Editorial

Postal de la decadencia

El indigente que descansa su resaca en la mañana dominical a media cuadra de la principal avenida del país, y protegido por los arcos de un edificio erigido como bastión de la ambición primermundista del Uruguay del 900, dice mucho de nuestra sociedad actual.

Domingo, 11 de la mañana en Montevideo, y cualquier paseante que acudiera a la tradicional feria de Tristán Narvaja, podía tener una postal perfecta de la decadencia que vive la capital del país. Y, siendo más ambicioso, del gran problema cultural que la consolida.

La fachada posterior de la Facultad de Derecho muestra todo el impacto del abandono y la agresión propias de esta ciudad. Las líneas renacentistas del señorial edificio diseñado por Aubriot y Geranio hace más de un siglo, lucen empañadas por los grafitis agraviantes, las pegatinas sepias y el generalizado descuido de un edificio abandonado. Pero eso es solo el comienzo.

El espacio verde que rodea la facultad por el lado de Guayabos se ve invadido por unos yuyos desproporcionados, solo posibles gracias a la desidia más insultante. Contra el paredón, un indigente acampa entre una selva de bolsas de nailon y cajas vacías de Tetra Brik, mientras sobre su cabeza una de las lámparas se esfuerza por echar luz en ese panorama deprimente, encendida, frisando el mediodía, llevando al observador a preguntarse quién será el generoso financista que paga esa cuenta de UTE.

A ver... nada de esto es novedoso o sorpresivo para quien está habituado al paisaje natural de la capital del país, pero hay un factor que agrava la sensación de desamparo que imprime esa imagen.

Primero que nada, la visión del edificio emblemático de la Universidad de la República se da en medio de un período electoral en la mayor institución universitaria del país, tras 14 años en que los recursos que la sociedad uruguaya ha volcado a la misma han aumentado de manera contundente. Y, pese al estado lamentable de ese edificio central, que es en buena medida el reflejo de la situación general de la institución, el debate para elegir la nueva conducción universitaria no podría ser más conservador. Pugnan por la misma el actual rector, un señor de avanzada edad e ideología comunista rancia y propia del siglo XIX. Y su gran desafiante es un economista con problemas de papeles en materia de titulación, antecedentes complicados de honestidad intelectual y, casi lo peor, escaso sentido del humor, como quedó en evidencia cuando desató aquella aldeana polémica por el cartel de un café que citando un film de Tarantino, prohibía el ingreso a perros y mexicanos.

O sea, en una institución central para el país, cuya situación actual deja mucho que desear, la pugna es entre la izquierda y la ultraizquierda. Entre lo que hay y algo parecido o peor. Y eso, a nadie parece generarle demasiado conflicto.

En segundo lugar, el estado ruinoso del entorno del edificio es natural responsabilidad de la conducción municipal. Una conducción que lleva más de un cuarto de siglo en manos del mismo partido, y cuyo actual líder, llegado con promesas de cambio y aire fresco, no solo no ha hecho un mínimo gesto de contrición por lo poco que ha aportado para mejorar la imagen de una ciudad en decadencia, pese a que ha acrecentado hasta el despojo el robo a sus contribuyentes. Sino que dedica su tiempo y recursos en una ambición personal por llegar a la Presidencia. Y ¿quiere saber lo más deprimente? ¡Un porcentaje altísimo de los uruguayos cree que es una buena idea!

Para completar el panorama, el amigo que descansa su resaca de vino en caja en la mañana dominical a media cuadra de la principal avenida del país, y protegido del clima por los arcos de un edificio erigido como bastión de la ambición primermundista del Uruguay del 900, también dice mucho de nuestra sociedad. Una sociedad que invierte 300 millones de dólares por año en programas de desarrollo social, pero que no logra evitar que sus supuestos beneficiarios sigan ostentando su desgracia, ni que las figuras políticas encargadas de manejar ese dinero amaguen siquiera a sugerir que tal vez no están haciendo bien su trabajo.

El lector es libre de elegir cuál de estas dos cosas es más triste. Si la imagen que revela al paseante un lugar icónico de la capital del país, ese país que pretende tener una industria turística, nada menos que un domingo a media mañana. O el hecho de que esa realidad no genere en amplias capas de la sociedad que la padece, la indignación y el enojo que pueda alentar a un cambio de algún tipo a corto plazo. La abulia absoluta de gente que, en muchos casos, ha viajado y conocido otras realidades, pero que al ver esa imagen, lejos de hervirle la sangre, le pega una vuelta a su mate, y se emociona de orgullo al ver la camiseta del Pepe Mujica mientras ingresa a la feria de Tristán Narvaja. ¡Siga el baile!

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