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Cuando sube el río

En el norte las lluvias siguen sin dar tregua. Más de 6.000 evacuados, cientos de viviendas perdidas y refugios hacinados pintan el panorama que deja la inundación. Qué Pasa recorrió los departamentos más afectados.

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Paula Barquet, en Paysandú,

Salto y Artigas

En la casa de Alana hay mudanza. Una decena de soldados suben los muebles a un camión del Ejército. En las camisas de los efectivos se lee "siempre presente". Alana permanece de pie mientras su marido y otro familiar entran y salen cargando todo lo que construyeron sin ayuda de nadie. Mientras, Belén y Claudio, ella de seis años y él de 11 meses, observan con ojos grandes sentados en un escalón al que, todavía, no alcanzó el agua.

"No me quería ir. No quería que lo viviera mi hija". Las palabras de Alana van cargadas de angustia pero ella las dice con la mejor sonrisa que puede lograr. Está nerviosa, preocupada por sus pertenencias, pendiente de los niños y desesperada por lo que se viene. Es la primera vez que la creciente la saca de allí.

A 50 metros, en la misma cuadra que vive Alana, espera María. Normalmente tiene la costa del río Uruguay a 10 cuadras, pero ese día el agua invadió el cuarto de sus hijos, la cocina, el baño, todo.

Llamó tres veces al Comité de Emergencia departamental pero aún no fueron con el camión a rescatarla. Mientras, se ríe de las piruetas que sus cinco hijos arriesgan en el agua que, pareciera, creen limpia. María sabe que está sucia, ¿pero qué les puede decir? Asegura que se ríe por no llorar. A pocos metros está el colector municipal sanducero, desbordado.

Pero el peor drama de esta mujer de 40 y pico no es que los niños se sumerjan en ese río que arrastra coliformes fecales, bolsas de náilon, paquetes de comida, championes y ramas. Tampoco lo son las sanguijuelas rojas y negras, de las que se ven muchas. Lo que más le angustia es su marido ausente.

"Ah, ¿sos de Montevideo? Yo viví en la capi. Hacía videoclips en bikini. Soy de Paysandú pero me adoptó una familia de allá, y tenía un buen sueldo. Podría haberme acomodado. Volví porque este señor me dijo que me fuera con él, que me iba a tener bien. Pero mirá, acá estamos y encima él no está".

La frustración de María apenas llegó a asomar. Tuvo que controlarla cuando apareció Adrián, uno de sus hijos. Tiene 10 años y, según explica la madre, un leve retardo. Cuando el agua traspasó el portón y empezó a deslizarse hacia dentro de la casa, Adrián se puso a barrer como desesperado. Después optó por divertirse como sus hermanos.

Adentro, las camas son el depósito de las pocas pertenencias de esta familia. Un par de sábanas anudadas sirven de bolsa para mantener la ropa lo más seca posible. Los colchones ya se mojaron. Algunos muebles de madera ya se resquebrajaron. La cocina, que ya no funciona, dejó a medio hacer el pollo del almuerzo. Mientras escucha a su madre, otro de los niños se sienta en el suelo (inundado) de su cuarto. "Pobres perros, no encuentran lugar donde echarse", suspira la dueña de casa sin reparar en su propio hijo.

Desde mediados de noviembre llueve en el norte del país, sobre todo en el litoral. Los departamentos más afectados fueron Artigas, Salto y Paysandú, con más de 2.000 evacuados cada uno. Al cierre de esta edición Meteorología anunciaba lluvias abundantes y se contaban más de 6.000 evacuados.

Alana y María viven sobre la calle Ledesma, en el barrio La Chapita. Allí, 200 familias humildes fueron advertidas por funcionarios de la intendencia a eso de las cinco de la tarde del día anterior, que se les vendría el agua porque la represa había abierto las compuertas. Dos horas después y "de golpe", según relatan los vecinos, la profecía se cumplía. Muchas personas se demoraron en armar valijas. Otras directamente se negaron.

Estela fue una de ellas. Tiene cinco crecientes encima con sus consiguientes saqueos. No va a abandonar lo poco que tiene a merced de los enemigos de lo ajeno, afirma. Estela aprovecha la presencia de Qué Pasa para desahogarse, como si nadie más la fuera a escuchar. Los ojos vidriosos rápidamente se le llenan de lágrimas.

