¿Sabremos cumplir?

Frases hechas, conceptos trillados, proyectos mentalizados pero no ejecutados y cosas por el estilo conforman una categoría que perfectamente da cabida al tantas veces pregonado y publicitado país productivo o progresista. Nadie sabe bien en qué consiste, pero todos adherimos a él. Alguna luz nos brinda la etimología: progresar y producir están emparentados por sus raíces latinas. El primero de estos términos significa avanzar, marchar hacia adelante, mientras que el segundo quiere decir llevar adelante algo, impulsarlo. El protagonista, pues, es quien conduce, quien quiere avanzar hacia un objetivo. Alguien debe tener ese propósito, esa intención. ¿Quién? ¿La dirigencia política, la empresarial, la sindical? La respuesta correcta es: todos, todos nosotros. O sea: cada uno de nosotros en cada una de todas las actividades que desarrolla la sociedad. Estaríamos, así, en presencia de una mística colectiva que, por definición, se opondría a todo indicio de sectorialismo, partidismo excluyente, ideología dogmática o abulia social.

Todos los esfuerzos han de convergir en hacer de nuestro país un país mejor de lo que es. Ésta habría de ser la máxima rectora.

A fines de 2009, el entonces vicepresidente electo, contador Astori, en el almuerzo anual de la Asociación de Dirigentes de Marketing, señalaba cuáles serían las grandes líneas que habría de seguir el gobierno que estaba a punto de instalarse y, en especial, advertía que había que hacer un esfuerzo gigantesco tanto en materia educativa como en lo referente a la reforma del Estado. Agregaba que existían dos grandes obstáculos, ineludibles, que era necesario superar: uno, la mentalidad conservadora del uruguayo medio y, otro, las actitudes corporativas de numerosos sectores que velaban por sus propios intereses pero no por los nacionales.

En verdad, no sabemos si, como se insinúa, la mayoría de nuestra población es o no retrógrada porque el Uruguay es, a no dudarlo, en muchos aspectos muy importantes, un país de avanzada aún a nivel mundial mientras que en otros, formamos parte de la masa pero no de la levadura.

Lo indiscutiblemente válido del planteamiento del Cdor. Astori, es su referencia a las actitudes corporativas o, mejor dicho -aunque fuera políticamente incorrecto para el entonces vicepresidente electo- las actitudes sindicalistas. Porque la sistemática, abrumadora y hasta despiadada ola de paros generales y parciales, huelgas, movilizaciones y ocupaciones que está descalabrando al país gobernado, precisamente, por el Frente Amplio, es clarísimamente incompatible en la marcha hacia adelante de cualquier sociedad.

Hemos llegado al colmo de que se interrumpa la corriente eléctrica durante una sesión parlamentaria obligando a los diputados a comunicarse a los gritos o mediante celulares. Obviamente, no fue un corto circuito el causante de esa interrupción sino la decisión de un grupo de funcionarios.

Da la impresión de que nuestro país ha sido abandonado a su suerte por parte de las organizaciones sindicales, de quienes las manejan o de quienes las inspiran. Hablan siempre de mejorar sus salarios pero nunca de aumentar la productividad. Creen, o fingen creer, que los salarios responden a la voluntad de los "exploradores" o a los decretos gubernamentales y no a cantidad y calidad de lo que se produce.

La cultura del paro -ya incorporada al modus vivendi uruguayo- ha cumplido con su razón de ser: ha paralizado al país, lo ha condenado a no avanzar más, lo ha inmovilizado en la mediocridad y ha elevado a un sitial esterilizante excusas tales como "yo no soy responsable" y "la culpa la tiene el otro", tanto desde el punto de vista individual como social y nacional.

¿Cuando reaccionaremos contra esta mentalidad retrógrada? ¿Cuándo comenzaremos, desde los bancos de las escuelas primarias, a tratar de implantar la cultura no del paro sino del trabajo, de la creatividad, de la alegría por el esfuerzo realizado?

El destino del país lo demanda y lo espera. ¿Sabremos cumplir?

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