DE LA PENA DE MUERTE A LA REPATRIACIÓN

Diez años vacíos en China y un final absurdo para Hilda Provenzano, la mula uruguaya 

Cayó presa en 2009 en China por transportar 2,5 kilos de cocaína. Zafó de la pena de muerte, luego de la cadena perpetua, y en enero, tras largas gestiones oficiales, Hilda Provenzano fue repatriada a Uruguay. Sin embargo, semejante periplo tiene un final absurdo.

Droga

"Hay errores que se pagan con la vida misma”, escribe Hilda. Veinte mil kilómetros la separan de esa vida. Cuántos años, no lo sabe. Es 27 de octubre de 2010, en Beijing hace algo de frío pero en el centro de detención número uno el aire quieto de la celda, al respirar, congela por dentro.

Piensa en ellos: Viky, su hija; María, Joselo, Yhona, Valentina, sus nietos. Se le acalambran las manos, las piernas, el pecho. Se tapa con una guata enfundada y escribe: “Si el frío me cala hasta los huesos, el dolor, la angustia, me traspasan el alma”.

Siempre había sospechado que las cárceles serían un mundo aparte, pero la prisión en China, dice, va mucho más allá de lo imaginable. Entre sus compañeros observa cómo los africanos resisten más. Son más corpulentos y fríos en sus sentimientos, piensa. Ella, que lleva 22 meses presa y enfrenta una condena de reclusión perpetua por tráfico de drogas, no sabe si sigue a pura fuerza de voluntad o porque no tiene opción. “Realmente ni yo misma soy capaz de comprender cómo puedo resistir tanto”.

Hilda está cansada de vivir y cansada de escribir en su diario lo cansada que está, pero se perdona a sí misma: es la única forma que tiene de desahogarse. Y le explica a un eventual lector -que podría no haber llegado nunca- que se apoya en la escritura porque no tiene con quién hablar. No solo por el idioma, también porque “a nadie le importaría”. Dice: “Cada quien tiene lo suyo”.

Entonces le viene a la mente el rostro de Virginia, su hija Viki, que en ese momento roza los 30 años y cría sola a cuatro niños y adolescentes trabajando en una pescadería de día y en una whiskería de noche. Viki “goza de su libertad, pero está presa de la situación en la que vive”.

Se agudizan sus dolores. El cuerpo se pone gélido. Una vez más, intenta expresar el padecimiento diario de bañarse cada noche durante 10 minutos con agua helada. Siente frío cuando duerme, siente frío cuando trabaja. Dentro de poco empezará a nevar en Beijing y ya lamenta lo que sufrirá cuando deba ir a palear al patio. Escribe: “Si no tuve suerte en mi vida fuera, no puedo tenerla en prisión”.

A Hilda le dicen que sus dolores se explican por sus 53 años y el sobrepeso que arrastra. No hay diagnósticos, no hay medicinas, y tampoco hay tiempo de descansar. Sí hay tres horas diarias de instrucción militar, duros castigos para los desviados de las normas, clases obligatorias de chino e inglés, ocho horas de trabajo -a ella le toca confeccionar sillas o cepillar palos de bambú- y rigurosas jornadas de limpieza.

Pero a veces, cuando por algún motivo le quedan unos minutos libres, se asoma a la ventana y observa los muros, los cables eléctricos, y unos árboles más atrás. En los árboles hay pájaros de distintas formas y tamaños. Los describe. Se traslada en su mente a los pinos de su casa en La Paz, el mate a la sombra, y los pájaros. “Aquí está prohibido llorar. Acá hay que estar ‘very happy’”, escribe entonces.

“Nadie está en mi interior y sabe lo mal que me siento, que por momentos deseo que Dios no me dejara despertar. Quizás sea un deseo egoísta, pero estoy muy cansada y lo único que me mantiene en pie es la esperanza de partir”.

Un día hay movimientos en la cárcel y le asignan otra celda. Desde su nueva posición no ve pájaros, pero sí logra divisar el portón de entrada: “el que será el de mi salida cuando todo esto termine”.

Salir adelante. 