A su lado está Richard, de 13 años. Aunque tiene una parálisis cerebral que le impide moverse a su antojo y lo retiene en una silla de ruedas, el niño "entiende clarito" que su casa está inundada. La mamá asegura que "está enloquecido con el agua". El único juguete que sobrevivió, un dinosaurio de goma, sirve a Estela de amansalocos mientras se despacha en contra de los políticos que no respondieron a la emergencia como ella hubiera querido. Dice que pasaron, hicieron "adiós" con la mano, y siguieron de largo.

En el fondo de su casa hay agua estancada y las macetas parecen el albergue perfecto del mosquito que transmite el dengue. Por suerte el río no llegó al frente, donde Carlos padre y Carlos hijo preparan una posible mudanza, aunque no saben a dónde irán a parar.

"Que nos den una casa y nos vamos", propone el padre como si fuera tan sencillo. Comenta, incluso, que está dispuesto a pagar el alquiler. "No nos trajeron nada de comestibles ni donaciones, pero no necesitamos eso", dice aunque confiesa que está en ayunas hace varias horas. "Necesitamos que nos lleven a algún lado". Sus reclamos se intercalan con vagos recuerdos de otras inundaciones.

"¿Previsión?", plantea Carlos como si la pregunta fuera descolgada de la realidad. "No hay previsión posible. Dependés del tiempo y de Salto Grande. Hacía como 14 años que no había una creciente tan grande. Uno puede calcular que la próxima vendrá en 10 años, pero se olvida. No puede estar alerta porque nunca se sabe", explica. La solución que encuentra es "seguir adelante, a pulmón".

el congo y ruanda. En el estadio cerrado 8 de Junio se juega al "Lobo está". Un grupo de niños descalzos le responden a Micaela, la loba de turno, que justo contesta que se está "dando una ducha".

Los adolescentes y jóvenes se reúnen alrededor de un televisor prendido. Más que entretenerse, dejan pasar el rato. Sus miradas perdidas delatan la indiferencia ante lo que muestra la pantalla.

Es el refugio que alberga más evacuados en Paysandú, y sin embargo al mediodía no hay más de 50 personas. El resto llegará solamente a pernoctar. Intentan dejar algún miembro de la familia para cuidar las pertenencias y estar el menor tiempo posible allí. La mayoría son mujeres jóvenes con muchos hijos. La mitad está dando pecho.

Un equipo de salud estatal recorre el estadio. Controlan que los niños tengan todas las vacunas, reparten alcohol en gel, y hacen lo que llaman "planificación familiar". Consiste en revisar a las embarazadas y entregar preservativos o pastillas anticonceptivas. La motivación de esto último, dicen, es que están preocupados por la transmisión de enfermedades en medio de una situación de emergencia y hacinamiento como la actual.

Un grupo de jovencitas comenta el asunto y se divierte jugando con los profilácticos. Paola es la única que se queda seria. "Si me dan uno de esos se los tiro por la cabeza". Ella tiene 19 años, un hijo de 11 meses y otro en camino. No sabe por dónde empezar cuando se le pregunta qué siente en ese momento.

Y no empieza. Simplemente se queda mirando alrededor y limpia la cola paspada de su bebé. Paola tiene las piernas sucias, la cara lastimada, olor a transpiración y mucha rabia contenida. Ella es parte de los evacuados del barrio Curupí, que queda contra el arroyo San Francisco. El otro grupo, asentado contra el extremo opuesto del estadio, pertenece a La Chapita.

En la fila para recibir la comida que preparó el Batallón se encuentra Alana pero esta vez no tiene ganas de hablar. Se limita a decir que no está "nada contenta" y que se siente "bastante intranquila". Su mamá, que fue a visitarla, intenta justificarla. "Es que tienen un ciber, y se les pueden arruinar los equipos. Yo les avisé".

Las previsiones en ese momento auguraban que el río Uruguay seguiría subiendo o se mantendría en los nueve metros. Un equipo de asistentes sociales de la intendencia se aprestaba a conversar con los evacuados para que no tuvieran expectativas de una estadía corta. Estarían allí al menos una semana más.

Al pasar, un militar comentó con tono muy serio: "Yo estuve en África, y esto es similar al Congo o Ruanda, sólo que con caras blancas". La comparación puede parecer excesiva hasta que se llega al gimnasio municipal de Artigas.

