Nuestra sociedad recibe información periódica que muestra degradaciones profundas de nuestra convivencia. Una de las más recientes e importantes fue la surgida del Censo de 2023 en torno a los cálculos ponderados de población de estratos socialmente más bajos.
Desde inicios de los años 1960 siempre estuvimos acostumbrados en Uruguay a que los censos de población se realizaran de manera periódica y con éxito. Lo que muchas veces se señala como el conteo ideal, que es cada diez años, sólo fue logrado en el período 1975-1985. Pero de manera general, con los censos de 1996 y de 2011 -que fue el más demorado- y el último de 2023, logramos una periodicidad que el país no había tenido a lo largo de la primera mitad del siglo XX.
El tema es que en cada ocasión fueron aumentando las dificultades para poder efectivamente censar a todas las personas en sus hogares. Lo que se llama técnicamente la tasa de omisión, es decir la gente a la que no se logra llegar para ser contabilizada, fue calculada en el último censo en 10,3% del total. Es una cifra enorme: para comparar, hasta el último censo de 1996 ella había sido menor al 3% del total. Además, cuando se menciona este 10,3% de 2023, se tiene en cuenta dos vías distintas para poder llegar con el conteo del censo: tanto la presencial como la que se logra a través de la anotación voluntaria por la web del Instituto Nacional de Estadística (INE).
Aquí, a simple vista, está el problema mayor que nos narra el censo de 2023 y que infelizmente no ha sido lo suficientemente señalado: el Estado, a través de sus encuestadores de manera directa o a través de mecanismos alternativos, cuando realiza el esfuerzo de censar a su población total, estimó que no alcanzó a llegar a registrar a unas 350.000 personas (para redondear) en total. ¿Cómo es posible ese enorme dato en un país sin regiones de difícil acceso geográfico (como puede ser Brasil, por ejemplo), y con una cantidad de gente que tampoco es enorme como para hacer imposible un conteo amplio y preciso (como puede ser India, por ejemplo)?
El drama que nos señala claramente el Censo de 2023 es que el Estado ya no puede acceder siquiera a entrar a ciertas zonas geográficas del país a realizar encuestas de manera segura y garantida para quienes las llevan adelante. Es decir que el grado de anomia social y de violencia es tal en algunas zonas de la región metropolitana, por ejemplo, que definitivamente ni siquiera el Censo entra allí a hacer su tarea. Para los casos donde hay asentamientos, se calculó en un principio que allí vivían unas 158.000 personas, y ahora con los nuevos cálculos más afinados se estima que allí residen más de 193.000 personas.
El problema no es nuevo pero se va agravando a vista y paciencia de todo el mundo. Para el censo anterior, de 2011, se había calculado que más de 75.000 personas en Montevideo, es decir casi el 6% de la población residente en hogares particulares del departamento, no habían podido ser censadas de manera tal de poder calcular luego sus necesidades básicas insatisfechas. Para ese año se estimó la cifra de habitantes que moraban en esas zonas, pero no se logró censar su estado de viviendas por ejemplo. Para el Censo de 2023 ocurrió algo muy parecido, ya que en efecto la omisión fue particularmente alta entre los estratos socioeconómicos más bajos del país.
Todo esto quiere decir, por ejemplo, que en muchas de las zonas más complicadas social y económicamente de Montevideo seguramente no se tenga una medición real y personal de cómo viven allí sus habitantes -y ni siquiera, en verdad, se sabe cuántos habitantes son concretamente- desde, por lo menos, el censo de 1996. Hace por lo tanto treinta años que no contamos con datos de primera mano, cuando ellos son fundamentales para enfrentar la pobreza y la marginalidad. Más allá de las cifras concretas que arrojó el Censo de 2023, y más allá de la seriedad estadística con la que se afinaron los resultados de población teniendo en cuenta las limitaciones censales anotadas, de la que no hay técnicamente por qué dudar, lo cierto es que Uruguay recibió esta información con demasiada indiferencia.
Tanto en 2011 como en 2023 el INE le dijo al país que hay decenas de miles de uruguayos pobres a los cuales ni siquiera se los pudo censar, es decir que conocemos mal sus situaciones socioeconómicas concretas. Todos decidimos igualmente seguir adelante y dejamos al arte estadístico intentar mostrarnos esa realidad escondida. Esta desidia habla mucho (y mal) de nosotros como sociedad.