Hilda Provenzano nació en Montevideo el 5 de marzo de 1958. Siendo niña, su madre contrajo tuberculosis y por eso las separaron. Pasó un año en un hogar del Iname hasta que una mujer llamada María Angélica la adoptó, pero no la trataba bien. Siendo adolescente, Hilda solía escaparse de su casa y volver al tiempo. En una de esas huidas quedó embarazada y tuvo a su primer hijo. Tenía 15 años. A los dos años tuvo a otro varón, hijo de otro hombre. Tres años después, nació Virginia. Ninguno de los tres padres colaboró con la crianza.

Vivieron su infancia con María Angélica. Hilda se prostituía. Virginia sufría palizas y abusos del marido de su abuela adoptiva. La vida quiso que la hija repitiera la historia de la madre y Virginia, con 12 años, se escapó, volvió, se embarazó.

Y por las vueltas de la vida, también, Hilda fue perdiendo contacto con sus hijos varones. Uno de ellos vive en España hace 15 años; con el otro, dejó de hablar.

Los 50 la encontraron a Hilda desempleada. Había sido policía -fue destituida por hacerse un aborto clandestino-, había trabajado en Fripur, y por años se había desempeñado en residenciales de ancianos. Pero en el año 2009 se había quedado sin nada y pasaba sus días cuidando a sus nietos, los cuatro hijos de Virginia. Se angustiaba por no poder contribuir al hogar que juntas habían levantado en La Paz. Jugaba lo que no tenía en el casino. Y en ese estado conoció a Jorge.

Jorge era un hombre de unos 50 años que frecuentaba la whiskería en la que trabajaba su hija, en Instrucciones y Mendoza. Solía ir con una pareja, un hombre y una mujer, de unos 30 años ambos. Exhibían mucha plata, generalmente dólares. Consumían cocaína y les ofrecían a las prostitutas. Como Virginia no quería, a ella se le acercaban con dulces más atractivos: le giraban plata. Primero 1.000 pesos, después 1.500, hasta 2.000. Solo en un mes le giraron 10 veces. Le pidieron su teléfono, supuestamente para estar en contacto por eventuales apuros con los niños. Como no tenía, les dio el de Hilda.

Y a Hilda la empezaron a llamar, siempre a eso de las 10 de la noche, mientras Virginia trabajaba. “¿Cómo está, señora? ¿Precisa algo? ¿Cómo están sus nietos?”. Así por un par de semanas. Hasta que finalmente llegó la propuesta. Una noche, pasadas las 11 y con los niños ya acostados, fueron a verla a La Paz y le hablaron de transportar cocaína hasta Macao, China, a cambio de 8 mil dólares. Tenía que llevar la droga en una valija; nunca le dijeron la cantidad. Eran tres días de ida, con varias escalas, y tres días de vuelta.

“Mi madre nunca había viajado, no conocía nada, ni el interior”, cuenta Virginia. El viaje implicaba pasar por Córdoba, Santiago, Barajas, Frankfurt y Beijing, antes de llegar a Macao. Conocer el mundo, pensó ilusionada Hilda, pero sobre todo le entusiasmó la posibilidad de aliviar la urgencia económica de su casa.

Hilda Provenzano
Hilda Provenzano

Los sueños de Hilda: cirugía, feria y enseñar chino

Hilda cayó en la trampa del narcotráfico en 2009. Estaba desempleada y desesperada. Le ofrecieron 8 mil dólares y se entusiasmó con la posibilidad de salir de la urgencia. Además, soñaba con hacerse una cirugía estética en la boca para arreglarse la cicatriz de una mordedura de perro que había sufrido trabajando en un residencial. Nada de eso sucedió. Tras una larga y dura estadía en una cárcel de Beijing, fue repatriada a Uruguay por motivos humanitarios. Tenía la esperanza de que, estando aquí, le concedieran la libertad anticipada y pudiera poner un puesto de feria o enseñar chino, ya que había aprendido en la cárcel. No hubo tiempo.

Cuatro o cinco días lo pensó, y dijo que sí. María y “El Canario”, la pareja socia de Jorge, fueron a un lugar en el Once, de Buenos Aires, a “preparar” la maleta que llevaría Hilda. Le explicaron que la droga iría “impregnada” al plástico de la valija mediante un proceso químico. Una vez que tuvo la maleta en su casa, a Hilda se le hizo difícil ocultarle la verdad a su hija y le contó lo que haría. Fue el 18 de febrero de 2009, la noche anterior a partir.