QUE ALGUIEN ME AYUDE. Gallinas, perros y bebés en pañales deambulan en las afueras del refugio artiguense. Suena la cumbia, aunque no tan fuerte como adentro. Es un asentamiento, sólo que bajo el techo de un gimnasio.

Esteban perdió todo. "Bah, todo no. Salvé la bermuda, el gorro y estas chinelas. Bah, están hechas mierda", comenta entre tímido y chistoso, haciéndose entender como puede ya que le faltan varios dientes. Lleva una semana evacuado y en realidad no sabe qué será de él, porque su casa se fue con la creciente. Vivía en un terreno irregular e inundable.

"Estamos de agregados", explica con claridad Alejandro. Tuvo un poco más de suerte y rescató un par de frazadas, pero nada más. Se muestra preocupado, pide que lo ayuden. Alguien le sugirió que mandara una carta al intendente, y lo hizo. La entregó en el municipio y aunque aún no le respondieron, tiene esperanzas. Alejandro sabe que no tiene sentido volver a instalarse en el mismo lugar, pero no tiene dónde parar. Lo que le queda es ver quién lo ayuda, repite.

Adentro ni piden compasión. Los evacuados están echados sobre los colchones donados, algunos durmiendo, otros no. Las teles prendidas, las radios sonando. Parecieran creer que el ruido de afuera puede callar la angustia por dentro. Y dentro de todo, reconocen que no están tan mal. Los días pesan, pero tienen dónde bañarse y les dan para comer. "Se extraña un poco. No es lo mismo la casa que un coso municipal", explica Esteban. Un centenar de familias en extrema pobreza reside allí, una al lado de la otra.

En el club de boxeo Adfoe duermen sólo seis familias, pero se sienten mucho peor: como bichos, confiesan. Allí no llegan políticos ni donaciones ni pañales ni calzado para los niños. Esperan la visita de alguien, de quien sea. Enseguida improvisan una ronda y aprovechan los minutos para expresar sus desgracias.

Cuentan que sus casas, de las que sí son propietarios, aún están bajo agua y habitadas por animales varios, entre ellos víboras que se comieron las patas de sus gallinas. Cuentan que en el club donde paran hace una semana, se rompió un caño que cada tanto larga un chorro de agua. "Nosotros somos grandes, ¿pero las criaturas?", preguntan sin respuesta.

Por las calles salteñas también piden ayuda. Perciben cuando alguien no es de allí, y se acercan. "¿De dónde sos? ¿Del diario, de la tele? Necesitamos pañales". La sorpresa y la desesperación son aún más patentes que en Artigas. En todos los barrios de Salto hay subidas y bajadas en el terreno, indistintamente de la cercanía al río. Están acostumbrados a que en los puntos bajos se generen grandes charcos, pero no mucho más. De los tres departamentos más afectados, fue el único en que alguien se mostró preocupado por las enfermedades que vendrían después.

A Ruben le prestaron una chalana para cuidar las casas del saqueo que es "bravísimo", así que todas las tardecitas sale y recorre el barrio. Algunas casas, como la suya, ni se ven. En el camino esquiva torres de luz y cables totalmente sumergidos. Allí, el rancho de su hermana (se ve apenas el techo); allí, el de su sobrino. Ruben es solo y está triste. Perdió todo pero no le importa. "Mi corazón es más grande que todo este río junto", dice, y sonríe.

En ese "río", como llama él a las cuadras inundadas, murió un adolescente de 15 años. Jesús, amigo de Ruben, fue quien lo encontró entre las ramas. Dicen que lo vieron correr ebrio hacia el agua y no apareció más. Otras versiones incluyen un policía persiguiéndolo.

También murió el primo de Jesús. Tenía 24 años y lo que saben es que se tiró a nadar pero murió ahogado. Unos días antes había fallecido un ciclista de unos 40 años: otro confiado en que la corriente no sería tan fuerte.

Los salteños saben que con 16 metros, el río los "saca". Conocen las maniobras de la represa y se sienten autorizados a opinar al respecto. Roque asegura que si Salto Grande "comprara hasta la cota 15", no habría más inundaciones. Héctor opina que bastaría con adquirir hasta la 13. Están de acuerdo en que los terrenos inundables deberían catalogarse como "zona roja" y no permitir a nadie instalarse allí. Pero Roque y Héctor no parecen los más indicados para sugerirlo. Son dos más de los miles de evacuados.

