LA TRAGEDIA DE FABIÁN TOMÉ

Así les va a los "buchones"

El caso engloba todo lo peor de un sistema corrompido: abusos sexuales, regalos para los prisioneros “obedientes”, castigos físicos para los “desleales”, entrada de cortes carcelarios a los hogares, funcionarios que se cubren , venganza, muerte y penas no tan drásticas para los probados culpables.

Foto: Ariel Colmegna
Foto: Ariel Colmegna

Las razones por las que alguien se encariña con un asesino son difíciles de explicar. Quizá el arrepentimiento ayude. Fabián Tomé era en ese entonces flaquito, encorvado, tenía ya 18 años pero parecía menor, aparentaba 14, 15, a lo sumo 16. Si alguien lo veía en la calle no iba a cruzar de vereda. Algunos lo tenían de hijo, por retraído, por tímido. Él aguantaba, no se metía con nadie. Se hacía amigo de los funcionarios, les pedía un poco más de pan, un poco más de fruta. Caía simpático, le llevaban algo.

Era un homicida.

Había matado a un taxista. Estaba preso hacía un año. Los informes psicológicos lo favorecían. De los jóvenes que estaban en el Cemec, el hogar ubicado en General Flores y Bulevar Artigas, era el que más posibilidades tenía de "reinsertarse" —palabra que tanto escuchan los menores presos. Tenía fe en salir, en volver a empezar.

Quizá haya sido eso lo que llevó a Ruben a jugársela por él, a no aceptar la cadena de mando, a saltearse al director y al subdirector del hogar para ir directo a una a las oficinas del Inisa a denunciar a un compañero. Fue a contar lo que todos sabían y nadie se animaba a decir: que Juan, el que se encargaba del economato, de repartir los jabones y el champú, y que permitía o no que los internos puedan telefonear a sus familiares, a sus novias, a un amigo si es que alguno conservaban afuera, era el mismo que abría canilla libre de llamadas, regalaba hamburguesas, les compraba refrescos, cigarrillos, y hasta les daba dinero a aquellos que dejaban que él los tocara.

Apenas pasó lo que pasó, Fabián fue a denunciarlo a la dirección: "Pedí para hacer una llamada telefónica, Juan me llevó al economato, y cuando estaba hablando me empezó a meter la mano por abajo del short y después me empezó a chupar el pene". El director y el coordinador del centro escucharon, se mostraron asombrados y le expresaron que, en efecto, lo que le había pasado era grave. Le explicaron —todo según la denuncia de Ruben— que le iban a tomar declaración escrita, pero antes le advirtieron que, para resguardarlo, en caso de que dejara registrada la denuncia, iban a trasladarlo, "por su seguridad", a otro hogar. El problema es que el hogar que le nombraron fue el Ser, el más bravo de todos. "Para cuidarte te vamos a llevar al infierno", le dijeron sin decírselo. Él, entonces, se rectificó.

El rumor se empezó a esparcir como un virus por todo el Cemec: "Un día lo llevó a hacer una llamada y lo manoseó, le bajó el coso, se arrodilló y ¡pum!". "Nos dicen a nosotros que tenemos que racionalizar los productos y el maricón agarra y sale con los cargamentos". "Los gurises me cuentan a mí que el loco los agarra uno a uno; pasó con Fabián y pasó con otros… Y más de uno habrá visto que los chiquilines le muestran la cosa". "Al botija lo amenazaron con que lo iban a trasladar al Ser y ta, parece que se dio vuelta". "El tipo agarra a un botija, después agarra a otro, los agarra en estado depresivo, les dice qué te está pasando… que pase esto cuando tenemos tanta asistente social, tanta cosa, ¡qué desastre!". Estos comentarios se desprenden de conversaciones entre funcionarios registradas en audios que Ruben presentó al Inisa, y que este elevó a la Justicia para que investigara el caso. También adjuntó una conversación con Fabián, en la que este reconocía lo que le habían hecho y advertía que no era la única víctima. Juan estaba enterado.

La investigación.

"El detenido de la celda 4 se levanta, se aproxima a la reja y les hace un gesto a los menores que eran conducidos a declarar, llevándose el dedo hacia el ojo, por lo que le digo que se siente", denunció el policía que, dos días después de la denuncia de Ruben, se encargó de custodiar a los que tenían que prestar declaración. "Ojito", les dijo José, y otra vez las palabras que están pero no se dicen, "ojito con lo que decís ahí adentro".

"Juan, para dejarlo hacer una llamada, le hizo sexo oral; y pasó lo mismo con otros", contó uno de los compañeros de celda de Fabián. "Yo sé bastantes cosas —empezó otro. Juan manosea a los gurises. Me lo quiso hacer a mí, amagó con la mano y me corrí (…) Un día vi a Juan masturbarse en la pieza cinco, había dos gurises, estaban los tres mirando una película pornográfica, él les tocaba el pe- ne (…) Después Juan les compraba cigarrillos, comida, e incluso les daba plata". Una funcionaria dijo que vio a los chiquilines haciendo fila frente al economato, tocándose, provocándose una erección, antes de entrar a pedirle cosas a Juan. Otra dijo que Juan solo les regalaba cosas a los presos "más lindos".

