Fue rebotero por prescripción médica

| Si no fuera por su falta de equilibrio adolescente el básquetbol se hubiera perdido el pivot más alto

SILVIA PEREZ

A los 17 años ya medía 2 metros 07. Era muy desgarbado y le costaba equilibrar su cuerpo. El médico le indicó que jugara al básquetbol porque eso lo ayudaría con el equilibrio y la fuerza muscular. Le hizo caso y comenzó a jugar en el club Centenario Uruguay de su Paysandú natal. Al año siguiente ya integraba la selección juvenil sanducera. "Seguramente más por alto que por otra cosa", aclara ahora el Dr. Mario Viola.

En el año 72 vino a Montevideo para estudiar pero la noche montevideana lo atrapó con sus tentaciones. Se destacó defendiendo a Aguada y compartió los rectángulos con la Facultad de Medicina, recibiéndose a los 30 años. Es traumatólogo y hoy, a los 51, mantiene intactas sus ganas de jugar.

MALCRIADO. Hijo de un empleado de la aduana y de una ama de casa, tenía dos hermanas mucho mayores que él, que se casaron cuando todavía era pequeño. "En una familia de adultos yo era el único niño. Fui más hijo único que otra cosa y tenía muchas madres. Hermanas, abuelas, tías, todas dispuestas a complacerme. Decía que algo no me gustaba y siempre había alguien dispuesto a prepararme otra cosa para comer. En realidad, sigo siendo mal enseñado, mi mujer no me pudo cambiar. Por ejemplo, nunca probé el pescado ni los mariscos".

LA FAMA. Fue un excelente alumno, de los que pasan todos los años con Sote y llevan la bandera, tanto en la escuela No. 6 como en el liceo público de Paysandú. "Creo que yo tenía condiciones para el estudio, y además, mis hermanas, que eran las dos maestras, me ayudaban mucho". Hizo preparatorios de Química y se mudó a Montevideo para cursar la Facultad de Química, pero cruzó la calle y se cambió para Medicina. "No di pie en bola en Química, era muy difícil y era una época muy difícil para estudiar. La transición del niño super mimado del interior a estar solo en Montevideo, viviendo en una residencia estudiantil y ser conocido por el básquetbol, me costó mucho. Se te llena ‘el que te dije’ de papelitos y no lo sabés manejar".

No vino a Montevideo a jugar al básquetbol, sino a estudiar, pero en cierta oportunidad en que Aguada había ido a jugar a Paysandú, el técnico Ruben Bulla, que posteriormente sería muy importante en la vida de Viola, habló con sus padres para que pasara a la institución aguatera. "El básquetbol fue una consecuencia del estudio. En esa época creía que la fama era lo más importante. No le daba el tiempo necesario al estudio y aquel estudiante brillante se convirtió en uno de los peores. Me gustaba la noche, aunque no tomaba alcohol y nunca me drogué. En ese momento no había como ahora. Eso sí, fumaba un paquete de cigarros por día. Lo hacía desde antes de venir a Montevideo, jugando fumé y hoy, como médico, sigo. No es fácil dejarlo".

MAESTRO. Su relación con el entrenador Ruben Bulla fue fundamental, sobre todo en sus primeras épocas en la capital. "Bulla era un maestro de la vida y del básquetbol. Era director de la biblioteca del Palacio Legislativo. Un tipo muy culto que siempre andaba con un montón de libros abajo del brazo, y no para pasearlos, sino porque los leía. Yo era muy haragán y siempre ponía una excusa para no practicar. Entonces, Bulla, lejos de enojarse me preguntaba cuándo podía entrenar y a la hora que yo pudiera él entrenaba conmigo. Aprendí mucho con él. Además, fue fundamental en mi llegada a Aguada porque cuando fue a hablar con mis padres, les impresionó muy bien. Ellos querían que yo siguiera estudiando y con Bulla tenía asegurados libros y consejos. Yo era hincha de Peñarol y soñaba con vestir la aurinegra, pero mis padres se decidieron por Aguada. No estoy arrepentido, me hice hincha de Aguada enseguida y hoy soy hincha de Aguada y de Peñarol".

ADIOS. Dejó de jugar a los 34 años. Ahora es común que la gente de esa edad siga jugando, pero Viola ya era médico y no tenía mucho tiempo. "No veía nunca a mis hijos, me iba de casa cuando estaban durmiendo y volvía cuando ya se habían acostado. Además, no podía entrenar dos veces por día. Me enojaba y hacía cosas que no hay que hacer en una cancha porque no me daba el físico. Entonces, antes de que me echaran, me fui solo. Hoy todavía tengo ganas de jugar, pero tuve dos fracturas graves, de tibia y fémur, y no quiero arriesgarme a otra. Aún hoy veo un partido y me dan ganas de entrar. Soy el médico de Aguada y me dan ganas de entreverarme en las prácticas. El otro día jugué 10 minutos en la despedida de Jeff Granger. Hice papelones, pero me quedé con ganas de seguir jugando".

SEÑOR. Hoy, Viola es el traumatólogo de Aguada, además de ser dirigente y delegado de la institución. También trabaja en el CASMU, Casa de Galicia, SMI, Banco de Seguros y atiende en su consultorio particular.

Comenzó a estudiar Medicina en el 75 y se recibió en el 84. Además de jugar al básquetbol y estudiar trabajaba en la barraca de hierro del presidente de Aguada. "Aprendí cosas que no te da la facultad sino el boliche y la calle. La facultad te enseña cosas que podés aprender sólo ahí, pero la calle te da otras, que también aprendés sólo ahí. Jugué en dos clubes de barrio y en un grande y eso me dejó mucho. Me dio otra perspectiva de la vida. Yo a mis pacientes les hablo con la verdad. "Mire viejo, está quebrado y esto le va a doler". les digo. Si les hablás en idioma técnico la mayoría no te va a entender y lo más importante es que el paciente entienda lo que le pasa. Hay muchos médicos y otros profesionales que se creen superiores a los demás. A mí si me preguntan cómo quiero que me llamen, doctor o señor, yo siempre prefiero el señor. De médico se puede recibir cualquiera, ser señor es otra cosa".

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