Sabía, pero no pensé. La respuesta se repite. Todos sabían que su terreno se podía inundar, pero nunca pensaron que entraría tanta agua. O los agarró desprevenidos, o nunca les había pasado, o se habían olvidado de la última creciente. Y los que viven "de agregados" sobre la costa del río, optan por taparse los ojos y hacer como que no ven.

Héctor y Roque, los salteños que proponen soluciones, viven en zona inundable porque heredaron los terrenos. Sus padres también sabían que podía entrar el agua, pero no tenían recursos para comprar algo mejor. Ellos no quieren seguir la cadena. Piden que el gobierno les compre su casa. "¿Para qué la quiero yo, si sólo me perjudica? ¿Qué herencia le dejamos a nuestros hijos?", se preguntan. "Si tuviéramos recursos...", suspira Héctor.

Doña Clotilde tiene 72 años. Vive hace dos en el barrio San Eugenio del Quaraí, en Artigas. Su casa vale 65.000 pesos y después de esta creciente, piensa venderla. Ella sí tiene recursos para irse.

En toda su vida, nunca le había tocado sentir el agua hasta las piernas. "Me atacaron los nervios, me quedé apavorada. Nunca me había acontecido", dice angustiada.

Clotilde está volviendo a su hogar tras varios días autoevacuada en lo de un familiar. Sus hijos y nietos le limpiaron la casa para que ella no viera cómo había quedado. Ahora la ayudan a colocar los muebles. Apenas descubre que perdió una garrafa, larga el llanto.

"Sabía que era inundable pero hacía ocho años que no crecía y pensé que no iba a venir más", confiesa. Todavía medio mareada, los ojos perdidos, el pelo blanco recogido, murmura en portuñol. Alterna las palabras "pastillas", "presión" e "hijos". "Pasé bien mal", concluye.

Los vecinos de Clotilde saben que la anciana es frágil e intentan protegerla. Le dan un abrazo, la consuelan. Florisbela y Sonia tienen muchas inundaciones encima. El agua ha llegado a tapar sus casas por completo. Y todas las veces han vuelto a pintar lo despintado y a construir lo destruido. Mientras ordena y limpia paredes y pisos, Sonia encuentra una foto de la crecida de 2001. Por unos minutos las dos mujeres contemplan sonrientes la imagen de todos los vecinos posando con el agua detrás. Florisbela le pide a Sonia si no se la presta para copiarla.

Para ellas, esta crecida fue una más y así la vivieron. Se han mojado tantas veces que ya parecen inmunes a la tristeza. Sobre la vereda, el marido de Florisbela martilla una cama despedazada, aunque asegura que no tiene arreglo. Ella lamenta profundamente la pérdida de una olla marca Esen que le habían regalado 12 años atrás. También perdió un ropero, un cristalero y el freezer. "Y no te dan ganas de volver, pero la casa es mía", explica.

No está resignada del todo. Le queda su fe, a la que ya ha recurrido. Florisbela cuenta que después de la creciente de 2001 escribió una carta al Padre Mario, un argentino conocido de su hija. "Mandé pedir que no llegara el agua para naide", comenta, y se muestra satisfecha con que esta vez sólo se le haya inundado la cocina y el baño. Sin embargo, se siente abandonada.

"Nos agarró el agua, pero somos seres humanos. Acá en Artigas no viene naides. Inundados como si fuéramos bichos. Ni un político vino hasta acá, al menos a dar un aliento", afirma con dureza.

PERO QUÉ LINDO QUE ES. La costa del río Uruguay tiene otra cara. En la zona de Nuevo Paysandú, pero del otro lado de la ruta, existe un lugar que se llama Rinconada del San Francisco y que sus habitantes conocen como Autobalsa.

Son unas 15 casas residenciales y de fin de semana. Allí construyeron personalidades sanduceras como los ex directivos de Azucarlito y el actual director de El Telégrafo. La mayoría están inundadas.

La de Lalo y Mecha es la más próxima a la costa, a apenas 500 metros. Cuando les preguntan la dirección, responden: "Número tal (prefieren no divulgarlo) y río Uruguay". Pero siempre aclaran, medio en broma y medio en serio, que si crece es "río Uruguay sólo".

