TODO lo que comienza despierta sensaciones de esperanza, temores, ansiedades, incertidumbres y, nuevamente, esperanzas... Todos queremos ser optimistas en cuanto a nuestro futuro porque, en el fondo, albergamos el sentimiento de que no somos merecedores a seguir padeciendo aquello que nos aflige. Entonces, depositamos nuestra confianza en la acción benefactora de un Ser Supremo que, de alguna manera, guiará nuestro destino hacia un porvenir positivo.
Pero, también, somos realistas y concluimos que de nosotros mismos dependerán los pasos que habremos de dar y los objetivos que habremos de alcanzar con nuestros esfuerzos. "Ayúdate, que te ayudaré", parece ser la conclusión sincrética de estas dos posiciones que tienen vigencia tanto en el presente y en el mañana de los individuos como de las naciones.
Una reflexión de este tipo adquiere especial significación, "urbi et orbi", en el escenario nacional y en el más vasto, a nivel planetario. Muy poco es lo que podemos hacer para influir en este último pues, como es lógico, escapa a nuestro control. Tan solo nos queda la ínfima posibilidad de atemperar las consecuencias de sus convulsiones cuando ellas llegan hasta nosotros. Los factores climáticos adversos y las acciones humanas —mejor dicho, deshumanizadas— que lo sacuden en todas las latitudes, nos obligan a ser meros espectadores de esos acontecimientos.
DEBEMOS decir otro tanto de lo que ocurre en nuestro país? Obviamente, la respuesta es un no rotundo. Somos pequeños, nadie lo duda. No es válido darle relatividad a esta afirmación diciendo que tales y cuales países europeos —la mayoría de ellos—caben en nuestro territorio y que varios juntos podrían ser incluidos dentro de nuestras fronteras y, aún, sobrar espacio. Se trata de una simple ilusión autocomplaciente porque la realidad se encarga de recordarnos que, por ejemplo, Suiza, Austria, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Grecia, Portugal, etc., integran otro medio geopolítico, cuentan con más siglos de historia que enriquecen su experiencia nacional y con una población que, por esas y otras razones, constituye un valioso capital social.
Aún así, nuestro pequeño país —estrujado entre dos gigantes— tiene enormes ventajas comparativas en la región que adquieren mayor valor si partimos de la humildad de pensar y de actuar no como ombligos del mundo sino como colaboradores, a veces admirables y otras veces con pretensiones sin fundamento, en la construcción de una nueva sociedad.
Seamos conscientes, pues, de la envidiable posición estratégica que ocupa nuestro Uruguay, puerta de entrada al corazón de un continente, y sepamos explotarla.
SEAMOS conscientes, también, de que con una escasa población, hemos logrado un alto nivel en materia educativa —aunque nos quejemos continuamente de ella, signo inequívoco de que siempre buscamos mejorarla—, un elevado índice en lo que respecta a la distribución equitativa de la riqueza, a la legislación social, a la salud pública y, por cierto, al goce pleno de los derechos y libertades de los individuos y de sus agrupamientos.
Claro está que buena parte de esta situación se sustenta en un florecimiento económico que ya no poseemos y en un vigoroso crecimiento, que se ha convertido en estancamiento o en retroceso, razón por la cual el Estado —el eterno patrón y el omnipresente interventor— pesa demasiado a través de una burocracia lenta, improductiva e injusta que, en verdad, cada uno de nosotros ha contribuido a formar y contra la que, cada uno de nosotros protesta cuando no es su beneficiario directo.
Pero, aparte de esos defectillos, nuestra gente posee una gran calidez humana y una inteligencia que la vuelve adaptable ante la adversidad y es creativa.
POR añadidura, vivimos en una tierra apacible, feraz y generosa tanto para los seres humanos como para los ganados y los cultivos. Nuestras amplias y hermosas playas abrazan a quienes nos visitan y brindan solaz a propios y extraños. No sufrimos ni terremotos ni erupciones volcánicas. Nuestras inundaciones y sequías no tienen las consecuencias catastróficas que conocen otras regiones del globo. No nos afectan ni tifones ni tornados. No se cierne sobre nosotros el flagelo de la guerra ni la maldición bíblica de las pestes, que agobian a otras naciones. Tampoco nos mancha ni el racismo ni la discriminación ni los radicalismos extremos.
No tenemos todo, pero podemos vivir con lo que tenemos. Este es el país que hemos de conservar y mejorar en lo posible. Este es un desafío que no debemos eludir. Jamás alcanzaremos el desiderátum de una sociedad utópica e ideal que, quizá, no sea ni siquiera deseable.
PERO el mito de Sísifo resonará, siempre, convertido en lección: hemos de cargar con la roca de nuestras insuficiencias e imperfecciones y tratar de ascender, con ella sobre nuestras espaldas, en procura de la cima de la montaña, a sabiendas de que nunca habremos de llegar a ella.
Elecciones en Rumania
Si bien luego de la caída del comunismo en Europa del Este son aún varios los países que no han logrado la estabilidad, resulta importante señalar que algunos sí lo han hecho.
En contraposición de lo que acontece por ejemplo en Ucrania, los rumanos han votado pacíficamente en recientes elecciones y Traian Basescu, quien ya se desempeñó como alcalde de Bucarest, será el próximo presidente de Rumania.
El de Basescu es un partido de centro que ha derrotado en estos comicios al partido Social Democracia, donde se han ubicado los dirigentes del otrora temido Partido Comunista.
De esta manera, Rumania parece encaminarse a coincidir con Europa Occidental, y por lo tanto toma el rumbo firme de la libertad en paz.