El domingo estaba lluvioso, pero bajo esa llovizna arreciaba otro aguacero, el de la propaganda política en la televisión. A una semana de las elecciones internas, esas tandas exaltaban lo que alguna colectividad política había hecho o anunciaban lo que sus precandidatos pensaban hacer. En el caso de uno de los dirigentes de la coalición de gobierno, se divulgaban los logros de estos últimos años en el combate a la pobreza, destacando cómo se la había reducido y proporcionando cifras al respecto. Tales referencias, empero, podían asumir un sesgo irónico si se confrontaba el mensaje de la pantalla con los datos de la realidad callejera. Así ocurrió cuando este observador apagó el televisor y se puso en camino hacia el centro de Montevideo.
Cerca del mediodía, la garúa continuaba mojando la ciudad y unos pocos transeúntes apuraban el paso, recurso que la gente se impone para escapar de la lluvia. Quienes en cambio no podían escapar eran los indigentes, esa estirpe que forma parte del sector de la población habituado a dormir en los umbrales o al abrigo de alguna marquesina. Bajo la tenue cortina de agua, que no arreciaba pero tampoco cedía, los pobres individuos estaban apenas protegidos por alguna caja de cartón que los recubría precariamente o por alguna hoja de polietileno, en el mejor de los casos. El trecho de la calle Soriano entre Michelini y Gutiérrez Ruiz, y el de esta última en la cuadra que va hacia San José, eran una verdadera corte de los milagros, esa expresión que proviene del francés, alude a un espec- táculo de extrema penuria y en verdad es producto de una defectuosa traducción, porque "cour des miracles" sería en ese caso un patio y no una corte.
En un patio del desamparo se habían convertido aquellas cuadras montevideanas el domingo al mediodía, salpicadas por muestras de marginalidad, desamparo e intemperie. En uno de los casos, por lo menos, el individuo "en condición de calle" -como dicen las categorías oficiales- estaba acompañado por un perro echado a su lado y tan empapado como él. Esa compañía ayudaba a comprender por qué ciertas personas sin techo se resisten a cobijarse en los refugios que existen en varios puntos de la ciudad, ya que en casi ninguno de ellos se aceptan animales. De todas formas lo que interesa señalar es que esa conmovedora relación entre un vagabundo y un animal, determina un vínculo afectivo cuyo valor no hace falta destacar ante la soledad y el abandono del ser humano en cuestión, que antepone la solidaridad a sus necesidades y se niega a ingresar a un ámbito donde su compañero no es admitido.
A lo largo de ese recorrido por unas pocas cuadras, había por lo menos media docena de personas todavía tendidas bajo sus andrajos y en medio de sus bártulos, ocupando el filo entre las fachadas y las veredas. Era un llamado a reflexionar sobre los derechos humanos de los que tanto se habla. Viejo testigo de ese itinerario céntrico, este observador puede asegurar que los indigentes de la zona son cada día más numerosos y más visibles, confiriendo un sesgo descorazonador a un área que hasta hace poco parecía más decorosa, sin los rasgos degradados de hoy. Cuando se escucha a un integrante del gobierno envanecerse de los logros obtenidos ante una pobreza que -según esa publicidad- estaría en retroceso, no se sabe si pensar que todo el discurso se reduce a una receta de campaña electoral destinada a cautivar a los oyentes, o si es el producto de discutibles cómputos oficiales según los cuales el margen de los desvalidos sería cada día menor. De cualquier manera, la realidad dice otra cosa.
Con toda objetividad, la experiencia visual de este observador en su tránsito diario por el centro montevideano, indica que la penuria no retrocede sino que avanza. Porque de acuerdo a cualquier ejercicio de sentido común, lo que avanza no es lo que disminuye sino lo que crece. Al respecto, sería bueno preguntar a los habitantes veteranos de la ciudad -es decir, los que son capaces de tender puntos de referencia entre el pasado y el presente- si creen que esos invasores brotes de pobreza están reduciéndose o aumentando, igual que otros deterioros, carencias e inseguridades que perecen igualmente multiplicarse a nuestro alrededor. Los únicos que no lo perciben -claro está- son los que hacen publicidad política y los seres cuyo futuro depende de un cargo público. En esos casos sólo se ve lo que conviene ver.