Reivindicar al Estado

Desde la caída del Muro de Berlín hay una concepción de la mundialización económica que pone en tela de juicio el poder de los Estados en la escena internacional. Para países pequeños pero estratégicos como el nuestro, se trata de una concepción que no ha sido siempre favorable.

El fin de la Guerra Fría en 1991 abrió un tiempo de hiperpotencia estadounidense que estableció una especie de dominación mundial fundada en la superioridad del modelo democrático liberal. En esa línea de argumentación, hubo incluso quienes sostuvieron una tesis internacionalista que afirmaba que un país que tuviera un restaurant de la cadena McDonald’s, es decir que diera así señales claras de participar en la globalización mundial, no le haría la guerra a otro país con restaurantes McDonald’s. La teoría cayó con estrépito, claro está, con la guerra de Rusia a Ucrania de 2022, pero igualmente ilustra sobre el optimismo de toda una época.

Con el auge de potencias como China o Rusia, que en esta tercera década del siglo XXI están pretendiendo poner en tela de juicio la hegemonía estadounidense, aquella idea de una globalización entendida como una conjunción de intereses internacionales en pro del bienestar y la prosperidad ha ido perdiendo pie, y ha vuelto a ganar influencia la vieja idea del realismo en política exterior, con su consecuente reivindicación del soberanismo y la llamada Realpolitik.

Así, toda esta ideología de la globalización, que algunos teóricos llaman McWorld, no tuvo como resultado la desaparición de las identidades de los pueblos o de los Estados-nación. En vez de eso, por ejemplo, intensificó la competencia entre Estados por la radicación de inversiones productivas. Y hoy en día, es claro que siguen siendo los Estados los principales actores internacionales: conservan intereses fríos, tejen acuerdos con países aliados, y recelan las acciones de quienes consideran sus enemigos.

Hay teóricos que señalan que vivimos en un período de transición hacia un “multilateralismo asimétrico” que se caracteriza por un desequilibrio de poder en la escena internacional entre por un lado actores geoestratégicos destacados, sobre todo Estados Unidos y China, y por el otro Estados mundialmente menos relevantes pero regionalmente igualmente poderosos, como son los casos, por ejemplo, de Rusia, Alemania, India, Japón, Brasil, Indonesia, Sudáfrica o Turquía.

Aparecen así articulaciones internacionales que ya son conocidas pero que adquieren un mayor peso en torno a los Estados que las conforman. El Brics, por ejemplo, formado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, representa hoy el 40% de la población mundial y es responsable del 50% del crecimiento mundial. Pasó del 16% del PIB mundial en 2001, al 27% en 2015 y podría alcanzar el 40% del total en un par de años más. Para darse una mejor idea del mayor peso que van adquiriendo esos cinco países que reivindican el protagonismo de los Estados en la escena internacional, en conjunto tienen un PIB nominal equivalente al de los 27 países de la Unión Europea.

“El planteo de Uruguay de una apertura que pase por acuerdos bilaterales para favorecer el comercio y las inversiones reivindica la soberanía estatal y abre espacios para mayores intercambios”.

Se va formando así un escenario de postglobalización. No implica acabar con los intercambios internacionales ni fomentar un repliegue identitario, sino aceptar que los Estados procuran recuperar plenamente su soberanía luego de décadas de una mundialización que algunos consideran que fue demasiado multilateral y muy marcada por la concepción estadounidense de la salida de la Guerra Fría hace 30 años.

En este nuevo escenario, el planteo de Uruguay acerca de una apertura que pase por acuerdos bilaterales para favorecer el comercio, las inversiones y una mayor prosperidad regional, de ninguna manera puede interpretarse como algo fuera de su tiempo o contrario al devenir de la escena internacional de la mundialización. Por el contrario, es desde la reivindicación de la soberanía estatal que se procura abrir espacios de mayores intercambios, y es a través de la bilateralidad que se busca profundizar vínculos internacionales que, notoriamente, la lógica de multilateralidad del Mercosur no está logrando profundizar.

Uruguay precisa de los mercados mundiales para colocar su producción de calidad de forma de crecer y generar más riqueza nacional. La mundialización post Guerra Fría, que nadie duda que trajo tres décadas de una prosperidad internacional excepcional, va tomando un camino de multilateralismo asimétrico ajustado a la evolución de las grandes potencias. Desde allí, hace bien nuestra política exterior en reivindicar el papel del Estado para la defensa de nuestro interés nacional.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar