Una historia de terror

Durante diez años, su marido la sedó para que más de ochenta hombres la violaran, mientras él, atento, lo grababa todo. En 2022 se destapó el caso, y dos años más tarde, el señor Pelicot junto a cincuenta agresores, fueron condenados en un juicio que ella pidió se hiciera público para que la vergüenza cambiara de bando. Esta ahora lúcida y valiente mujer, lo cuenta en un libro.

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Gisèle Pelicot (Villingen-Schwenningen, Alemania, 73 años) dejaba puesta la mesa del desayuno antes de acostarse. La miel, las servilletas, los platos, los potes de mermelada. Al día siguiente, solo tendría que sacar la manteca y preparar las tostadas mientras el aroma del café invadía la cocina de la casita pdonde vivía con su marido. Era más cómodo, claro; pero con el tiempo, quizás fue ese uno de los pocos síntomas que emergieron inconscientemente mientras todo aquello estaba ocurriendo, y que le hicieron darse cuenta de que aquella costumbre podía ser un mecanismo para saltarse mentalmente las horas de cama. Como si su cerebro, por algún tipo de instinto de protección, se hubiera negado a procesar aquel tiempo.

Una de esas mañanas, Gisèle Pelicot recibió una llamada de la comisaría para acudir con su marido. Tenía 68 años y llevaba casada con aquel hombre medio siglo. Habían pasado altos y bajos. Pero sabía que era el hombre de su vida, por eso se habían retirado a aquella casita amarilla de persianas azules, en un pueblo de la Provenza adonde acudían regularmente sus hijos y nietos.

Dos meses antes, sin embargo, había ocurrido algo. El guardia de seguridad de un supermercado había encontrado a su marido grabando por debajo de la falda a varias clientas. La policía acudió al centro comercial y lo interrogó. Le confiscaron el móvil y el ordenador. Luego lo dejaron ir. De regreso a casa, él se lo contó a Gisèle, se echó a llorar y le dijo que no quería perderla. Y ella, como otras veces, decidió pasar página y esperó la llamada de la policía para declarar y olvidarse de la historia. Había decidido perdonarlo. Así que la visita a la comisaría sería un trámite. Pero al entrar, los separaron y ella se sentó en una habitación con un agente que le hizo algunas preguntas. En un momento dado, el funcionario quiso saber cómo definiría a su marido. “Un hombre bueno y amable. Un tipo genial, por eso seguimos juntos”, respondió ella.

—Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle —le advirtió entonces. Justo allí fue cuando comenzó la segunda mitad de la vida de Gisèle Pelicot, madre de tres hijos y siete nietos, quien descubre cómo esa parte de su biografía se derrumba. De repente, 50 años de matrimonio se convirtieron en una masa informe de recuerdos felices mezclados con el horror más extremo. También quedaron profundas lagunas provocadas por los medicamentos que durante diez años su marido fue capaz de suministrarle para entregarla a cincuenta hombres que acudían a su casa para violarla. En su compu había miles de fotos, videos y mensajes anunciando en una web de contactos la posibilidad de abusar de su esposa mientras estaba sedada.

El pasado lunes 26 de enero, Gisèle Pelicot aparece por la puerta de su nueva agencia literaria, encargada de la promoción del libro, Un himno a la vida (Lumen, 2026), en venta en España a partir de mediados de febrero. Escrito con la periodista Judith Perrignon, allí relata ese descenso a los infiernos sufrido, y el modo en que fue logrando rehacer su vida. Gisèle Pelicot está radiante. Sonríe y saluda alegre al periodista y a la fotógrafa, como si quisiera aliviar el peso que sabe que sienten sus interlocutores cuando la ven por primera vez, conscientes del dolor extremo que ha atravesado.

Aunque pueda resultar extraño, parece una mujer feliz. Está a punto de publicar un bestseller, lo que la llevará a viajar por el mundo, y vive tranquilamente en la isla de Ré con su nueva pareja, a quien conoció justo antes de empezar el juicio. Hoy es un símbolo de la lucha eterna de las mujeres contra la violencia machista, gracias a la dignidad y entereza con las que afrontó un proceso que pidió celebrar de forma pública para poner el foco en el banquillo de los acusados y no en las víctimas, como ocurre a menudo. “Es hora de que la vergüenza cambie de bando”, proclamó para explicar su histórica decisión que empujó a Francia a modificar leyes y a interrogarse sobre su propia naturaleza.

