En estos días ha sido frecuente ver a gente en los supermercados comprando bidones de agua en cantidades. Si bien la imagen parecería ser la de una compra casual, trae sin embargo recuerdos de horas complicadas: la de la brutal sequía que generó una crisis de abastecimiento de agua a la zona metropolitana del país.
Vuelve entonces el temor a que aquello se repita. Por un lado, porque la actual sequía preocupa, aun cuando no haya llegado a los niveles de 2023. Por otro lado, porque en estos días en muchas zonas de Montevideo, el agua de canilla salió turbia en varias ocasiones, con fuerte olor y sabor a cloro; sabor que contamina todo lo que se cocina, el café, el mate o el té y hasta el hielo.
Es inevitable que ante estas señales, todavía tenues, se reflote un tema que en realidad no debería seguir dando vueltas: el de optar por el mejor sistema de abastecimiento de agua para una zona donde vive la mitad del país. Como se sabe, a comienzos del año pasado debían empezar las obras para construir la planta en Arazatí, a orillas del Río de la Plata. De haber sido así, hoy estarían algo más avanzadas.
Sin embargo, ni bien asumió el gobierno frentista, las obras fueron canceladas y se apuntó a un proyecto que en su período anterior el Frente Amplio había querido impulsar y nunca concretó. Regresado al gobierno, optó por reflotar su proyecto de construir una represa sobre el arroyo Casupá y rechazar el que estaba a punto de ponerse en marcha. La sequía del 2023 con sus duras consecuencias, incorporó un dato nuevo para analizar cuál de los dos proyectos era mejor.
De haber estado en funcionamiento la planta de Arazatí, los efectos de aquella sequía no se hubieran sentido en cuanto dar agua potable, limpia y sin sal a la población metropolitana. De haber contado con la represa de Casupá, en cambio, la crisis hubiera empezado apenas unos días más tarde, al agotarse una reserva que estaba en la misma zona de sequía.
Esto es evidente y por lo tanto, lo que hubiera correspondido era continuar con Arazatí y dejar de lado el plan de Casupá, que es parte de la zona que se convierte en problemática cada vez que hay una sequía prolongada. No se hizo entonces, pero ante estas tempranas señales, el gobierno debería reconsiderar su postura antes de que se convierta en un desastre irreversible.
“No jugar con el agua” advirtió el exministro Pablo Mieres en una columna publicada en este diario, otra voz más que analiza la situación y pide al gobierno que de marcha atrás en su intención.
En definitiva, es una propuesta que implica expropiar muchos terrenos lo cual significa un costo enorme y los propietarios a ser expropiados se resisten a perder tierras en aras de un proyecto que poco aportará al país. Arazatí por su parte, apenas necesita un espacio reducido para almacenar y potabilizar el agua.
Para hacer el embalse de Casupá será necesario talar mucho monte nativo con el impacto ambiental que eso significa. Pese a que los asuntos ecológicos han sido una preocupación tradicional de la izquierda, nadie levantó la voz ante lo que se viene. El proyecto de Arazatí, en cambio, no necesita hacer semejantes talas.
En caso de una sequía prolongada que afecte al río Santa Lucía, también afectaría al arroyo Casupá, con lo cual el aporte que haría ese embalse sería de muy corta duración. Arazatí en cambio, cuenta con agua todo el tiempo necesario.
La evidencia es tan contundente que cuesta entender la tozuda decisión del gobierno. Tarde, lamentablemente, pero llegará el momento en que tendrá que dar cuenta de su error ante la sola evidencia y arrepentirse de no haber escuchado la voz de la razón y del sentido común.
Porque de eso se trata, del más puro sentido común. Hacer lecturas interesadas, partidistas o ideológicas de porqué tanta gente piensa que es mejor Arazatí que Casupá, es mostrar una visión miope, muy corta de la realidad.
Para el gobierno, y en especial para la militancia frentista, la decisión puede ser parte de esa postura de ir contra todo lo que dejó su antecesor, haya servido o no. Pero la realidad puede más. Y es abrumadora la ventaja de usar agua del Plata,
La evidencia así lo demuestra y hoy ante estas señales de una amenazante sequía y algunas dificultades para proveer agua limpia, deberían obligar a una pausa, repensarlo todo de vuelta y atenerse al plan original. La tozudez podrá disfrazarse de ideología, de soberbia o de lo que sea, pero termina siendo muy dañina.
Todavía estamos a tiempo.