Menos mal que lo dice con respeto

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Con el pragmatismo que lo caracteriza más una inocultable dosis de resignación, el presidente Lacalle Pou declaró el martes pasado que “capaz que hay una excepción, pero cualquier cosa que nosotros hagamos, el Pit-Cnt se va a oponer y va a hacer un paro”.

No fue un comentario agraviante ni mucho menos una provocación a la central sindical: se trató de la simple constatación de un modus operandi al que el país entero ya está más que acostumbrado. Esto viene siendo así desde el principio: a partir de la insólita convocatoria a un caceroleo para forzar una cuarentena general, a escasos días de declararse la emergencia sanitaria, hasta las ya anunciadas e inminentes movilizaciones contra el proyecto de reforma previsional, pasando por el farragoso e inconducente proceso de cuestionamiento a la Ley de Urgente Consideración, cuya discusión fútil demandó casi dos años y obligó a postergar los cambios votados por la ciudadanía, tanto o más que la misma pandemia.

Pero el aserto del presidente no pasó desapercibido para la máxima autoridad del Pit-Cnt. Marcelo Abdala podría haber intentado matizarlo, en aras de la pretendida independencia de la central respecto a gobiernos, partidos e ideologías. No le costaba nada decir que ellos carecen de una actitud combativa contumaz sino que están dispuestos a dialogar para encontrar puntos de encuentro o “bajar la pelota al piso”, como popularizó su socio y presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira.

Pero no fue así. En lugar de poner paños fríos, Abdala optó por arrojar más leña al fuego: “Si el presidente de la República, lo digo con todo respeto, se piensa que aquí va a haber un movimiento sindical domesticado, vive en otro país”. Curioso concepto de “todo el respeto” tiene este dirigente… La réplica es de una soberbia bastante indignante, pero al mismo tiempo es útil para clarificar a la opinión pública sobre cómo se autodefine este colectivo. Lo dicen ellos: abandonan cualquier pauta racional de convivencia, a la que califican de domesticación, y eligen en cambio la vía de la reacción incivilizada, porque suponen que así demuestran más coraje o vaya a saber por qué. En lugar de contraponer argumentos con el adversario, Abdala elige bardearlo, fanfarronear, como si se estuviera dirigiendo al hincha del cuadro contrario en el Estadio y no al presidente de todos los uruguayos.

A Marcelo Abdala no le gustan los sindicatos domesticados, pero parece no haber advertido que en este país no se domestica a nadie. Solo se pide un mínimo de respeto a las decisiones democráticas de la ciudadanía.

Esa verborragia arrogante y patotera es ya una señal de identidad de los sectores populistas que han cooptado al Frente Amplio y al Pit-Cnt.

Son los reyes del victimismo cuando un jerarca del gobierno usa incorrectamente la palabra “ezquizofrénico” o dice algo que pueda ser objetado por discriminación. Pero la lengua se les alarga cuando agravian.

Muchos creen que la delgada línea roja fue cruzada en el no tan lejano año de 2003, cuando José Mujica exclamó aquel “No sea nabo, Néber”. El destinatario del exabrupto fue Néber Araújo, un maestro indiscutido de periodistas que siempre mereció el aprecio respetuoso del sistema político y la opinión pública. En aquellos tiempos no era tan habitual (como lamentablemente lo es ahora) el uso de lenguaje barriobajero en los medios masivos de comunicación, y resulta difícil olvidar el gesto de estupefacción de Araújo cuando recibió ese improperio. Desde entonces hasta el presente, tal vez incentivado por la popularidad del inefable “Pepe”, el vocabulario de muchos políticos de izquierda y sindicalistas se ha ido deteriorando progresivamente.

Cuando se avanza en la pretensión de derrumbar a marronazos los muros de contención de la probidad republicana, todo puede pasar: hasta que futuros docentes insulten a una autoridad de Anep mientras intenta informar sobre la reforma educativa.

Y así y todo, aún hay gente que se sorprende porque la imagen del presidente Lacalle siga liderando rankings internacionales a casi tres años de asumir su mandato.

Felizmente todavía vivimos en el país de Varela, Rodó y Vaz Ferreira, aquel donde la calidad ciudadana se expresa respetando al otro y cultivando un disenso constructivo.

A Marcelo Abdala no le gustan los sindicatos domesticados, pero parece no haber advertido que en este país no se domestica a nadie: ni desde el gobierno, que puede y debe ejercer la autoridad conferida por el voto popular, ni tampoco desde corporaciones que metan la pesada para que las personas no se animen a tomar decisiones por sí mismas y actuar en consecuencia. Son ellas quienes ven cada día quién las respeta y quién intenta arrearlas como ganado.

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