Estos sexagenarios que hace 25 años optaron por vivir sobre la ribera, insisten que lo suyo es una "elección". Asumen el riesgo, explican, porque "la calidad de vida es impagable". El contacto directo con el río les permite disfrutar de las mejores puestas del sol, los pájaros y el monte nativo. Suena a cliché, pero ellos lo dicen con sentimiento. "El balance luego de cada crecida es siempre a favor. Ahora lo vemos y decimos `río de m...`, pero qué lindo que es", comenta la mujer que no usa relojes y que asegura que las crecientes para ella y sus nietos han llegado a ser "muy divertidas".

El paseo en la lancha de Lalo -construida por él mismo para pescar- revela el lujo que muchos se dan en esa zona. Enormes mansiones construidas sobre terraplenes artificiales, antenas de Direct TV, canchas de tenis y hasta piscinas. La de Lalo, además de ser la más próxima a la costa, es "la casa del viejo más pobre del barrio", según afirma él mismo.

Este viejo que se muestra sencillo y transparente, esconde un secreto. Todas las mañanas religiosamente enciende su laptop, abre un documento de Excel que titula "Altura del río en los puertos arriba de Salto Grande", y llena en el casillero correspondiente cuánto mide el río ese día. Sabe que cuando crece determinada cantidad en el puerto de San Javier, a los cinco días está en la represa. Y que lo que hagan en la represa se nota en Autobalsa a las 12 horas. Tiene una semana para prepararse.

Entonces levanta sus muebles, todos livianos, y los lleva al segundo piso. Llama a un amigo que no usa su casa asiduamente, y se muda allí. Lalo y Mecha apenas sufren la rotura de algún vidrio. El piso de su casa es de monolítico. Los marcos de las puertas simulan madera pero son de metal. Las paredes están impermeabilizadas. La instalación eléctrica es de un material al que no afecta el agua.

Su vida es el río y, por ende, también la creciente. Ellos están preparados y aseguran que se sienten "mejor que nunca". Pero en todo momento hablan de los otros, de los que no están blindados contra el río. Y opinan que aunque "los medios digan qué bueno que bajó" y dejen de publicar notas, sólo los evacuados saben lo que es volver a sus casas después del agua.

En el ranking

La mayor inundación en Uruguay fue en 1959. Aún no se sabe, pero ésta sería la segunda o la tercera en el ranking de las peores. Al cierre de esta edición había 6.177 evacuados.

Las lluvias que no dan respiro

Desde el 7 de setiembre llueve en Brasil, situación que a mediados de noviembre generó los primeros evacuados en el norte y el litoral del país. Al principio la mayor emergencia fue en Artigas, con las intensas lluvias y la crecida del río Cuareim. Cuando la capacidad en el embalse de la represa de Salto Grande llegó al máximo, la situación mejoró en Artigas (porque el Cuareim pudo desagotar) y empeoró en Salto y Paysandú. Al cierre de esta edición, el río Uruguay en Salto alcanzaba los 15, 70 metros y se esperaba que creciera aún más. En Artigas sólo quedaban 40 evacuados, mientras en Paysandú y Salto había 2.730 en cada uno. El pronóstico auguraba más lluvias en todo el país.

El puerto sanducero, bajo agua

El puerto de Paysandú es el primer lugar que se inunda en ese departamento. Cuando Qué Pasa estuvo allí, no se podía siquiera alcanzar a verlo: a siete cuadras de allí, ya había agua. Según dicen los sanduceros, siempre que crece el río hay que evacuar a los prefectos. Hay una explanada donde la gente va a pescar, y que rápidamente queda cubierta de agua. Nadie sabe explicar por qué, hasta que Lalo, el hombre que vive en la zona de Autobalsa, comenta que el problema es que está construido en un terreno muy bajo. Incluso afirma que su casa está a la misma altura que el puerto. Opina que el lugar más idóneo para un puerto es Casa Blanca, donde en otra época efectivamente funcionó uno. Para él, "están gastando plata en arreglar un puerto que hoy está dos metros bajo agua", y eso no es rentable.

Los que siempre se inundan

Antes de estas inundaciones, Artigas y Durazno eran los departamentos con más evacuados desde 1997 a 2009: 13.000 cada uno. En Durazno, la peor fue en 2007. En Artigas destacan la de 2001. Según el Sistema Nacional de Emergencia, hasta hace un mes los otros que habían sufrido grandes inundaciones eran Treinta y Tres, Río Negro, Rocha, Salto y Soriano. En la lista no figuraba Paysandú, que ahora fue igualmente azotada que Salto.

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