–Cuando empezó el juicio dijo que su vida era un campo en ruinas. ¿Cómo está hoy?
–Mucho mejor. Pude hacer un proceso de introspección y un balance de mi vida. Estoy intentando reconstruirla. Y la verdad es que va bien.

–¿La ayudó escribir este libro?
–El libro era una manera de conocerme, de entender cómo seguía de pie. Y creí que podía ayudar a otras personas. Podemos atravesar pruebas muy difíciles en nuestras vidas, pero tenemos recursos de los que no somos conscientes.

–¿Es posible integrar los buenos recuerdos de aquellos 50 años y separarlos del horror, para no amputar más de media vida?
–Intenté guardar lo mejor que viví con el señor Pelicot. Necesitaba saber que esos 50 años no eran solo una mentira. Separé lo negativo, los traumatismos, los encerré en un cofre, y tiré la llave. Solo guardo lo mejor. Viví mucho con él, nos enamoramos muy jóvenes y tuvimos tres hijos. Y eso no lo puedo borrar. A algunos les parecerá raro o sorprendente. Pero no conservo ni odio ni rabia. Solo un sentimiento de traición, de impotencia e indignación. El odio y la rabia te destruyen.

–¿Se puede llegar a echar de menos a alguien así?
–Tengo momentos de tristeza, por supuesto. Echo de menos las Navidades, los cumpleaños, el nacimiento de nuestros hijos o nuestra boda. Lo vivimos todo juntos. Pero solo había conocido la cara A del señor Pelicot. El hombre bueno, incapaz de esos horrores. Todo el mundo decía que éramos una pareja modelo. Cuando la policía me preguntó cómo lo definiría, dije que era un tipo genial. El suboficial Perret –quien condujo la investigación y a quien Gisèle asegura deberle la vida-, dijo que no había dormido en diez días pensando en cómo me lo iba a contar. Sabía que destruiría mi vida.

–El vigilante del supermercado que detuvo a su marido fue crucial. Ahí comenzó la investigación.
–Sin él no estaría aquí ahora. Pero fue amenazado después por los violadores y sus familias. Vivimos en una sociedad que cultiva la negación, pero aquel hombre me salvó la vida.También la perseverancia de Perret, que podía haber pensado que el señor Pelicot era solo un viejo inofensivo, pero igual decidió inspeccionar el material y comenzar la investigación.

–¿Cuál cree que hubiera sido el límite de su marido si no le hubieran descubierto?
–Me hubiera matado. Me sedaba continuamente, tenía cada vez más lagunas, no recordaba nada. Cuando traía a casa a sus hombres, me levantaba sin recuerdos. Hacía falta que algunas circunstancias me recordaran lo que ocurría, una llamada por la mañana de un amigo diciéndome que por la noche estaba extraña, diciendo cosas inconexas. Me preguntaba si había bebido, que no era coherente, repetía todo el tiempo las mismas frases. Luego le preguntaba al señor Pelicot y él respondía que me veía bien y que no preocupase a mis hijos.

–¿No ha recordado nada de todo aquello?
–Nada. Ningún recuerdo. Ni siquiera en mi cuerpo. Fui a ver a un especialista para ver si existía alguna memoria corporal. No encontró nada. Ni siquiera la parte física estaba ahí cuando me hicieron todo aquello, lo cual es una suerte. Cuando me levantaba y tomaba el desayuno con él, me miraba a los ojos como si nada hubiera ocurrido, después de que me hubieran violado. Cuando amas a alguien, es imposible imaginar que podrá hacer algo así.

–¿Le gustaría borrar el resto de los recuerdos de esta historia?
–No podemos olvidar, es imposible. Hay que vivir con ello. Yo he escrito este libro para dar esperanza a los otros y algo de color a mi vida. Quiero aprovechar los buenos años que me quedan por vivir, y estar rodeada de gente que me quiera. Ese es mi único objetivo.