“Me dijo que lo iba a hacer para salir adelante”, evoca Virginia. También recuerda que ella tuvo un mal presentimiento, por lo que la incitó a descartar la idea. “Es cierto que estábamos pasando mal, pero desde que tengo uso de razón pasamos mal”, dice ahora Virginia. Sin embargo, Hilda estaba resuelta. Creía que si daba marcha atrás, habría represalias.

Esa noche Hilda no durmió. A primera hora, Virginia la despidió antes de subirse a un taxi. Le dijo que la amaba y que tuviera cuidado. Ella le respondió que la llamaría en las escalas. Llevaba zapatos de taco y vestía un conjunto de pollera tipo tubo y chaqueta que le habían comprado. Debía aparentar que viajaba por trabajo.

De Montevideo salió sin problemas. De Córdoba, Santiago y Barajas, también. En Frankfurt perdió el vuelo, por lo que debió llamar a un número de urgencia que le habían dado y dormir una noche allí, en un hotel que pagó con dinero que le giraron. Llamó a su hija, tal como había prometido. Nerviosa, embarcó a Beijing.

Y allí se acabó su suerte. A las 13 horas del 22 de febrero, en el Aeropuerto Internacional de Beijing, terminó su vida.

En la sentencia emitida por el Tribunal Popular Intermedio No. 2, de la Fiscalía Popular de Beijing se cuenta al detalle cómo el funcionario aduanero Chang Sha visualizó, al pasar la maleta por los rayos X, una línea blanca. Le ordenó a Hilda que la abriera; contenía una mochila y ropas, pero pesaba mucho. De nuevo pasó la valija por los rayos y esta vez la imagen reveló con más nitidez varias líneas blancas en el intervalo inferior de la misma. Al romperla encontraron cuatro bolsas de plástico envueltas en papel de cal conteniendo sustancia blanca. La pasajera “queda desesperada”, dice la sentencia. Del análisis de la sustancia resultó que llevaba 2.452 gramos de cocaína.

Reducir la pena.

Nada se supo en la prensa sobre el caso de Hilda Provenzano hasta enero de 2010, cuando el diario Últimas Noticias informó que una uruguaya había sido condenada a cadena perpetua por tráfico. La nota decía que la mujer se había salvado de la pena de muerte prevista en China para quienes transporten más de 50 gramos de cocaína. Decía, también, que había contratado “costosos abogados” y que se investigaba su pertenencia a una organización narco. Virginia hasta el día de hoy se indigna. “Costosos abogados”, repite irónica.

Lo cierto es que en marzo de 2009, en una visita oficial a ese país, el presidente Tabaré Vázquez entabló contactos de alto nivel que, sumados a las gestiones de la embajada uruguaya allí, llevaron al gobierno chino a rebajar el castigo y perdonarle la vida a Hilda. Ella, según se puede leer en la sentencia, confesó el delito. El 25 de noviembre de ese año fue condenada a prisión perpetua.

Si bien el caso se desarrolló en un casi absoluto desconocimiento mediático, desde el primer día la embajada se involucró y en los 10 años siguientes Provenzano sería, para la diplomacia uruguaya en China, simplemente Hilda. En su diario agradece uno por uno a todos los cónsules y embajadores que la visitaron y le llevaron libros, especialmente a Luis Almagro, que para esta nota la recordó con cariño y admiración por su “entereza”.

Y así, gracias a las gestiones constantes y herméticas de la embajada, la pena de Hilda fue bajando: de perpetua a 20 años, y de 20 años a 18.

El 15 de julio de 2014 Hilda pidió por escrito su traslado a Uruguay: “Motiva mi solicitud el hecho de encontrarme sola en la República Popular China, sin recibir visitas ni mantener contacto directo con mi familia y estar padeciendo serios problemas de salud, producto de mi avanzada edad. Poder finalizar el cumplimiento de mi pena en Uruguay sería muy beneficioso para mi persona y me posibilitaría lograr mi recuperación (...)”, escribió.

Cuatro años y medio después, el traslado finalmente llegó. Pero esta historia no tiene un final feliz.

