Faluya, capital del horror

| La guerra nunca terminó en la ciudad de Irak más castigada por los ataques de Estados Unidos.

Luis Prados, Guillermo Altares, El País de Madrid

La guerra nunca acabó en Faluya. Esta ciudad de Irak, situada a unos sesenta kilómetros al oeste de Bagdad, se ha convertido en símbolo de la resistencia sunita a la ocupación estadounidense, y en capital del terror.

La carretera que parte Faluya por la mitad simbolizaba lo que fue esta ciudad sunita antes de su destrucción durante la ofensiva estadounidense del pasado noviembre: en su principio, cerca del nudo de comunicaciones que enlaza con la autopista que une Bagdad y Ammán, había muchos talleres mecánicos y descampados donde aparcaban los camiones; más allá proliferaban los restaurantes populares y los cafés.

Luego la carretera número 10 era engullida por la urbe laberíntica de casas bajas construidas entre el desierto y el río Éufrates. En la calle principal estaba el Ayuntamiento, que servía también de sede para las reuniones de los líderes tribales, y el principal cuartel estadounidense, un Fort Apache forrado de alambradas.

Esta población dormitorio de más de 200.000 habitantes y gobernada por tribus favorecidas por su fidelidad al régimen de Saddam Hussein, no se levantó en armas contra el invasor en un primer momento. Tampoco se libraron grandes combates en sus alrededores. Cayeron bombas, por supuesto, muchos almacenes fueron destruidos y hubo saqueos, pero no oposición armada. Los problemas empezaron pocas semanas después de la caída del dictador, en abril de 2003, y una vez que se instalaron tropas de Estados Unidos.

Los registros de casas con perros —un animal impuro en el islam—, los cacheos de mujeres, la utilización de gafas de visión nocturna, con las que, según muchos vecinos, los soldados podían ver a su mujeres desnudas, los allanamientos de madrugada con rock a todo volumen y la desaparición de los detenidos durante las redadas en busca de armas fueron inquietando a una población donde los códigos de honor tribales seguían vigentes.

Los jefes de las tribus Al Yumaila, Al Duleymi, Al Alwaisi y otras, firmaron un acuerdo con los jefes militares estadounidenses para que los soldados se retirasen de la ciudad, concretamente al campo de Al Sadanie, a unos cinco kilómetros del centro urbano. Pero los registros y las redadas continuaron y el 28 de abril miles de faluyenses marcharon en manifestación contra el improvisado cuartel estadounidense. A los gritos de protesta y el lanzamiento de piedras siguió el ametrallamiento de la multitud por los soldados.

Dieciocho vecinos murieron y 75 resultaron heridos. Había empezado la batalla de Faluya.

Pocas semanas después, las deterioradas fachadas de las principales avenidas de la ciudad se llenaron de pintadas: "Alá bendiga a los muyahidín (combatientes)", "Faluya, símbolo de la yihad (guerra santa)", "Seguidores del profeta, vengaros de América", "Resistid a los invasores" e incluso "No hay paz sin la presencia de Saddam". Los soldados estadounidenses seguían patrullando en sus vehículos humvees y en blindados las polvorientas calles, muchas sin asfaltar, odiados por una población que en un par de meses había sido condenada al paro y que había vuelto a la vieja tradición del contrabando —esta vez, entre otras muchas cosas, la importación de coches de Siria y Jordania— para subsistir.

La proximidad de Faluya a la autopista de Jordania es una de las principales características de la zona desde tiempos inmemoriales (a principios del siglo XX sólo había dos carreteras en Irak y una de ellas pasaba ya por allí) y la fuente de un viejo negocio: el contrabando y el bandidaje. En los primeros meses inmediatamente posteriores a la invasión, antes de que se generalizasen los ataques y mucho antes de los secuestros de occidentales, había una regla de oro para viajar de Bagdad a Jordania: salir de madrugada de la frontera y cruzar de día y en convoy, a toda velocidad (180 kilómetros por hora) y sin detenerse bajo ningún concepto, el tramo de 50 kilómetros entre Ramadi y Faluya, donde los asaltos eran muy frecuentes.

Incluso en los tiempos del embargo esa zona era considerada peligrosa para los comerciantes, en su mayoría árabes, que hacían negocios en Irak. Ahora, esa carretera dominada desde siempre por las tribus sunitas de Faluya y Ramadi, es un territorio prohibido, una ruta cerrada.