–En el libro usted dice que es enemiga de la muerte. Pero en algún momento debió pensar que sería la mejor manera de terminar con su sufrimiento.
–El día en que volví de la comisaría, pensé en subir al coche con mi perro y terminar con todo. Pero fue un pensamiento fugaz, diez segundos. Combatí a la muerte desde pequeña, y sé que no seré eterna, pero quiero vivir.

–Supongo que debió perder la confianza en el género humano, y tal como cuenta, se apoyó en su perro.
–Ay... mi perro. Mi pequeño. Desgraciadamente me dejó en diciembre, tuvo un cáncer y tomé la decisión de acompañarlo (llora), pero por favor, no me haga hablar de esto porque es lo único que no puedo hacer sin llorar, y se me va a correr el maquillaje (sonríe). Sin él no sé si lo hubiera logrado.

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Pelicot afirma sobre su libro de memorias: “Era una manera de conocerme, de entender cómo seguía de pie. Y creí que podía ayudar a otras personas”.

–¿Ha encontrado una explicación al comportamiento de su marido?
–Tuvo una infancia muy complicada, con un padre tiránico y autoritario. Sufrió una violación a los nueve años en el hospital, luego participó en otra colectiva cuando adolescente..., pero no es excusa de nada. Tendría que haber sido supervisado, vigilado. Sin embargo, había escondido esa faceta de su personalidad. Su abogada dijo una frase muy bonita en el juicio: “La señora Pelicot lo reconcilió consigo mismo, pero no lo curó”.

–Usted siempre alabó el trabajo de la abogada del señor Pelicot…
–Fue la más elegante. El día que llegué al tribunal de Aviñón, había 44 letrados desafiándome. Pero ella atravesó la sala, me estrechó la mano y me dijo: “no le haga ningún regalo”. Nunca me agredió, siempre fue amable. Supongo que también porque el señor Pelicot lo había reconocido todo y los vídeos no dejaban lugar a duda. Ella sabía que yo no era responsable, tampoco consciente ni culpable de nada. Y eso incomodó a los otros abogados. “La señora Pelicot no es mi adversaria”, les dijo.

–La apodaron la abogada del diablo.
–Sí, pero asumió su papel, porque todo el mundo tiene derecho a una defensa, incluso para lo indefendible. Al señor Pelicot lo llamaron monstruo. Para mí sigue siendo solo un ser humano que cometió actos monstruosos.

–La defensa también quería demostrar que el señor Pelicot no era el jefe de orquesta.
–Pero lo era. Aunque esos individuos sabían que estaba sedada, se conectaban a aquella web y venían con plena consciencia a violar a una mujer inconsciente. La mayoría veía que algo no iba bien. Pero se excusaban. Uno dijo que me notó caliente. Otro que iba a denunciar, pero que se levantaba muy temprano por la mañana, y finalmente no lo hizo. Alguno sostenía que el señor Pelicot los amenazaba..., pero en los vídeos se ve cómo están compinchados. El nivel de negación es brutal. La sumisión química es un instrumento de la violencia, y la violencia es un instrumento de la dominación masculina. Es solo eso.

–Escuchándolos, parecía que nunca entendieron lo que es una violación.
–Lo sabían muy bien, aunque no estuvieran intelectualmente muy asentados. Pero sabían que eso los condenaría. La terminología es importante. Y eso también es un problema. Al principio, el presidente del tribunal hablaba de escenas de sexo. Me enfadé, le dije que eran escenas de violación, y que tenía la sensación de que la culpable era yo, y que eran 51 las víctimas. Sus abogados los prepararon para declarar que no estaban violando, que su cerebro no estaba ahí... Escuché argumentos ridículos sobre la responsabilidad de sus actos. Pero todos fueron condenados.

–Había una víctima para 51 acusados. Eso también era excepcional.
–Sí, normalmente es al revés. Y era de una enorme violencia, muy raro. Porque tenía todas las pruebas. Los videos mostraban uno a uno los delitos y a los culpables. Y aun así, había abogados que sostenían que yo era cómplice, sospechosa. O incluso que había consentido aquello.