Cuando el director tuvo que declarar, sin embargo, negó todo, adujo que Fabián se había retractado.

Juan hizo lo mismo:

—¿Con quién vive?

—Con mis tres sobrinos mayores de edad.

—Diga si acostumbra darles obsequios a los internos.

—No, les doy lo que corresponde, lo que hay en el economato, les doy champú, jabón, etc., a medida que lo van solicitando. Cigarrillos es normal que los funcionarios hagan colecta para comprarles.

—Un funcionario dice haber visto a los menores con el pene erguido yendo a buscar cosas al economato. ¿Diga si vio a los menores con el pene erguido?

—No.

—Diga si les daba refrescos.

—Sí, a algún interno sí, a uno que tiene un disparo en la cabeza y otros, que eran los más pobres, los más débiles.

—Diga si con esos menores no tuvo conductas sexuales inapropiadas.

—No.

Juan también se decía bisexual, advertía que el economato era muy pequeño y estaba en un lugar en el que podía ser visto por cualquiera —algo que quedó desmentido por una pericia— y que no tenía ningún tipo de antecedentes —lo cual tampoco era cierto. Quince años antes había sido detenido por prostitución. Tras declarar, Juan se fue en libertad. Dos días después el juez decidió mandarlo preso por atentado violento al pudor.

La fuga.

Mientras se suscitaban las declaraciones el hogar Cemec seguía con su ajetreada vida. Un menor le pidió a un cuidador que le abriera la celda para ir al baño. Cuando lo hizo le puso un corte casero de 30 centímetros sobre el cuello. Otro joven estaba armado de igual forma. Ambos escaparon. La fuga fue pocos días antes del Día de la Madre. Uno no volvió, otro lo hizo después de pasar el domingo con su mamá. Había algo extraño: a ambos no les faltaba mucho para terminar de cumplir sus penas.

La huida se empezó a investigar en un expediente aparte, hasta que las declaraciones de los funcionarios hacían sospechar una conexión entre los casos. El mismo día que Juan fue detenido para declarar y luego puesto en libertad, a la espera de la resolución de la Justicia, había ido a última hora de la noche al Cemec, junto con el director del centro, según se pudo constatar con las firmas del control de entrada. Juan, dijo, fue a buscar sus pertenencias; sin embargo, sobre él cayó la sospecha de haber sido quien entró los cortes carcelarios al centro.

Una vez que los menores amenazaron al guardia entraron en la habitación en la que debió haber estado Tomé, pero este ya no se encontraba allí, lo habían trasladado al centro Paso a Paso. Allí pasaba encerrado. Se peleaba hasta cinco veces por día, porque todos querían pegarle, según declaró. Tenía una cicatriz en la cara, que se la habían propinado dos internos, que habían irrumpido en su habitación. Él estaba abajo de la cama y le tiraron una puñalada en el rostro. Para el lenguaje carcelario la marca advertía que era un "buchón". También se abrió una investigación hacia otro joven, que habría abusado sexualmente de él —el expediente señala que lo obligaba sistemáticamente a masturbarlo.

Pidió volver al Cemec, donde otro funcionario, con antecedentes por violencia doméstica, lo recibió a los piñazos, según denunciaron otros trabajadores. Llegó un momento en que cuando le preguntaban a Fabián quién lo había cortado, quién había abusado de él, quién le había pegado, él contestaba que nadie, que estaba bien, que no le habían hecho nada. Dormía tirado abajo de su cama. Un trabajador denunció que había otro interno que en las noches dormía sobre dos colchones para que Fabián no pudiera usar el suyo.

Él callaba. Había aprendido. Le habían enseñado a cerrar la boca.

Epílogo.

El director del centro —el que amenazó, según dijo Fabián, con trasladarlo al Ser en caso de reafirmar su denuncia— fue suspendido de sus funciones por 45 días, con el descuento de los correspondientes haberes. Hoy sigue trabajando en el Inisa, en un puesto jerárquico.

Juan fue preso al Comcar —sus abogados intentaron trasladarlo a Cárcel Central, pero el juez se negó. Ya está en libertad, y fue destituido.

Fabián, pocos días después de recobrar la libertad, la soñada libertad, mientras caminaba por Camino Belloni, vio cómo le estaban robando la cartera a una mujer. Corrió a los ladrones y cuando pretendió detener a uno de ellos recibió dos disparos de bala en la cabeza. Murió.

"Es uno de los pocos gurises que con esfuerzo se puede recuperar", había dicho Ruben el día que presentó la denuncia.

Las pruebas del horror en el Inisa

El caso de Fabián Tomé se suscitó entre mayo de 2012 e inicios de 2014. El País accedió al expediente completo de este tras un pedido de acceso a la información. El escrito tiene casi 800 páginas. Unas 50 personas declararon en el caso. Las autoridades del Inisa suelen recordar a Tomé cuando quieren explicar el poder que tienen los trabajadores bajo el liderazgo de Joselo López, quien ha deslindado más de una vez cualquier tipo de responsabilidad sobre la suerte que corrió el joven asesinado.

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