La elección de mañana en Alemania es clave para su futuro, pero también para el de toda Europa en un contexto extremadamente tenso por el avance de las negociaciones bilaterales entre Estados Unidos (EEUU) y Rusia con respecto al conflicto ruso-ucraniano.
Hay análisis que señalan como más probable el triunfo de la centro- derecha (CDU), el partido que tuvo como referente a Merkel durante 16 años a la cabeza del gobierno alemán (2005-2021). El problema es que, siendo un régimen parlamentario, no alcanza con llegar primero en el escrutinio, sino que importa mucho con quién poder formar mayorías en el Legislativo para sostener la gobernabilidad del país.
Si bien entonces muchos están pensando en que Merz, el jefe de la CDU, pueda pasar a ser el nuevo canciller alemán, el signo general del gobierno venidero no está resuelto: no será lo mismo aliarse con la izquierda del SPD, por ejemplo, que hacerlo con el partido liberal (si es que logra una representación importante que facilite mayorías).
Alemania vive una triple encrucijada que esta elección debería ayudar a esclarecer. En primer lugar, su apuesta energética hecha en tiempos de Merkel y muy influenciada por los dogmas de la ecología política terminó siendo un fiasco fenomenal.
En efecto, la dependencia de la matriz energética alemana con relación al gas natural ruso se hizo muy patente con la guerra de Ucrania y las fuertes sanciones internacionales contra Moscú que llegaron a partir de 2022: toda la estrategia verde de energías alternativas mostró no estar a la altura de las necesidades económicas alemanes, y el resultado fue un aumento del costo de producción con graves problemas de competitividad para la otrora eficiente industria alemana.
En segundo lugar, la encrucijada geopolítica en Europa del este es muy grave para Berlín. Por un lado, está la histórica rivalidad de influencias con Rusia en toda esa área del continente, con las consecuencias que traiga consigo el final de la guerra en Ucrania tan querido por el nuevo presidente de EEUU. Por otro lado, el orden que finalmente se establezca a partir de la posguerra ucraniana será el que fijará el lugar de Berlín por los próximos años, con una dependencia militar hacia su aliado norteamericano que seguramente irá en aumento.
En tercer lugar, la encrucijada exterior atraviesa los problemas de competitividad alemanes con los geopolíticos: con un aliado histórico como el francés completamente enfrascado en problemas políticos domésticos que paralizan su política exterior, ¿cómo plantea Berlín avanzar en la construcción europea, en el marco general de una cada vez mayor desconfianza de los pueblos de ese continente a lo que se critica como la “burocracia de Bruselas”, que genera, entre otras cosas, el aumento del voto de extrema derecha (cuyos resultados mañana, a través del partido AfD, serán escrutados al detalle)?
Alemania es una pieza clave de tres actores imperiales de los que depende fuertemente. Militarmente, su socio relevante es EEUU: sin Washington como aliado, Berlín no tiene posibilidad alguna de defenderse con éxito frente a ninguna amenaza continental, y sobre todo para el caso potencial de un avance ruso en el este.
Económicamente, el vínculo alemán con China es absolutamente necesario para canalizar en ese mercado sus exportaciones industria-les: con sus mayores problemas de competitividad, y la competencia en aumento de Pekín en mercados de futuro como los automóviles eléctricos, la situación de Berlín es en este sentido de mucho cuidado y cautela. Finalmente, el tercer actor imperial del cual depende Alemania es Rusia, en su dimensión de socio proveedor de materia prima energética: a partir de la guerra de 2022 en Ucrania, Berlín no ha logrado suplir eficientemente el protagonismo ruso con su gas natural, y no podrá sostener por mucho tiempo una economía que precisa de ese aporte sustantivo para que su industria compita con éxito en el mundo.
Alemania es la principal económica europea. Si Berlín estornuda toda Europa se engripa, por lo que el continente entero precisa que los alemanes retomen altos guarismos de crecimiento económico y que sean un actor desenvuelto en materia internacional, de manera de aportar estabilidad a la región este del continente, y coherencia y construcción institucional conjunta al polo occidental europeo. Si bien parecería ser que la CDU será quien deberá conducir este proceso, los resultados de mañana serán claves para saber qué y cómo lo hará.