–No solo ellos. Muchos, al principio, incapaces de encontrar explicaciones a aquel horror, se hicieron esas preguntas.
–Lo sé, decían que no era posible que no me enterara de nada. Pero no comprendían que sufrí anestesias generales. Consulté con neurólogos que me decían que estaba ansiosa, que había tenido un ictus o que sufría síntomas de Alzheimer. Los ginecólogos me decían que tenía una infección en el cuello del útero. Y de hecho, me provocó un papiloma del que me operaron en noviembre. Y todo eso es consecuencia de las violaciones. Pero me trataron como si fuera culpable. Por eso digo que esta sociedad cultiva la negación. Y eso debe cambiar.

–¿Cree que es algo masculino?
–Sí, la violencia es un instrumento de la dominación masculina. En Francia hemos votado la ley sobre la definición del consentimiento. Es un avance. Pero el camino es largo todavía.

–¿Qué sociedad encontró cuando explotó el caso? Me refiero a médicos, policías, jueces, servicios sociales...
–La sociedad no estaba preparada para un caso como el mío. Ni siquiera el presidente del tribunal lo estaba. Intentaba proteger a los abogados de la defensa. Yo tenía la impresión de que tenían derecho a insultarme, a humillarme, a pedir videos en los que claramente no era yo la que aparecía para intentar probar mi consentimiento... Se dudó de mi legitimidad. Hicieron dudar incluso a mis abogados, con los que trabajé tres años. Yo nunca había consentido que el señor Pelicot me fotografiara.

–Usted decidió abrir las puertas del tribunal para que todo fuera público. Y aun así, sufrió esas humillaciones que relata.
–Al principio yo quería puerta cerrada total. Me escondí durante cuatro años. Prefería que nadie supiera quién era, proteger a mi familia. Pero mi hija me dijo un día: “mamá, les vas a hacer un regalo increíble”. No me sentía capaz, pero en mayo de 2024, caminando por el campo, me dije que la vergüenza debía cambiar de bando. Mis abogados se sorprendieron. Me dieron una semana, pero al día siguiente se los confirmé. Me advirtieron que los acusados no me lo perdonarían y que me desafiarían. Y así fue. Pero me había propuesto que la vergüenza cambiase de bando: un juicio de este tipo suele ser una doble pena para las víctimas. Había que trabajar para el colectivo, luchando contra esa vergüenza.

–La frase se convirtió en un gran slogan, y curiosamente la había pronunciado otra Gisèle, mucho tiempo antes.
–Sí, la abogada Gisèle Halimi, cuando defendió en 1978 a dos mujeres que habían sido violadas por tres hombres. Ella consiguió entonces que el juicio no se hiciera a puerta cerrada para que la ciudadanía tomara parte en el debate. Aunque yo no lo recordaba, la decisión fue una victoria. Ellos se habían preparado para un juicio a puerta cerrada, sin que nadie pudiera saber lo que ocurría o decían. Y cuando escucharon que no sería así, sentí su mirada, lo que pensaban: “¿quiere jugar a esto? Pues ahora verá…”.

–¿Cómo hizo para liberarse del sentimiento de odio y venganza?
–Siempre funcioné así en mi vida. Intento meterme en una burbuja y que la rabia y el odio no entren. Pongo barreras. Sentí humillación y traición. Pero tenía preguntas que hacer al señor Pelicot y quería respuestas. Además, no quise dar ese lujo a los abogados de la defensa, que buscaban que me poseyera el odio. Yo solo quería ser positiva, y tenía métodos para estar tranquila. A veces miraba fotos de mi familia, y de lugares que me gustan.

–¿Por qué decidió mantener el apellido Pelicot?
–Me divorcié el mismo día que empezaba el juicio; dejé de tenerlo (era el apellido de su marido que ella adoptó con el matrimonio). Pero lo mantuve por mi familia y por mis nietos. Lo hice públicamente y a propósito, para equilibrar las cosas. No quería que mis nietos se avergonzaran por llevarlo, quise que pudieran estar orgullosos. A partir de ese día, Pelicot sería su abuela. Y sabe, mi nieta pequeña llegó un día a clase y su profesora le habló de mí. Le dijo que había hablado en nombre de todas las mujeres. Y mi nieta pudo estar muy orgullosa.