El apoyo de la embajada, su “motivación” para no caer

Durante sus años de reclusión en Beijing, Hilda Provenzano volcó sus angustias, sus esperanzas y su cotidianidad en diarios íntimos o cuadernos personales. El País accedió a varios pasajes de esos relatos, en donde se ve, entre otras cosas, el apoyo que sentía de parte del cuerpo diplomático uruguayo en China. Un día en el que había ocurrido algún desorden en la cárcel, escribió: “Pero lo importante para mí, que es toda mi motivación, (es que) en la mañana me comuniqué con la embajada y por suerte hablé con Marcelo. A pesar de que se cortó en dos ocasiones. Igual me siento bien, en calma, a la vista de este paisaje (en referencia a una imagen que había anexado), generando expectativas para una próxima visita. Es muy gratificante para mí hablar con ellos, y más con Marcelo que se ha generado una comunicación en forma constante y sentí su apoyo en mis proyectos”. Además, aseguró tener plena confianza de que él la pudiera ayudar a salir de allí.

Se refería a Marcelo Magnou, quien en 2010 ocupaba un rol importante en la embajada. En su diario dedica páginas para agradecer al cónsul Leonardo Olivera, quien desde su detención estuvo “pendiente” de ella. Y agradece a Luis Almagro, que como embajador de Uruguay en China la visitó varias veces. Escribe Hilda: “Recuerdo siempre entre tantas conversaciones que me hacía reír haciendo comentarios de fútbol, y patentes tengo sus palabras, que haría todo lo posible en ayudarme. Confío en él y sé que no se olvida de mí. Muchas gracias”.

Para este informe no se pudo contar con el testimonio de nadie de Cancillería. El embajador Jorge Muiño, director de asuntos consulares, que estuvo al tanto del caso desde el primer momento y hasta el final, se excusó argumentando que por motivos jurídicos necesitaba el aval de los tres hijos de Hilda para hacer declaraciones, algo que fue imposible de conseguir porque uno de ellos vive en España hace 15 años y no tiene contacto con su familia uruguaya.

A pesar de estar impedidos de hacer comentarios, varios de los funcionarios diplomáticos que conocieron a Hilda en China o estuvieron en misión allí en los últimos años expresaron congoja por su muerte. Uno de ellos recordó que entre todos juntaban libros (novelas principalmente) y revistas para llevarle a la cárcel. Además, semanalmente se le depositaba un estipendio para que gastara en alimentos. Todos los que fueron cónsules en los 10 años de reclusión de Hilda fueron a visitarla cada mes, pero una en especial desarrolló un vínculo más cercano en el último tiempo. “En lo personal ella fue como una madre”, contó a El País.

Consultado sobre Hilda, Almagro la recordó como “una señora muy humilde, que asumió con mucha integridad y fortaleza lo que le estaba pasando, y tuvo actitud para sobrellevar ese tiempo”.

Volver a Uruguay.

El domingo 20 de enero de este año, en esta sección, se publicó el informe Vida de perro, pena de mula, en el que se contaba el periplo de tres uruguayos que habían sido detenidos en China por narcotráfico.

Casualmente (o no), los tres cayeron en los primeros meses de 2009. Allí estaba la historia de Martín (aún preso en Hong Kong), Jorge (liberado el año pasado) y una mujer cuyo nombre se omitió a pedido de su familia. Era Hilda. En ese momento, su hija Virginia pidió que no se escribiera nada sobre ella porque eso podía entorpecer las gestiones para repatriarla.

Realmente Virginia confiaba en que volvería a ver a Hilda, pero no sabía que era inminente. Increíblemente, su vuelta a Uruguay se concretó el mismo domingo 20.

La repatriación “por motivos humanitarios” fue acordada por escrito. En el documento, la Cancillería se compromete a “brindar reciprocidad frente a una solicitud similar que pueda realizar la parte china en un futuro” y establece la “imposibilidad de modificar la sentencia dictada por la corte china”. Pero también dice que dicha sentencia “será ejecutada de conformidad con las leyes internas y procedimientos” de Uruguay.

Aquí, la pena por tráfico de drogas va de 20 meses y ocho años de prisión. Por lo tanto, cuando Hilda regresó, ya había sobrepasado la pena máxima prevista.

Varios en el Poder Ejecutivo participaron del esfuerzo por traerla a Uruguay. Por orden del presidente Vázquez, el Ministerio del Interior dispuso a dos funcionarios para ir a buscarla y acompañarla en su viaje de vuelta. El Ministerio de Educación y Cultura fue nombrado encargado de todo el proceso. El Instituto Nacional de Rehabilitación, a su vez, la destinó a Campanero, en Lavalleja, una de las cárceles más benevolentes del país.