La ciudad, por tanto, reunía las condiciones y la tradición, en un país en el que había desaparecido el Estado, para organizar la resistencia, y los ataques a las tropas estadounidenses no tardaron en empezar. En sus cafés y en sus numerosos mezquitas —55 construidas y 25 más levantándose— eran patentes la tensión, la sospecha ante posibles delatores y sobre todo la determinación de sus vecinos para lograr la expulsión de los soldados extranjeros.

La oración de los viernes en las mezquitas no dejaba lugar a dudas: "Estamos ante una prueba. La vida es una prueba para el creyente. Después de ella, será respetado o insultado", decía uno de los oradores. "Tenemos que formar una columna contra los agresores. Alá, ayúdanos a liberar nuestro país de las manos de los judíos y los estadounidenses", clamaba otro.

Ante el incremento de los ataques contra los soldados de Estados Unidos y la cadena imparable de atentados terroristas, los estadounidenses empezaron a considerar a Faluya como el principal centro de reunión de la yihad internacional. Islamistas radicales venidos de Arabia Saudita, Yemen, Siria, Jordania, etcétera, aseguraban, eran los responsables de la violencia.

En junio de 2003 el sargento Estévez, un veinteañero de Nueva York, de la III División de Infantería, reconocía, exhausto tras una patrulla, que había "gente de Irán y Siria" que los atacaba. A las dudas que suscitaban sus conocimientos geográficos seguían las "pruebas", según él, halladas en algunos cadáveres y detenidos: "Tatuajes de fedayines".

El alcalde de Faluya en ese momento, de efímera vida política —y puede que física también—, Taha Hamid Beduí, se limitaba a declarar: "Había árabes extranjeros antes de la guerra y siguen aquí, pero no puedo decir si disparan contra los estadounidenses". Más concreta era la presencia en la ciudad de wahabitas (que siguen la interpretación más rigurosa del islam sunita, impulsada desde Arabia Saudita), a los que la población local distinguía por su barba larga y por usar un bonete blanco.

Igual de vagas eran las respuestas sobre la participación de antiguos partidarios de Saddam en lo que ya había empezado a llamarse resistencia o insurgencia iraquí y de la cual Faluya era su epicentro. Algunos aseguran que Faluya era más fiel a Saddam que su propia ciudad natal, Tikrit.

Pero también es verdad que Faluya había sido desde los años noventa o incluso antes, un centro wahabita y este tradicionalismo a ultranza podía verse en sus calles, por las que circulaban muy pocas mujeres, y todas tapadas, y hombres vestidos en su mayoría con ropas tradicionales. El hecho de que antiguos miembros del Baaz (el partido de Saddam Hussein), nostálgicos del régimen, líderes tribales sunitas, combatientes extranjeros, fanáticos próximos a Al Qaeda, partidarios de Abu Musab al Zarqaui y wahabitas escogiesen Faluya como centro de operaciones demuestra los extraños lazos que la insurgencia contra Estados Unidos ha soldado en Irak.

Mientras se sucedían los diferentes cuerpos del ejército estadounidense, desde soldados de caballería hasta los marines, y fracasaban una tras otra las negociaciones con los líderes tribales, la ciudad se iba convirtiendo en el centro de la resistencia, en una retaguardia cada vez más segura para retener a secuestrados, organizar comandos y preparar coches bomba. Pero el asesinato, linchamiento y mutilación de cuatro agentes de seguridad estadounidenses, y la exposición pública de sus cadáveres transmitida por la televisión de medio mundo el 30 de marzo de 2004, hicieron la situación insostenible para la Casa Blanca.

La primera ofensiva de abril se cerró en falso, cuando a principios de mayo, estadounidenses y líderes tribales acordaron dejar la ciudad en manos de una brigada de soldados iraquíes, al mando de un antiguo general de Saddam, que tardó apenas unos días en disolverse o en pasarse a la insurgencia.

Faluya, donde para entonces regía la sharia o ley islámica y era gobernada por una extraña alianza de clérigos sunitas y los hombres de Zarqaui, volvió a quedar fuera de control de Bagdad hasta la ofensiva de noviembre, durante la que ocurrió lo que los militares y políticos de Estados Unidos habían tratado de evitar durante meses: la destrucción de una ciudad.

Ahora en Faluya no quedan resistentes; pero tampoco casas ni apenas habitantes, que huyeron en masa antes de la ofensiva. Ochenta marines y al menos 1.600 iraquíes murieron durante el ataque, según cifras de Washington.

Hasta ahora, unas 8.000 personas han vuelto al único barrio al que se permite el regreso, Al Andalus.

Aunque de forma esporádica, los combates continúan entre las ruinas. La batalla de Faluya no ha terminado. ©

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