–La relación con su familia, especialmente con su hija, fue complicada. Ella y un segundo hijo se distanciaron de usted por algunas decisiones que no compartían. Incluso la dejaron sola en Fin de Año y Navidad, sin ver a sus nietos, en el peor año de su vida.
–Mire, es falso que los dramas unen a las familias. Un drama de este tipo es una deflagración que se lleva todo por delante. Y cada uno intenta reconstruirse como puede, como sabe. Y para Caroline fue muy duro, porque además tiene una duda que puede ser una condena perpetua: en la computadora del señor Pelicot había fotos de su hija desnuda, aparentemente sedada, que invitan a pensar, aun cuando él lo negase, que pudo violarla. Nuestras relaciones están mejorando, hemos retomado el contacto y ella se está curando. Es como una larga enfermedad que necesita tiempo.

–Han estado mucho tiempo sin hablarse, incluidos los días del juicio.
-Es verdad que el diálogo se rompió en un momento dado, pero quizás fue algo que necesitábamos, porque somos todos muy diferentes y cada uno afronta su sufrimiento como puede. Ellos estaban muy cerca de él. Era un padre omnipresente, que parecía bien intencionado y cuidadoso. Era un buen marido también. Así que todos sufrimos esa deflagración inesperada, capaz de destruir una familia.

–Su hija cree que el juicio no fue satisfactorio para ella.
–Lo sé. Dice que es la gran olvidada de este proceso. Sigue con esa duda terrible. Y al final, denunció a su padre. No sé cómo acabará todo, pero espero que obtenga las respuestas que busca y que pueda repararse. Es muy complicado para las víctimas no ser reconocidas como tales. Y ella cree que lo es.

–¿Usted qué cree?
–Yo también tengo esa duda que me perturba. En las dos fotos que vi parece dormida. No se puede comparar con las mías, pero en las imágenes hay una mirada incestuosa hacia su hija. Y eso es intolerable.

–Si prospera la denuncia, habrá otro proceso. ¿Le inquieta volver a entrar en un tribunal ahora que está rehaciendo su vida?
–Estaré ahí, la acompañaré.

–Usted dice en el libro que quiere ir a la cárcel a ver al señor Pelicot para obtener más respuestas.
–Durante el juicio no pude hablar con él, hacerle preguntas directamente. No he ido a verle todavía, pese a los rumores. Pero lo haré, porque pronto llevará ahí seis años. Quiero hablar con él y tener algunas respuestas que no sé si me dará. Necesito encontrarle.

–Durante el proceso, emergieron otros dos casos mucho más antiguos de violaciones no resueltas en los que estaba involucrado. Uno terminó en asesinato. ¿Cree que pudo ser capaz?
–En noviembre de 2022 me llamó la policía. Estaba enferma, en el sofá. Y me hablaron de ello. Hay un intento de violación en mayo de 1999, pero no tengo ningún recuerdo extraño. Se encontró el ADN del señor Pelicot, pero hubo un fallo en la custodia de las pruebas, y prescribió. Imagino que esa mujer no se habrá podido reconstruir porque no tuvo su proceso y no fue reconocida como víctima. Tiene dos hijos y no quiere mostrarse, y lo entiendo. Además, hay otro caso con una muerte con violencia. Digo que es presunto inocente. Y solo espero que no sea el autor porque sería otro descenso a los infiernos.

–La persona que la espera en la sala contigua es su nueva pareja. Es increíble que el amor pueda surgir en medio de un proceso de ese tipo.
–Como se puede imaginar, no pensaba enamorarme en medio de todo lo que estaba ocurriendo. Pero el destino me puso delante a una persona increíble, con valores verdaderos, que cambió mi vida. Yo necesito amar. Pero no a cualquiera, ¿eh? Nada de Internet, que estoy traumatizada de por vida con ese asunto. Eso ya lo hizo el señor Pelicot (se ríe).

–No ha perdido el sentido del humor y ya puede bromear con este tema.
–Tampoco he perdido la alegría de vivir. No hay que perder la esperanza. Durante el proceso se habló mucho de la banalidad del mal. Esa idea de que los violadores eran gente corriente, nuestro vecino. Eran gente común, eso es así. Había un segmento de edad que iba de 22 a 70 años. De todas las categorías... Pero no hay que mezclar cosas. Eso no vale para meter a todos los hombres en el mismo saco. No hay que dividir entre hombres y mujeres. Estamos hechos para vivir juntos.

