Tres años inusuales

Cuando se acerca el 1° de marzo de cada año es natural que se haga un balance político de lo ocurrido desde el inicio de la administración: se trata de un sano ejercicio de control y crítica acerca de la actuación del gobierno electo por la mayoría de los uruguayos.

En este caso, es evidente que estos tres años fueron muy particulares. Aunque suene reiterativo, importa mucho que a medida que nos vamos alejando de los momentos más graves de la crisis de la pandemia, valoremos en su justa medida la forma y el fondo de cómo el gobierno, acompañado por la amplia mayoría del país, enfrentó ese enorme desafío. Y cómo, también, una oposición que nunca terminó de digerir su derrota en 2019, se ocupó de criticar sin dar pausa y eludió permanentemente cualquier signo de unidad nacional ante la catástrofe que atravesaba el mundo entero.

Hay algo que todo el mundo sabe pero que importa recalcarlo: el resultado del pasaje de la pandemia por el Uruguay hubiese sido muy diferente, y tremendamente negativo, si quienes hubiesen triunfado en noviembre de 2019 hubiesen sido Martínez-Villar. El país tomó el camino de la libertad responsable, ese que aseguró la solidaridad con los que más la precisaban pero que también mantuvo prendido los motores de la economía y del esfuerzo privado para poder salir adelante. De ninguna manera fue el camino que promovió el Frente Amplio (FA), que más bien sugirió que la mejor solución era cerrar todo y tomar como modelo lo que ocurría en Argentina.

Ese norte de la libertad responsable permitió asegurar al oficialismo dos triunfos electorales muy importantes que también fueron excepcionales en el mundo: en efecto, apenas fueron a las urnas, la inmensa mayoría de los gobiernos que enfrentaron la pandemia terminaron siendo sacados del poder por el voto popular. Aquí, por el contrario, ocurrió que, en setiembre de 2020, 16 departamentos sobre 19 votaron por partidos de la Coalición Republicana (CR) para dirigir sus Ejecutivos, en un triunfo a todas luces aplastante; y también en marzo de 2022 el pueblo volvió a ratificar el rumbo elegido en 2019, al apoyar los artículos de la ley de urgente consideración que la izquierda quería ver derogados en un referéndum.

Fueron pues dos primeros años muy marcados por episodios y decisiones completamente fuera de lo común. En esas circunstancias, otro factor político clave resultó lograr una performance llamativamente positiva: la CR, de reciente formación en 2019, mantuvo firme el timón del gobierno, no se quebró, cumplió con sus compromisos electorales y, además, concurrió en unidad a las urnas para defender el proyecto oficialista en marzo de 2022.

Es evidente que el talante del gobierno de Lacalle Pou no es hacer la plancha en nada. Han sido años muy particulares, pero nadie podrá decir que no ha habido voluntad de cumplir con las promesas electorales.

Pero lejos de dejarse estar y vanagloriarse de merecidos laureles, por ser una de las democracias que mejor enfrentó la pandemia y más garantizó los derechos y las libertades inalienables de los ciudadanos, en este último año el oficialismo ha puesto sobre la mesa dos reformas fundamentales. Por un lado, luego de la ratificación popular, se dedicó a implementar la tan necesaria reforma de la educación. Por otro lado, con el compromiso claro de cumplir con una fuerte promesa electoral, planteó un proyecto inteligente, de largo plazo y de aplicación paulatina, para una impostergable reforma de la seguridad social.

Mientras que todo esto ocurre, hay otras dimensiones que no pueden soslayarse en un balance de tres años muy relevantes. Por un lado, es innegable que estamos mejor en seguridad pública que cuando el FA entregó el poder en marzo de 2020. Por otro lado, es innegable también que hay resultados económicos que, a pesar del golpe terrible de la pandemia, empiezan a mostrar rostros positivos, como la baja de la inflación, el control del déficit fiscal, el récord de exportaciones, la recuperación del salario real, la baja del desempleo y la excelente nota internacional de nuestra deuda pública.

¿Acaso todo esto es suficiente? Es evidente que el talante del gobierno de Lacalle Pou no es hacer la plancha en nada. Se prevé un anuncio en estos días que cumpla con otra promesa electoral clave: la baja de impuestos a salarios y jubilaciones. También, se empieza a ver por todas partes el resultado del ambicioso plan de inversiones en infraestructura. Finalmente, hay un fuerte impulso de apertura internacional que favorecerá la competitividad de nuestros productos.

Han sido años muy particulares, es cierto. Pero nadie podrá decir que no ha habido voluntad de cumplir con las promesas electorales y de enfrentar con coraje y libertad responsable los enormes desafíos del país.

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