses de trabajo en las excavaciones paleontológicas, surgió la oportunidad que le cambió la vida a Goodall.

En principio, las autoridades británicas, que entonces todavía tenían dominio sobre Tanzania, se opusieron a que una mujer sola se quedara en la selva, pero cedieron cuando la madre de la científica se ofreció a acompañarla durante varios meses. Pero los chimpancés huían de la presencia de la joven, quien durante 18 meses intentó infructuosamente acercarse a ellos. En esos meses tuvo que conformarse con observarlos a través de binoculares.

Sin embargo, su perseverancia fue recompensada cuando los animales, lentamente, fueron acostumbrándose a su discreta y silenciosa presencia. Su afinidad con los primates era evidente hasta en su forma de identificarlos con apelativos que parecían extraídos de cuentos para niños.

"Ignorante de los prejuicios científicos de aquella etapa —contó en un relato publicado en 2002—, le di nombres a los chimpancés y describí sus personalidades en términos humanos, una práctica que atrajo una condena mordaz por parte de algunos científicos. Creía que tener un cierto grado de empatía con mis sujetos podría ayudarme a detectar ligeros cambios en su estado de ánimo o en sus actitudes, y ofrecerme una mayor comprensión de sus complejos procesos sociales. Creo que el tiempo me ha dado la razón".

Uno de los primeros ejemplares que aceptó a Goodall fue el macho que ella bautizó David Barbagrís. Fue él a quien ella vio usar un tallo de hierba con el fin de pescar termitas para comérselas, una observación tan asombrosa que llevó al propio Leakey a afirmar que "ahora debemos redefinir al hombre, redefinir la herramienta o aceptar a los chimpancés como humanos". Goodall también documentó una larga "guerra civil" entre dos grupos de chimpancés, que sólo acabó tras la desaparición de los integrantes de uno de los bandos.

A favor de los simios

Hace 40 años, la conciencia conservacionista estaba en pañales. Goodall, que se doctoró en 1965 en etología en Cambridge, al cabo de poco tiempo dejó de lado la investigación de campo para concentrarse en la defensa de los chimpancés, una tarea a la que desde entonces dedicó su vida y para la que ha utilizado su indudable carisma y algunas dotes histriónicas. Su aprendizaje, intelectual y espiritual, lo ha volcado en libros como A la sombra del hombre y Razones para la esperanza.

En el Centro de Investigación Gombe Stream, donde realizó sus primeras observaciones, otros investigadores continúan la tarea que ella comenzó. Sin embargo, aún le sigue la pista a algunos de los primeros chimpancés que conoció hace cuatro décadas y sigue haciendo descubrimientos que todavía despiertan curiosidad, como el que registró el año pasado: Fifí, la única chimpancé sobreviviente del grupo que ella documentó en la década del 60, "parió su novena cría a la edad de 44 años".

De los chimpancés, señaló en una visita que realizó al Museo de Ciencias de Barcelona, en el año 2000, que reseñó el El País de Madrid, "hemos aprendido que no sólo son capaces de transmitir una forma de cultura, sino que también tienen emociones y una gran capacidad de aprendizaje. Los humanos no somos los únicos que tenemos emociones ni mentes racionales. Sin embargo, las condiciones son cada vez más adversas para esa especie".

Cuando la experta comenzó sus primeras observaciones, se calculaba que existían alrededor de un millón de chimpancés. Actualmente, se cree que sólo quedan 150.000. La explotación de la madera de los bosques tropicales, que ha reducido el hábitat natural, y la comercialización de la carne de los simios los ha convertido en seres perseguidos y raros. Los últimos resultados de las comparaciones entre el ADN de los chimpancés y el de los humanos, le da cada vez más la razón a las apreciaciones que hizo la investigadora cuatro décadas atrás, cuando aún no poseía un grado académico.

De hecho, una investigación publicada el 21 de mayo en la revista Proceedings of the National Academy of Science dio cuenta de un estudio de la Universidad Wayne State, de Detroit, que revelaba que los códigos genéticos de ambas especies eran iguales en 99,4%. Sólo un día después, el jurado del Premio Príncipe de Asturias anunciaba que había decidido reconocer la trayectoria de la naturalista y destacó la trascendencia de su trabajo, precisamente porque sus estudios sobre los chimpancés han servido "para comprender las raíces del comportamiento humano".

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