El gobierno completará el próximo miércoles el tercero de sus cincos años. El Presidente de la República se apresta a obedecer el numeral 5º del artículo 168 de la Constitución, que manda “Informar al Poder Legislativo, al inaugurarse las sesiones ordinarias, sobre el estado de la República y las mejoras y reformas que considere dignas de su atención.” Igual que los Presidentes anteriores, podría limitarse a remitir un informe escrito, pero el Dr. Lacalle Pou irá en persona, como lo hizo desde que asumió.
Ese gesto es habitual en otras democracias, pero no lo ha sido en la nuestra. Por tanto, no debe pasarnos inadvertido puesto que se enraíza en el ideal republicano de gobernar y ser gobernados en diálogo que asegure la razonabilidad. Se entronca con la obligación de todo gobierno democrático: explicitar la motivación de cada decisión y declarar los fines con que resuelve cada acto.
La actitud no nos debe pasar inadvertida, puesto que en los tres gobiernos del Frente Amplio, ni el más locuaz ni el más taciturno de los Presidentes acudieron al Palacio Legislativo a rendir cuentas en vivo y en directo.
Y no debe pasarnos inadvertida, además, por un bien público que está por encima de todos los lemas: en este 1º de marzo se completarán 38 años del restablecimiento de la libertad y el Derecho a partir de la asunción presidencial del Dr. Julio María Sanguinetti. Esa cifra sobrepasa holgadamente los 28 años que duró la regularidad institucional entre fines de 1904 y el golpe de Estado de marzo de 1933. Sobrepasa asimismo los 30 años de vida democrática que supimos tener desde 1943 a 1973, soportando desde 1963 -asalto al Tiro Suizo- los secuestros y asesinatos que los tupamaros le infligieron a la República, dando pábulo a los desbordes militares y ayudando a entronizar la dictadura que duró hasta 1985.
Por tanto, desde 1830 hasta ahora, esta es la primera vez que nuestra nación vive cuatro décadas continuas con libertad, legalidad, puntualidad electoral y garantías, sin quiebre por un golpe de Estado. Rotaron en el Poder Ejecutivo, como Presidentes y Ministros, ciudadanos de todas las militancias. No es poco mérito que el poder haya sido entregado de uno a otro siempre sin hesitación y hasta con cortesía, incluso cuando llegaban y cuando se iban admiradores notorios de tiranías, como las de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Debemos adquirir conciencia histórica de esta etapa sin precedentes. Con la reciedumbre de nuestras disparidades y pese a groserías y fanatismos, estamos logrando una estabilidad institucional de la cual es una muestra el mensaje que pronunciará el Dr. Lacalle Pou ante el Parlamento: es un símbolo republicano cuyo valor debemos apreciar independientemente de concordar o discordar con lo que vaya a decir.
El gobierno tiene cosas positivas en su inventario. Venció a la pandemia: desde la libertad responsable, vacunó a tiempo y ahorró encierros calamitosos. Logró una recuperación económica que superó las expectativas. Tiene la valentía política de encarar la reforma de la educación y la seguridad social. Combate la delincuencia y el narcotráfico con el vigor que antes faltó. No provocó ninguna de las catástrofes que pronosticaron sus opositores y, en cambio, sumó obras trascendentes en los rincones más recónditos.
Esos méritos están a la vista y los comparte el primer mandatario con la coalición republicana que lo apoya. También están a la vista los temas que tenemos pendientes. Algunos son de la vida práctica, pero tan sensibles como que atañen al agua y a la multiplicación de drogadictos que mal olorizan nuestras calles.
Otros temas son del Derecho: por ejemplo, la urgencia de sustituir el fracasado Código del Proceso Penal.
En esos asuntos y en muchos más fincan sufrimientos a los cuales ojalá se aplique este gobierno en los dos años venideros.
Todo indica hoy que dejará a la República mejor que lo que la recibió.
Para que su siembra no se desperdicie, hay que recordar que vertebró su valía al coaligar partícipes con matices y discrepancias. No fue un monolito.
Y hay que desear que no pierda ese mérito de cara a las elecciones. Cada partido tiene muy buenas razones para sustentar lo que hizo junto a los demás, pero nada justificaría que perdiera la identidad, desdibujándose en un programa que si es común resultará solo mínimo o entreverando lemas para salvar expectativas. Debemos proyectarnos rumbo al medio siglo y más de democracia continua, enriqueciendo al país con luchas de doctrina e ideas, para gobernarnos por el pensamiento y no por pulseadas de apetitos.