–Cuando terminó el juicio, usted dijo que no quería que este fuera un proceso de las mujeres contra los hombres.
–Siempre he sido una mujer libre, independiente financieramente. También cuando estaba con el señor Pelicot. Yo no soy una feminista radical, pero nunca conocemos de verdad a la persona con la que vivimos. Las mujeres de los violadores que testificaron, por ejemplo, siempre negaron que ellos hubieran podido hacer algo así. Yo podría haber sido una de ellas. Es muy difícil aceptar que vives con un violador. Mi familia fue destruida, pero también otras cincuenta. Muchas de esas mujeres no trabajan, dependían de sus maridos, tienen hijos pequeños. Siempre me pareció alucinante que hubiera unas ochenta personas (los 51 condenados, más una treintena que nunca fue identificada) dispuestas a violar a una mujer inconsciente en un radio tan pequeño. Había un criterio de proximidad, incluso de comodidad, para cometer los crímenes. Es algo universal, hay casos parecidos en muchos sitios. La sumisión química es un instrumento de violencia. Y por mucho que votemos leyes, no cambiará si no se modifica la educación de los chicos, si no se inculca el respeto al prójimo. La mentalidad debe cambiar.

–¿Cree que por esa densidad de hombres dispuestos a ir a su casa, el juicio se convirtió en un proceso a los hombres?
–Sí, muchos hombres se hacen hoy preguntas. Algunos me paran por la calle y me dicen que han cambiado su comportamiento, sus bromas, su manera de tratar a su pareja. Pero el señor Pelicot nunca tuvo una mirada incorrecta o nada que pudiese delatar su otra cara.

–Si había tantos hombres dispuestos a violarla en un radio tan pequeño y en ese tiempo, ¿cuántos habría en todo el país?
–Este fin de semana, un programa de televisión hizo un experimento. Pusieron un anuncio parecido al que colgó mi exmarido en Internet para violar a una mujer dormida. La foto era de una mujer hecha con IA. Decía, vengan a acostarse con mi mujer dormida: tiene 50 años. En 48 horas tuvo 30 peticiones de personas que iban desde los 26 años a edades considerablemente mayores.

–¿Cree que en su caso, Internet con sus efectos, tuvo un peso importante?
–Por supuesto. Todos esos hombres podían encontrar cualquier cosa, por muy pervertida que fuera. Y la prueba es que la policía cerró aquella web en junio, pero hay otras dos que siguen abiertas. Nunca llegarán a cerrarlas todas. Y con la pornografía ocurre lo mismo, es dramático que nuestros niños tengan acceso ilimitado a ese mundo y experimenten ahí su sexualidad. Hay que limitarlo, restringirlo, poner códigos, educar en el colegio, hablar de todo eso. Si uno entra en ese engranaje, es muy difícil salir. Es como la droga, una adicción.

–En el proceso de apelación, se proyectaron de nuevo videos grabados por su ex marido. Entonces él bajó la mirada y el juez le preguntó por qué lo hacía, a lo que respondió: “porque me sigo excitando”.
–Fue muy impactante. Pero es que en el mes de octubre de aquel año, cuando fue sorprendido en el supermercado y empezó la investigación, probablemente ya sabía que pronto sería detenido, e igual me sedó y violó tres veces. Cada vez con más frecuencia porque sabía que ya no volvería a casa. Quería aprovechar ese tiempo. No sé cómo sigo viva.

–¿Es posible perdonar?
–Perdonar es muy complicado, pero no quiero y no voy a vivir en el odio.

–¿Qué le gustaría hacer a partir de ahora?
–El libro es un testamento y un mensaje de esperanza. Pero siempre tendré una mirada atenta a lo que ocurre. Y si puedo ayudar, incluso en facultades de Medicina para explicar lo que fue, lo haré. Pero ahora solo quiero viajar, estar tranquila. n

(Derechos exclusivos, El País de Madrid).

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