Uruguay siempre ha sido un país pequeño situado en un extremo geográfico alejado de los centros mundiales económicos y políticos, sin grandes capacidades militares, sin una enorme población propia y, desde hace setenta años, tampoco es de los países más ricos del mundo. Así las cosas, carecemos de los factores de poder que hacen a una gran potencia.
Sin embargo, siempre nos destacamos por una influencia internacional mucho más potente de lo que todas esas características realistas y objetivas podían dejar pensar. En efecto, nuestro “soft power” propio siempre estuvo ligado a ser una democracia ejemplar en el continente y en el mundo, a considerarnos un país educado, hecho de amplias clases medias capaces de hacer surgir destacados especialistas e intelectuales en distintos ámbitos -derecho, literatura, medicina, música, teatro, deportes, diplomacia y política, por ejemplo-, y a poder, desde allí, ocupar espacios y beneficiarnos de lugares privilegiados ligados al orden internacional que en cada época primó en el mundo.
El drama que se constata con las pequeñas decisiones que estamos empezando a ver de la administración Orsi es que, lejos de conservar esas características, Uruguay está yendo camino hacia la intrascendencia. En primer lugar, porque se ha dejado de lado el empuje necesario para procurar saltar el cerco impuesto por el Mercosur. Es un cerco que fue reconocido por varias administraciones, desde la de Jorge Batlle hasta la de Tabaré Vázquez, pasando obviamente por la de Lacalle Pou, que fue la más activa en tratar de eludirlo.
Por un lado, la voluntad de seguir empujando la candidatura uruguaya para integrarse al Acuerdo Integral y Progresivo de Asociación Transpacífico, que es el acuerdo de libre comercio que involucra a principales potencias de Asia y América, como por ejemplo Australia, Canadá, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda y Vietnam, no es más protagónica. Por otro lado, todo el despliegue que está llevando adelante la diplomacia de la Argentina de Milei en el sentido de avanzar en mayores acuerdos bilaterales de comercio -tanto con Estados Unidos como con India, por ejemplo- no está siendo acompañado por nuestra cancillería, que prefiere, por el contrario, hacer un seguidismo total a la política exterior proteccionista y regionalista fijada desde Brasilia.
En segundo lugar, la intrascendencia a la que apunta la administración Orsi pasa por un alineamiento latinoamericanista que resulta, francamente, completamente secundario en el escenario mundial actual. En efecto, la apuesta a hacerse para el año que viene de la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) es realmente un objetivo muy menor, si se tiene en cuenta que en ese organismo falta el país más trascen- dente del continente y del mundo: Estados Unidos. Implicarse más en la Celac es una manera de concentrar nuestras escasas energías diplomáticas en prestar atención a organismos que están completamente liderados por potencias regionales, y cuyas estrategias y prioridades geopolíticas no son de ninguna manera las del Uruguay.
Limitarse tras un regionalismo del Mercosur completamente funcional a los intereses de Brasilia; centrar la atención en un organismo multilateral sobre todo político y regional que carece de relevancia internacional; dejar de lado los amplios esfuerzos ya desplegados para adherirse a una verdadera zona de libre comercio que potenciaría nuestras exportaciones y visibilidad productiva allí donde están los mercados demográficos del futuro: ese es el camino de la intrascendencia que viene trazando la administración Orsi.
Sin embargo, en ese camino no faltan los golpes de efecto tan mediáticos como inútiles para nuestro desarrollo: la ocurrencia, por ejemplo, de traer palestinos a formarse en artes agropecuarias, que fuera planteada recientemente por el canciller. Se trata de un disparate geopolítico y diplomático totalmente inconducente, que nos ligaría de mala manera con una zona en conflicto en la cual nuestro aliado, siempre y naturalmente, es Israel. Una iniciativa sin pies ni cabeza.
Cuesta pensar cómo esta, que es la construcción de nuestra intrascendencia exterior como país, pueda llegar a ser un factor benéfico en favor del repunte del ritmo de crecimiento económico señalado por el ministro Oddone como su principal prioridad para los próximos años. En realidad, se trata de la señal propia de un gobierno sin buenas ideas internacionales y sumido en un letargo pasmoso.