Campanero: Hilda junto a sus compañeras y las custodias de la cárcel de Lavalleja
Campanero: Hilda junto a sus compañeras y las custodias de la cárcel de Lavalleja

Sin embargo, una vez aquí, comenzaron las dificultades. Hace unos años su hija se radicó en Melo, por lo que con suerte podía trasladarse a Minas cada 15 o 20 días a visitarla. Y si bien de China llegó sin aparentes problemas de salud -se le hizo una transfusión por anemia-, al poco tiempo en Uruguay se descompuso y debió ser internada. Se le encontró hipertensión y arritmia. Estuvo 10 días en el hospital y volvió a Campanero, donde según recuerda Leticia Salazar, la directora de la cárcel, se la veía “feliz” porque podía estar al aire libre y hablar por teléfono con su familia todo lo que quisiera. Sin embargo, 15 días después debió volver a internarse porque no oxigenaba bien la sangre, y se le colocó un respirador.

Jorge Inzaurralde, el abogado que asumió su defensa en forma honoraria, cuenta que su estrategia era solicitar un arresto domiciliario para, más adelante, pedir la libertad anticipada. No pudo concretarlo porque antes debía traducirse el expediente del chino al español, lo cual le correspondía hacer a la Suprema Corte de Justicia y no se concluyó. Además, se necesitaba un dictamen del Instituto Técnico Forense avalando el pedido por motivos de salud, algo que el abogado solicitó el 24 de mayo y tampoco se concretó.

Por su parte, Salazar, la directora de Campanero, también tramitó el pedido de arresto domiciliario y envió al juzgado un informe aludiendo a la buena conducta de Hilda, a sus proyectos y a los 10 años pasados en prisión en China.

Pero mientras estuviera internada esto no se podría concretar. Y en el hospital no le daban el alta porque, según le transmitieron a su hija, Hilda necesitaba un respirador con el que no podía entrar a Campanero porque era inflamable.

El 18 de julio, de madrugada, Hilda fue trasladada de urgencia a un CTI de Maldonado. Antes de morir, llamó a su hija y le pudo decir todo lo que la quería.

Y aunque no encuentra consuelo, y transita la amarga sensación de que se pudo haber hecho más por ella, Virginia quiere contar esta historia. “Hay errores que se pagan con la vida misma”, escribió Hilda una vez. Qué paradoja su muerte.

La paradoja vida de Hilda Provenzano

Una infancia difícil
Hilda Provenzano

Hilda Provenzano nació en Montevideo en 1958. La separaron de su madre porque tenía tuberculosis. Estuvo un año en el Iname hasta que la adoptaron. El vínculo con su mamá adoptiva fue tormentoso.

Tres hijos a los que crió sola
Hilda Provenzano

Con solo 15 años, Hilda tuvo a su primer hijo. El segundo nació dos años después. A los tres años, tuvo a la tercera. Los tres fueron de distinto padre y de ninguno recibió ayuda. Con los hijos varones perdió contacto.

Diez años presa en China
Tabaré Vázquez

En 2009, desesperada por una situación económica asfixiante, viajó a China como mula y cayó presa. El gobierno uruguayo, desde Tabaré Vázquez hacia abajo, hizo gestiones para lograr su deportación.

Aterrizaje en Campanero
Hilda Provenzano

Fruto de un acuerdo con el gobierno chino, Hilda llegó a Uruguay en enero pasado para cumplir el resto de su pena. En la foto se la ve con su hija y con una nieta. Cuando llegó, no tenía mayores problemas de salud.

Tiempos al aire libre
Hilda Provenzano

En Campanero recuperó la alegría. Pasó a tener tiempo al aire libre y estar en contacto constante con su hija. Diseñaron para ella un proyecto de recuperación de ropa donada, pero no llegó a ejecutarlo.

Internada hasta el final
Hilda Provenzano

A los pocos días de llegar debió ser internada por unos 10 días. Le dieron el alta pero 15 días más tarde debió volver al hospital. Allí pasó casi cinco meses con asistencia respiratoria artificial. El 18 de julio, con 61 años, murió.

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