La muerte de un pensador

Desde la muerte de Juan E. Pivel Devoto, ocurrida el 11 de febrero de 1997, a los 86 años de edad, —que era mucho más que un investigador—, Arturo Ardao fue el último gran pensador y filósofo uruguayo vivo, que, trepado en dos siglos, había logrado identificarse como una de las personalidades más destacadas de la intelectualidad nacional.

Nacido en Minas, el 27 de setiembre de 1912, hijo de un español emigrado de la Coruña que había terminado dedicándose a la ganadería, no era fácil presumir que además de egresado de la Facultad de Derecho en 1939 iba a ser Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias, director del Instituto de Filosofía, profesor del Instituto de Profesores Artigas, del Instituto Magisterial Superior y de Enseñanza Secundaria, sociólogo y periodista, caracterizándose en nuestro país como una de las mentes más lúcidas en el estudio de la historia de las ideas.

Es, tal vez, el autor de cuatro de los libros o recopilaciones más importantes que se hayan editado nunca en el Uruguay: "Espiritualismo y Positivismo en el Uruguay" (1949), "Racionalismo y Liberalismo en el Uruguay" (1962), "Etapas de la inteligencia uruguaya" (1968) y "Espacio e inteligencia" (Caracas, 1983), configurando uno de los ejercicios intelectuales más recomendables el volver a la frecuente lectura y al permanente rescate de cualquiera de sus páginas.

A partir de esas cuatro grandes troncales, y citando sólo los más importantes, se inscribe la consideración de otros temas que tienen que ver ya sea con el Partido Nacional, expresada a través de una biografía de Basilio Muñoz que publicara en 1938 en colaboración con Julio Castro; o con "La Universidad de Montevideo. Su evolución histórica", en un imitado pero no superado trabajo editado en la "Revista del Centro de Estudiantes de Derecho", en julio de 1950, cuando ocupaba la Secretaría General José Claudio Williman; o con "Rodó. Su americanismo" o "La voluntad de conciencia en Reyles", donde se refiere a temas literarios; o Batlle y Ordóñez y el Positivismo, en el que alude a la política; o con Vaz Ferreira y Renán, donde se detiene en la filosofía, o prologando los tomos que la Colección de Clásicos Uruguayos dedicara a las obras de Pedro Figari "Arte, Estética, Ideal" y "Educación y Arte" o, finalmente, a través de su último "Artigas y el artiguismo", incursionando en los temas históricos.

COMO un hombre del Renacimiento, sólido en su concepción y atrayente en su arquitectura, poco de lo que era humano le resultaba ajeno, y así como fue profundizando su dedicación a los temas nacionales, hizo lo mismo con los temas americanos, donde no pueden ignorarse la génesis de la idea y el nombre de América Latina, —excelente—, o un estudio sobre Andrés Bello; y con temas referidos a España y América Latina, que en la hora de los inventarios alcanza sus niveles más altos en un espléndido trabajo sobre Feijóo y también a través de otro singular estudio sobre España en el origen del nombre de América Latina.

Profesor y escritor también en Caracas, en la Universidad Simón Bolívar e investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, durante el exilio que padeció a partir de 1976, publicó también allí la primera edición de su "Espacio e Inteligencia", a la que agregó un valioso apéndice para la 2a. edición de 1993.

Carlos Real de Azúa destaca su aportación rigurosa al proceso en que América redescubre su pensamiento, levanta su inventario y despliega su desarrollo histórico, en una tarea que pocos como él pudieron lanzar a niveles más altos. Le asiste razón. Por eso su muerte se convierte en más que un dolor, siendo de esperar que permita revalorizar su obra.

EN un reportaje que le hiciera Miguel Carbajal el año pasado, mientras la intelectualidad nacional celebraba sus 90 años, tuvo la generosidad de expresar públicamente: "Uno de los recuerdos más emocionantes que tengo de los últimos años fue una visita de Washington Beltrán a mi casa a punto de irse a Miami en una de sus últimas apariciones públicas. Me dijo que quería pasar a saludarme. Se demoró. En el medio me advirtieron que se estaba atrasando porque debía pasar por el médico. Le pedí por favor que no viniera. No hubo forma. Salió del médico y vino por casa. Yo siento por Washington y Enrique Beltrán un sentimiento de amistad que me honra".

Es lamentable que sea su alejamiento físico el que nos haya dado motivo para rescatar y recordar incidentalmente en esta casa esas expresiones y ese sentimiento de afecto, igualado o superado por un respeto intelectual que siempre se le ha dispensado y que hoy intentamos, con la pena que también tienen los diarios, difundir o profundizar a través de esta nota.

EN la "Explicación" con que precede, en 1950, su trabajo sobre "La Universidad de Montevideo", Ardao invoca "la devoción con que cada nota fue escrita en su hora". Cincuenta y tres años después, al cierre —o al comienzo— de un largo camino, puede afirmarse que toda su obra fue escrita con la misma devoción y que la etapa cumplida sirve para ratificar que ha iluminado y seguirá iluminando, como pocos, los caminos del pensamiento tanto nacional como americano.

Más allá de las muchas palabras y conceptos que se han prodigado en estos días, es de esperar ahora que la Cámara de Senadores dé cumplimiento a la resolución que aprobara por unanimidad en la sesión especial de homenaje que le tributara el 8 de octubre pasado disponiendo la edición de sus obras.

Será el mejor tributo a su indiscutible capacidad.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar